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		<title>Uploads from no para innita, tagged cnemidophorus, with geodata</title>
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		<pubDate>Sun, 19 May 2013 19:30:34 -0700</pubDate>
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		<item>
			<title>Ella escapaba, colándose entre pequeños callejones de unas cabañas de una selva, tal vez Chocó, porque era un clima muy pegajoso.</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8756317400/</link>
			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8756317400/&quot; title=&quot;Ella escapaba, colándose entre pequeños callejones de unas cabañas de una selva, tal vez Chocó, porque era un clima muy pegajoso.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm6.staticflickr.com/5349/8756317400_c61a223ec8_m.jpg&quot; width=&quot;189&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;Ella escapaba, colándose entre pequeños callejones de unas cabañas de una selva, tal vez Chocó, porque era un clima muy pegajoso.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Domingo, 19 de mayo de 2013.&lt;br /&gt;
La Soledad, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desperté llena de sudor, muy temblorosa, muy desubicada y sobre todo, muy tarde. Era la sexta llamada, pero por alguna razón esta vez sí la oí. Mientras levanté, asustada, mi cabeza de la empapada almohada, y mirando a mi alrededor caía en cuenta que estaba en mi casa, en mi cama, no alcancé a contestar, y en su lugar un séptimo intento, esta vez como mensaje de texto, aparecía en la pantalla. Era Médula. Claro. Recordé de inmediato la cita. Habíamos quedado de vernos en el estudio hace... dos horas, a las once y media. Sus palabras escritas, más que de enojo, eran de preocupación por mi ausencia. Mi respiración seguía agitada, como si hubiera corrido los cuatrocientos metros vallas. Al lado y lado de mi cama se hallaban Gatástrofe y Coyote, mirándome con fijeza, con caras de asombro, extrañamente silenciosos. ¿Me moví abruptamente durante el sueño, había gestualizado todo el escape? Algo me decía que sí.&lt;br /&gt;
Tal vez era la expectativa de ya estar a punto de lanzar el álbum. &lt;br /&gt;
Sea lo que fuera, mi sueño, mi pesadilla, revolvía muchas cosas de las que había vivido. No es que estuviera al tanto de todo lo que soñé, pero sí lo sentía en su totalidad, tal cual como me lo telegrafiaba mi taquicardia. Sólo ahora recordaba una parte. Yo era observadora, no aparecía en el sueño aunque a quien yo soñaba parecía estar al tanto de mi invisible presencia allí. Era como si esa persona me hablara, a pesar de no estar físicamente a su lado. Y a quien soñaba era a la enmascarada, a mi No; vestida apenas con unos panties y con la chaqueta de sudadera que le vi al profesor, a mi No; hablando cosas que le escuché a la bióloga, a mi No. Ella escapaba, colándose entre pequeños callejones de unas cabañas de una selva, tal vez Chocó, porque era un clima muy pegajoso. Hablaba como en soliloquio, de las lagartijas partenogenéticas, nativas exclusivas del norte de Centroamérica, ahora fenomenalmente habitando en Suramérica. Ella había aprovechado el inusual día sin lluvia de hoy para soltar los amarres en sus muñecas, que, habiendo sido elaborados bajo la lluvia de días atrás, hoy, ya secos, eran nudos algo fáciles de desatar. A punto de dejar el costado de la última cabaña para internarse en la espesura selvática, su escape, sin embargo, había sido interrumpido con un par de balazos que, pareciendo no ser intencionadas de ser disparos letales, el degundo de ellos había  rozado su sien izquierda, justo en el mismo lugar de la herida que le vi en diciembre a su &lt;i&gt;doppelgänger &lt;/i&gt;albina. Cayó al suelo, arrastrándose con la ignenuidad de pretender aún poder alcanzar el espeso follaje a pocos metros de ella. Y yo, sollozé, impotente como un espectador en un cinema, nada podía hacer frente a lo que estaba viendo, invisible, e incorpórea. Al final mi bióloga había vuelto a ser capturada, yo veía cómo la arrastraban a una jaula, con su máscara medio rota y la cola de su cabello empantanándose de sangre. Cuando, en un desquiciado intento de hacer algo corrí hacia sus captores, el celular me despertó. Fue tan vívido, que sólo hasta ahora noto, de mi cara empapada de sudor, el par de surcos de llantos de ver cómo la molían a golpes antes de volverla a encerrar.&lt;br /&gt;
Fue tan vívido.&lt;br /&gt;
Para mi bien, en la medida que pasaban los minutos, mi silente voz interior calmaba mi agite, racionalizando lo absurdo de hallarme yo en el Chocó, lo absurdo de tener la bióloga la   sudadera del profesor, lo absurdo de intentar correr en el sueño, sin tener siquiera cuerpo. Un sueño, un sueño, me repetí varias veces hasta poder saltar de la cama y dirigirme a la ducha, no sin antes llamar a Médula, quien ya tranquilizado, me dijo que me tomara mi tiempo, pues salía a almorzar. &lt;br /&gt;
Quién iba a pensar que cuando volviera en la noche, a mi apartamento, descubriría que, tal como en varias ocasiones de los últimos meses, parte de mis pesadillas tenían una contraparte de verdad.&lt;br /&gt;
 &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8756252998/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Sun, 19 May 2013 19:30:34 -0700</pubDate>
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            			<author flickr:profile="http://www.flickr.com/people/noparainnita/">nobody@flickr.com (no para innita)</author>
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    <media:title>Ella escapaba, colándose entre pequeños callejones de unas cabañas de una selva, tal vez Chocó, porque era un clima muy pegajoso.</media:title>
    <media:description type="html">&lt;p&gt;Domingo, 19 de mayo de 2013.&lt;br /&gt;
La Soledad, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Desperté llena de sudor, muy temblorosa, muy desubicada y sobre todo, muy tarde. Era la sexta llamada, pero por alguna razón esta vez sí la oí. Mientras levanté, asustada, mi cabeza de la empapada almohada, y mirando a mi alrededor caía en cuenta que estaba en mi casa, en mi cama, no alcancé a contestar, y en su lugar un séptimo intento, esta vez como mensaje de texto, aparecía en la pantalla. Era Médula. Claro. Recordé de inmediato la cita. Habíamos quedado de vernos en el estudio hace... dos horas, a las once y media. Sus palabras escritas, más que de enojo, eran de preocupación por mi ausencia. Mi respiración seguía agitada, como si hubiera corrido los cuatrocientos metros vallas. Al lado y lado de mi cama se hallaban Gatástrofe y Coyote, mirándome con fijeza, con caras de asombro, extrañamente silenciosos. ¿Me moví abruptamente durante el sueño, había gestualizado todo el escape? Algo me decía que sí.&lt;br /&gt;
Tal vez era la expectativa de ya estar a punto de lanzar el álbum. &lt;br /&gt;
Sea lo que fuera, mi sueño, mi pesadilla, revolvía muchas cosas de las que había vivido. No es que estuviera al tanto de todo lo que soñé, pero sí lo sentía en su totalidad, tal cual como me lo telegrafiaba mi taquicardia. Sólo ahora recordaba una parte. Yo era observadora, no aparecía en el sueño aunque a quien yo soñaba parecía estar al tanto de mi invisible presencia allí. Era como si esa persona me hablara, a pesar de no estar físicamente a su lado. Y a quien soñaba era a la enmascarada, a mi No; vestida apenas con unos panties y con la chaqueta de sudadera que le vi al profesor, a mi No; hablando cosas que le escuché a la bióloga, a mi No. Ella escapaba, colándose entre pequeños callejones de unas cabañas de una selva, tal vez Chocó, porque era un clima muy pegajoso. Hablaba como en soliloquio, de las lagartijas partenogenéticas, nativas exclusivas del norte de Centroamérica, ahora fenomenalmente habitando en Suramérica. Ella había aprovechado el inusual día sin lluvia de hoy para soltar los amarres en sus muñecas, que, habiendo sido elaborados bajo la lluvia de días atrás, hoy, ya secos, eran nudos algo fáciles de desatar. A punto de dejar el costado de la última cabaña para internarse en la espesura selvática, su escape, sin embargo, había sido interrumpido con un par de balazos que, pareciendo no ser intencionadas de ser disparos letales, el degundo de ellos había  rozado su sien izquierda, justo en el mismo lugar de la herida que le vi en diciembre a su &lt;i&gt;doppelgänger &lt;/i&gt;albina. Cayó al suelo, arrastrándose con la ignenuidad de pretender aún poder alcanzar el espeso follaje a pocos metros de ella. Y yo, sollozé, impotente como un espectador en un cinema, nada podía hacer frente a lo que estaba viendo, invisible, e incorpórea. Al final mi bióloga había vuelto a ser capturada, yo veía cómo la arrastraban a una jaula, con su máscara medio rota y la cola de su cabello empantanándose de sangre. Cuando, en un desquiciado intento de hacer algo corrí hacia sus captores, el celular me despertó. Fue tan vívido, que sólo hasta ahora noto, de mi cara empapada de sudor, el par de surcos de llantos de ver cómo la molían a golpes antes de volverla a encerrar.&lt;br /&gt;
Fue tan vívido.&lt;br /&gt;
Para mi bien, en la medida que pasaban los minutos, mi silente voz interior calmaba mi agite, racionalizando lo absurdo de hallarme yo en el Chocó, lo absurdo de tener la bióloga la   sudadera del profesor, lo absurdo de intentar correr en el sueño, sin tener siquiera cuerpo. Un sueño, un sueño, me repetí varias veces hasta poder saltar de la cama y dirigirme a la ducha, no sin antes llamar a Médula, quien ya tranquilizado, me dijo que me tomara mi tiempo, pues salía a almorzar. &lt;br /&gt;
Quién iba a pensar que cuando volviera en la noche, a mi apartamento, descubriría que, tal como en varias ocasiones de los últimos meses, parte de mis pesadillas tenían una contraparte de verdad.&lt;br /&gt;
 &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8756252998/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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			<title>no</title>
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&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8742106540/&quot; title=&quot;no&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm8.staticflickr.com/7294/8742106540_fcdb73f4eb_m.jpg&quot; width=&quot;187&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;no&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

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			<pubDate>Wed, 15 May 2013 10:50:28 -0700</pubDate>
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		<item>
			<title>&quot;Bastante simbólico, pues mi vida también ha sido un rumbo hacia la soledad, descartando uno a uno los fantasmas de la compañía.&quot;</title>
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			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8496929286/&quot; title=&quot;&amp;quot;Bastante simbólico, pues mi vida también ha sido un rumbo hacia la soledad, descartando uno a uno los fantasmas de la compañía.&amp;quot;&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8109/8496929286_025d91e8b7_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;200&quot; alt=&quot;&amp;quot;Bastante simbólico, pues mi vida también ha sido un rumbo hacia la soledad, descartando uno a uno los fantasmas de la compañía.&amp;quot;&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jueves, 21 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
 Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Coyote había estado muy desjuiciado en la mañana, y casi que Médula me prohibe volverlo a traer al estudio. Es mi cuarto día de trabajo aquí y no puedo darme el lujo de hacer mal ambiente. Pero mi chiquitín era inocente de todo cargo, la inconveniente hiperactividad que tuvo hoy, aún cuando es total manifestación de sus tres meses, en su mayor parte era mi culpa. Anoche me puse a tocar hasta más de las tres am y no jugué en la mañanita con él, antes de traerlo conmigo: tenía que estar hoy desde las seis am para encargarme de la grabación de una banda de metal sinfónico. Le sobraba tanta energía cachorruna y yo tan ocupada a puerta cerrada, que se la dedicó al muy paciente de Médula. Otro en su lugar me hubiera hecho el reclamo de una manera que yo ya hubiera renunciado; se le veía en la cara, o bueno, lo que vislumbro tras su máscara de calavera, que estaba mordiéndose la lengua para no lanzarme improperios de camionero. Aparte de estar acosándolo todo el tiempo, Coyote le destrozó un par de cables de su colección personal a punta de mordiscos, que por fortuna no son de los más caros. &lt;br /&gt;
-Si ya pareces mamá malcriándolo- Médula me dijo, mientras veía con seriedad insobornable a los ojitos temblorosamente &lt;i&gt;Animé&lt;/i&gt; de Coyote entre mis brazos. Estábamos en su oficina, con el protocolo formal de jefe haciendo un llamado de atención a uno de sus empleados. Que a la vez fuera mi productor no parecía cambiar nada su profesional jalada de orejas.&lt;br /&gt;
-Aish, pero si todavía es un bebé- le dije, mientras mi mentón era lamido y mordisqueado  por el hocico del vándalo, como felicitándome por defenderlo.&lt;br /&gt;
-Si insonorizas el baño de tu apartamento, podrías dejarlo ahí sin que sus aullidos se conviertan en reclamo de administración.&lt;br /&gt;
-Ay, qué pecadito, jamás de los jamases podría hacerle eso. Es que no es tan así Médula. La verdad es que quiero que me haga compañía … las cosas no salieron bien con Hernanda, y pues, tú sabes, quiero curarme pasito.&lt;br /&gt;
-Bueno tú verás, igual ya sabes que descontaré el daño de tu primera quincena.&lt;br /&gt;
Salí de su oficina con una amplia sonrisa que pasó a llenar de besitos a mi cachorrito. Coyote podía seguir viniendo. Y descontar su travesura de mi sueldo no era achantador en lo más mínimo, o más bien, no podía achantarme más de lo que en estos días me sentía, sensación que había vuelto a salir a flote luego de haberla sumergido en mi distracción de tan meticulosa grabación, de horas y horas. Ni tiempo de almorzar hubo, a eso de la una me apañé con refrigerios. Todo lo había tenido calculado para hoy. Incluso me traje &lt;i&gt;“Crónicas Crónicas”&lt;/i&gt; para seguirlo leyendo desordenadamente, como pasabocas, por si, tal como pensé, la sesión metalera no iba a ir hasta las siete, hora en la que casualmente también viene otra de esas agrupaciones de muchos integrantes, pero en este caso de estilo cumbiambero. Y me hubiera traido a Gatástrofe si ella no fuera tan remilgona a los espacios tan abiertos y con tanta gente circulando por ellos. Incluso llamé a mi mamá antes del suave regaño de Médula. Sí, no me bastaba Coyote para hoy. Haber hablado ayer con Hernanda me había revuelto todo por dentro de manera inconcebible. Pero aún así, yo sabía que mi decisión estaba hecha. O eso me lo repetía una y otra vez desde el lunes. Y justo ahora mismo parecía más convencida de mi nueva soltería, balanceándome entre sentirme un poco más aliviada o ponerme a llorar tras terminar el escrito de cierre de mi acompañante librito, que aparece curiosamente en manuscrito, me daba toda la razón. La crónica se titula &lt;i&gt;“La Quinta Cuerda del Violoncello”:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Hoy fue otra de esas noches que me colmaron de aplausos a los que correspondo con una forzada y triste sonrisa de cortesía. En la velada de hoy, como en muchas otras, estuve de concertista de cierre, de un programa de conjuntos y solistas de cuerda. Primero un cuarteto de violines, luego un trío de dos violas y violín, después un dúo de piano y violín, y finalmente mi presentación de solo de violoncello. Bastante simbólico, pues mi vida también ha sido un rumbo hacia la soledad, descartando uno a uno los fantasmas de la compañía. Antes hacía parte de una orquesta sinfónica, pero tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta que lo que yo quería expresar no podía encajar armónicamente con los demás miembros de la misma. En realidad no soy músico. Uso la música, que es diferente. Tomar el arco, sentarme y colocar el instrumento frente a mí, y empezar a rozar aquellas cálidas cuerdas, son para mí el preludio de un íntimo momento, un singular sentimiento, bizarra mezcla del más puro fervor místico de querer expresar lo divino, junto con el desencanto gris y melancólico frente a media botella, en un bar solitario lleno de humo y jazz en emisora mal sintonizada. Este extraño rito, que me sumerge en un trance, obligándome sin obligación a mantener la mirada fija entre el roce de las cerdas con las cuerdas, como intencionado gesto de evitar contacto visual con el público, es mi más íntimo intento de respuesta a manifestar “algo”, apenas nada, a los demás. Mis deseos de unión llega aquí a su clímax, al unísono de las vibraciones mágicas que inundan toda la sala y estimula a mi desconocido público. Sé que mi interpretación de estos pentagramas barrocos, clásicos o contemporáneos alcanzan un altísimo grado de resonancia entre mis semejantes; vibran, se estremecen sutilmente como lo dicta este tipo de música. Hay una identificación plena con cada nota, hay una resonancia dentro de ellas, de la misma manera que una tecla de piano hace resonar la misma tecla de otro piano que se hallase en la misma sala, siempre que estén ambos afinados a la misma escala. Sí, hay magia, hay una comunión, mis notas funden por un momento los sentimientos de todos y cada uno de los corazones que hacen parte del público, dejando reposar en el aire un cálido pulsar al ritmo de la música de las esferas, pero pese a ello, no son mis más fluidas notas. No puedo negarme esta triste verdad, pero se la niego a ellos con cortesía, accediendo a sus deseos, cuando al final de mi presentación aplauden rítmicamente para que me extienda en una o varias piezas musicales más. Y ahí radica mi tragedia. Lo que les puedo dar no es lo más puro de mí, y tengo que aguantar las lágrimas desde mi garganta para no confesar la farsa sentimental que ellos mismos me obligan a mantener. No les estoy brindando mi más íntimo calor, sólo limosna. Porque sé que mi más íntimo calor los encandilaría, los quemaría, los horrorizaría. La paradoja de mi vida: comparto lo que no es de mí mismo, y lo que verdaderamente tengo por compartir me lo guardo resignado, sin poderlo dar. ¡Oh, sentimiento! ¡La euforia, los aplausos de mi público son el veneno que acentúa mi amargura!¿Cómo poder expresarles que nada, nada es lo que les doy de mí? ¿No entienden que me consumo con mi mismo fuego, en ansias de compartirlo? ¡Ah, desdicha! Siempre, siempre saliendo discreto y rápido una vez acaba otra noche de concierto, una carga que me hace correr lejos, lejos de un público engañado que me quiere por mi dulce estafa. Y luego llego, con el rostro surcado por lágrimas desgarradoras, balbuceando “¿por qués?”, a mi hogar, un pequeño apartamento añejo con sabor a intimidad, y subo hasta la terraza, y me siento en el tejado, y le coloco una quinta cuerda a mi violoncello, y la rozo con mi arco en un nuevo rito, diferente al anterior, éste purísimo y cristalino, de donde emerge una burda y nostálgica copia de las verdaderas notas de mi alma, con el anhelo y la esperanza de que alguna noche alguien dentro o fuera del universo responda y reciba en comunión mi más íntimo calor.”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8496415936/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Thu, 21 Feb 2013 18:21:58 -0800</pubDate>
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&lt;br /&gt;
Jueves, 21 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
 Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Coyote había estado muy desjuiciado en la mañana, y casi que Médula me prohibe volverlo a traer al estudio. Es mi cuarto día de trabajo aquí y no puedo darme el lujo de hacer mal ambiente. Pero mi chiquitín era inocente de todo cargo, la inconveniente hiperactividad que tuvo hoy, aún cuando es total manifestación de sus tres meses, en su mayor parte era mi culpa. Anoche me puse a tocar hasta más de las tres am y no jugué en la mañanita con él, antes de traerlo conmigo: tenía que estar hoy desde las seis am para encargarme de la grabación de una banda de metal sinfónico. Le sobraba tanta energía cachorruna y yo tan ocupada a puerta cerrada, que se la dedicó al muy paciente de Médula. Otro en su lugar me hubiera hecho el reclamo de una manera que yo ya hubiera renunciado; se le veía en la cara, o bueno, lo que vislumbro tras su máscara de calavera, que estaba mordiéndose la lengua para no lanzarme improperios de camionero. Aparte de estar acosándolo todo el tiempo, Coyote le destrozó un par de cables de su colección personal a punta de mordiscos, que por fortuna no son de los más caros. &lt;br /&gt;
-Si ya pareces mamá malcriándolo- Médula me dijo, mientras veía con seriedad insobornable a los ojitos temblorosamente &lt;i&gt;Animé&lt;/i&gt; de Coyote entre mis brazos. Estábamos en su oficina, con el protocolo formal de jefe haciendo un llamado de atención a uno de sus empleados. Que a la vez fuera mi productor no parecía cambiar nada su profesional jalada de orejas.&lt;br /&gt;
-Aish, pero si todavía es un bebé- le dije, mientras mi mentón era lamido y mordisqueado  por el hocico del vándalo, como felicitándome por defenderlo.&lt;br /&gt;
-Si insonorizas el baño de tu apartamento, podrías dejarlo ahí sin que sus aullidos se conviertan en reclamo de administración.&lt;br /&gt;
-Ay, qué pecadito, jamás de los jamases podría hacerle eso. Es que no es tan así Médula. La verdad es que quiero que me haga compañía … las cosas no salieron bien con Hernanda, y pues, tú sabes, quiero curarme pasito.&lt;br /&gt;
-Bueno tú verás, igual ya sabes que descontaré el daño de tu primera quincena.&lt;br /&gt;
Salí de su oficina con una amplia sonrisa que pasó a llenar de besitos a mi cachorrito. Coyote podía seguir viniendo. Y descontar su travesura de mi sueldo no era achantador en lo más mínimo, o más bien, no podía achantarme más de lo que en estos días me sentía, sensación que había vuelto a salir a flote luego de haberla sumergido en mi distracción de tan meticulosa grabación, de horas y horas. Ni tiempo de almorzar hubo, a eso de la una me apañé con refrigerios. Todo lo había tenido calculado para hoy. Incluso me traje &lt;i&gt;“Crónicas Crónicas”&lt;/i&gt; para seguirlo leyendo desordenadamente, como pasabocas, por si, tal como pensé, la sesión metalera no iba a ir hasta las siete, hora en la que casualmente también viene otra de esas agrupaciones de muchos integrantes, pero en este caso de estilo cumbiambero. Y me hubiera traido a Gatástrofe si ella no fuera tan remilgona a los espacios tan abiertos y con tanta gente circulando por ellos. Incluso llamé a mi mamá antes del suave regaño de Médula. Sí, no me bastaba Coyote para hoy. Haber hablado ayer con Hernanda me había revuelto todo por dentro de manera inconcebible. Pero aún así, yo sabía que mi decisión estaba hecha. O eso me lo repetía una y otra vez desde el lunes. Y justo ahora mismo parecía más convencida de mi nueva soltería, balanceándome entre sentirme un poco más aliviada o ponerme a llorar tras terminar el escrito de cierre de mi acompañante librito, que aparece curiosamente en manuscrito, me daba toda la razón. La crónica se titula &lt;i&gt;“La Quinta Cuerda del Violoncello”:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Hoy fue otra de esas noches que me colmaron de aplausos a los que correspondo con una forzada y triste sonrisa de cortesía. En la velada de hoy, como en muchas otras, estuve de concertista de cierre, de un programa de conjuntos y solistas de cuerda. Primero un cuarteto de violines, luego un trío de dos violas y violín, después un dúo de piano y violín, y finalmente mi presentación de solo de violoncello. Bastante simbólico, pues mi vida también ha sido un rumbo hacia la soledad, descartando uno a uno los fantasmas de la compañía. Antes hacía parte de una orquesta sinfónica, pero tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta que lo que yo quería expresar no podía encajar armónicamente con los demás miembros de la misma. En realidad no soy músico. Uso la música, que es diferente. Tomar el arco, sentarme y colocar el instrumento frente a mí, y empezar a rozar aquellas cálidas cuerdas, son para mí el preludio de un íntimo momento, un singular sentimiento, bizarra mezcla del más puro fervor místico de querer expresar lo divino, junto con el desencanto gris y melancólico frente a media botella, en un bar solitario lleno de humo y jazz en emisora mal sintonizada. Este extraño rito, que me sumerge en un trance, obligándome sin obligación a mantener la mirada fija entre el roce de las cerdas con las cuerdas, como intencionado gesto de evitar contacto visual con el público, es mi más íntimo intento de respuesta a manifestar “algo”, apenas nada, a los demás. Mis deseos de unión llega aquí a su clímax, al unísono de las vibraciones mágicas que inundan toda la sala y estimula a mi desconocido público. Sé que mi interpretación de estos pentagramas barrocos, clásicos o contemporáneos alcanzan un altísimo grado de resonancia entre mis semejantes; vibran, se estremecen sutilmente como lo dicta este tipo de música. Hay una identificación plena con cada nota, hay una resonancia dentro de ellas, de la misma manera que una tecla de piano hace resonar la misma tecla de otro piano que se hallase en la misma sala, siempre que estén ambos afinados a la misma escala. Sí, hay magia, hay una comunión, mis notas funden por un momento los sentimientos de todos y cada uno de los corazones que hacen parte del público, dejando reposar en el aire un cálido pulsar al ritmo de la música de las esferas, pero pese a ello, no son mis más fluidas notas. No puedo negarme esta triste verdad, pero se la niego a ellos con cortesía, accediendo a sus deseos, cuando al final de mi presentación aplauden rítmicamente para que me extienda en una o varias piezas musicales más. Y ahí radica mi tragedia. Lo que les puedo dar no es lo más puro de mí, y tengo que aguantar las lágrimas desde mi garganta para no confesar la farsa sentimental que ellos mismos me obligan a mantener. No les estoy brindando mi más íntimo calor, sólo limosna. Porque sé que mi más íntimo calor los encandilaría, los quemaría, los horrorizaría. La paradoja de mi vida: comparto lo que no es de mí mismo, y lo que verdaderamente tengo por compartir me lo guardo resignado, sin poderlo dar. ¡Oh, sentimiento! ¡La euforia, los aplausos de mi público son el veneno que acentúa mi amargura!¿Cómo poder expresarles que nada, nada es lo que les doy de mí? ¿No entienden que me consumo con mi mismo fuego, en ansias de compartirlo? ¡Ah, desdicha! Siempre, siempre saliendo discreto y rápido una vez acaba otra noche de concierto, una carga que me hace correr lejos, lejos de un público engañado que me quiere por mi dulce estafa. Y luego llego, con el rostro surcado por lágrimas desgarradoras, balbuceando “¿por qués?”, a mi hogar, un pequeño apartamento añejo con sabor a intimidad, y subo hasta la terraza, y me siento en el tejado, y le coloco una quinta cuerda a mi violoncello, y la rozo con mi arco en un nuevo rito, diferente al anterior, éste purísimo y cristalino, de donde emerge una burda y nostálgica copia de las verdaderas notas de mi alma, con el anhelo y la esperanza de que alguna noche alguien dentro o fuera del universo responda y reciba en comunión mi más íntimo calor.”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8496415936/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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			<title>La Quinta Cuerda Del Violoncello.</title>
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&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8496415936/&quot; title=&quot;La Quinta Cuerda Del Violoncello.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8094/8496415936_01ae9881e4_m.jpg&quot; width=&quot;183&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;La Quinta Cuerda Del Violoncello.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jueves, 21 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
 Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Coyote había estado muy desjuiciado en la mañana, y casi que Médula me prohibe volverlo a traer al estudio. Es mi cuarto día de trabajo aquí y no puedo darme el lujo de hacer mal ambiente. Pero mi chiquitín era inocente de todo cargo, la inconveniente hiperactividad que tuvo hoy, aún cuando es total manifestación de sus tres meses, en su mayor parte era mi culpa. Anoche me puse a tocar hasta más de las tres am y no jugué en la mañanita con él, antes de traerlo conmigo: tenía que estar hoy desde las seis am para encargarme de la grabación de una banda de metal sinfónico. Le sobraba tanta energía cachorruna y yo tan ocupada a puerta cerrada, que se la dedicó al muy paciente de Médula. Otro en su lugar me hubiera hecho el reclamo de una manera que yo ya hubiera renunciado; se le veía en la cara, o bueno, lo que vislumbro tras su máscara de calavera, que estaba mordiéndose la lengua para no lanzarme improperios de camionero. Aparte de estar acosándolo todo el tiempo, Coyote le destrozó un par de cables de su colección personal a punta de mordiscos, que por fortuna no son de los más caros. &lt;br /&gt;
-Si ya pareces mamá malcriándolo- Médula me dijo, mientras veía con seriedad insobornable a los ojitos temblorosamente &lt;i&gt;Animé&lt;/i&gt; de Coyote entre mis brazos. Estábamos en su oficina, con el protocolo formal de jefe haciendo un llamado de atención a uno de sus empleados. Que a la vez fuera mi productor no parecía cambiar nada su profesional jalada de orejas.&lt;br /&gt;
-Aish, pero si todavía es un bebé- le dije, mientras mi mentón era lamido y mordisqueado  por el hocico del vándalo, como felicitándome por defenderlo.&lt;br /&gt;
-Si insonorizas el baño de tu apartamento, podrías dejarlo ahí sin que sus aullidos se conviertan en reclamo de administración.&lt;br /&gt;
-Ay, qué pecadito, jamás de los jamases podría hacerle eso. Es que no es tan así Médula. La verdad es que quiero que me haga compañía … las cosas no salieron bien con Hernanda, y pues, tú sabes, quiero curarme pasito.&lt;br /&gt;
-Bueno tú verás, igual ya sabes que descontaré el daño de tu primera quincena.&lt;br /&gt;
Salí de su oficina con una amplia sonrisa que pasó a llenar de besitos a mi cachorrito. Coyote podía seguir viniendo. Y descontar su travesura de mi sueldo no era achantador en lo más mínimo, o más bien, no podía achantarme más de lo que en estos días me sentía, sensación que había vuelto a salir a flote luego de haberla sumergido en mi distracción de tan meticulosa grabación, de horas y horas. Ni tiempo de almorzar hubo, a eso de la una me apañé con refrigerios. Todo lo había tenido calculado para hoy. Incluso me traje &lt;i&gt;“Crónicas Crónicas”&lt;/i&gt; para seguirlo leyendo desordenadamente, como pasabocas, por si, tal como pensé, la sesión metalera no iba a ir hasta las siete, hora en la que casualmente también viene otra de esas agrupaciones de muchos integrantes, pero en este caso de estilo cumbiambero. Y me hubiera traido a Gatástrofe si ella no fuera tan remilgona a los espacios tan abiertos y con tanta gente circulando por ellos. Incluso llamé a mi mamá antes del suave regaño de Médula. Sí, no me bastaba Coyote para hoy. Haber hablado ayer con Hernanda me había revuelto todo por dentro de manera inconcebible. Pero aún así, yo sabía que mi decisión estaba hecha. O eso me lo repetía una y otra vez desde el lunes. Y justo ahora mismo parecía más convencida de mi nueva soltería, balanceándome entre sentirme un poco más aliviada o ponerme a llorar tras terminar el escrito de cierre de mi acompañante librito, que aparece curiosamente en manuscrito, me daba toda la razón. La crónica se titula &lt;i&gt;“La Quinta Cuerda del Violoncello”:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Hoy fue otra de esas noches que me colmaron de aplausos a los que correspondo con una forzada y triste sonrisa de cortesía. En la velada de hoy, como en muchas otras, estuve de concertista de cierre, de un programa de conjuntos y solistas de cuerda. Primero un cuarteto de violines, luego un trío de dos violas y violín, después un dúo de piano y violín, y finalmente mi presentación de solo de violoncello. Bastante simbólico, pues mi vida también ha sido un rumbo hacia la soledad, descartando uno a uno los fantasmas de la compañía. Antes hacía parte de una orquesta sinfónica, pero tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta que lo que yo quería expresar no podía encajar armónicamente con los demás miembros de la misma. En realidad no soy músico. Uso la música, que es diferente. Tomar el arco, sentarme y colocar el instrumento frente a mí, y empezar a rozar aquellas cálidas cuerdas, son para mí el preludio de un íntimo momento, un singular sentimiento, bizarra mezcla del más puro fervor místico de querer expresar lo divino, junto con el desencanto gris y melancólico frente a media botella, en un bar solitario lleno de humo y jazz en emisora mal sintonizada. Este extraño rito, que me sumerge en un trance, obligándome sin obligación a mantener la mirada fija entre el roce de las cerdas con las cuerdas, como intencionado gesto de evitar contacto visual con el público, es mi más íntimo intento de respuesta a manifestar “algo”, apenas nada, a los demás. Mis deseos de unión llega aquí a su clímax, al unísono de las vibraciones mágicas que inundan toda la sala y estimula a mi desconocido público. Sé que mi interpretación de estos pentagramas barrocos, clásicos o contemporáneos alcanzan un altísimo grado de resonancia entre mis semejantes; vibran, se estremecen sutilmente como lo dicta este tipo de música. Hay una identificación plena con cada nota, hay una resonancia dentro de ellas, de la misma manera que una tecla de piano hace resonar la misma tecla de otro piano que se hallase en la misma sala, siempre que estén ambos afinados a la misma escala. Sí, hay magia, hay una comunión, mis notas funden por un momento los sentimientos de todos y cada uno de los corazones que hacen parte del público, dejando reposar en el aire un cálido pulsar al ritmo de la música de las esferas, pero pese a ello, no son mis más fluidas notas. No puedo negarme esta triste verdad, pero se la niego a ellos con cortesía, accediendo a sus deseos, cuando al final de mi presentación aplauden rítmicamente para que me extienda en una o varias piezas musicales más. Y ahí radica mi tragedia. Lo que les puedo dar no es lo más puro de mí, y tengo que aguantar las lágrimas desde mi garganta para no confesar la farsa sentimental que ellos mismos me obligan a mantener. No les estoy brindando mi más íntimo calor, sólo limosna. Porque sé que mi más íntimo calor los encandilaría, los quemaría, los horrorizaría. La paradoja de mi vida: comparto lo que no es de mí mismo, y lo que verdaderamente tengo por compartir me lo guardo resignado, sin poderlo dar. ¡Oh, sentimiento! ¡La euforia, los aplausos de mi público son el veneno que acentúa mi amargura!¿Cómo poder expresarles que nada, nada es lo que les doy de mí? ¿No entienden que me consumo con mi mismo fuego, en ansias de compartirlo? ¡Ah, desdicha! Siempre, siempre saliendo discreto y rápido una vez acaba otra noche de concierto, una carga que me hace correr lejos, lejos de un público engañado que me quiere por mi dulce estafa. Y luego llego, con el rostro surcado por lágrimas desgarradoras, balbuceando “¿por qués?”, a mi hogar, un pequeño apartamento añejo con sabor a intimidad, y subo hasta la terraza, y me siento en el tejado, y le coloco una quinta cuerda a mi violoncello, y la rozo con mi arco en un nuevo rito, diferente al anterior, éste purísimo y cristalino, de donde emerge una burda y nostálgica copia de las verdaderas notas de mi alma, con el anhelo y la esperanza de que alguna noche alguien dentro o fuera del universo responda y reciba en comunión mi más íntimo calor.”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8496415936/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Thu, 21 Feb 2013 13:58:40 -0800</pubDate>
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    <media:description type="html">&lt;p&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Jueves, 21 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
 Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Coyote había estado muy desjuiciado en la mañana, y casi que Médula me prohibe volverlo a traer al estudio. Es mi cuarto día de trabajo aquí y no puedo darme el lujo de hacer mal ambiente. Pero mi chiquitín era inocente de todo cargo, la inconveniente hiperactividad que tuvo hoy, aún cuando es total manifestación de sus tres meses, en su mayor parte era mi culpa. Anoche me puse a tocar hasta más de las tres am y no jugué en la mañanita con él, antes de traerlo conmigo: tenía que estar hoy desde las seis am para encargarme de la grabación de una banda de metal sinfónico. Le sobraba tanta energía cachorruna y yo tan ocupada a puerta cerrada, que se la dedicó al muy paciente de Médula. Otro en su lugar me hubiera hecho el reclamo de una manera que yo ya hubiera renunciado; se le veía en la cara, o bueno, lo que vislumbro tras su máscara de calavera, que estaba mordiéndose la lengua para no lanzarme improperios de camionero. Aparte de estar acosándolo todo el tiempo, Coyote le destrozó un par de cables de su colección personal a punta de mordiscos, que por fortuna no son de los más caros. &lt;br /&gt;
-Si ya pareces mamá malcriándolo- Médula me dijo, mientras veía con seriedad insobornable a los ojitos temblorosamente &lt;i&gt;Animé&lt;/i&gt; de Coyote entre mis brazos. Estábamos en su oficina, con el protocolo formal de jefe haciendo un llamado de atención a uno de sus empleados. Que a la vez fuera mi productor no parecía cambiar nada su profesional jalada de orejas.&lt;br /&gt;
-Aish, pero si todavía es un bebé- le dije, mientras mi mentón era lamido y mordisqueado  por el hocico del vándalo, como felicitándome por defenderlo.&lt;br /&gt;
-Si insonorizas el baño de tu apartamento, podrías dejarlo ahí sin que sus aullidos se conviertan en reclamo de administración.&lt;br /&gt;
-Ay, qué pecadito, jamás de los jamases podría hacerle eso. Es que no es tan así Médula. La verdad es que quiero que me haga compañía … las cosas no salieron bien con Hernanda, y pues, tú sabes, quiero curarme pasito.&lt;br /&gt;
-Bueno tú verás, igual ya sabes que descontaré el daño de tu primera quincena.&lt;br /&gt;
Salí de su oficina con una amplia sonrisa que pasó a llenar de besitos a mi cachorrito. Coyote podía seguir viniendo. Y descontar su travesura de mi sueldo no era achantador en lo más mínimo, o más bien, no podía achantarme más de lo que en estos días me sentía, sensación que había vuelto a salir a flote luego de haberla sumergido en mi distracción de tan meticulosa grabación, de horas y horas. Ni tiempo de almorzar hubo, a eso de la una me apañé con refrigerios. Todo lo había tenido calculado para hoy. Incluso me traje &lt;i&gt;“Crónicas Crónicas”&lt;/i&gt; para seguirlo leyendo desordenadamente, como pasabocas, por si, tal como pensé, la sesión metalera no iba a ir hasta las siete, hora en la que casualmente también viene otra de esas agrupaciones de muchos integrantes, pero en este caso de estilo cumbiambero. Y me hubiera traido a Gatástrofe si ella no fuera tan remilgona a los espacios tan abiertos y con tanta gente circulando por ellos. Incluso llamé a mi mamá antes del suave regaño de Médula. Sí, no me bastaba Coyote para hoy. Haber hablado ayer con Hernanda me había revuelto todo por dentro de manera inconcebible. Pero aún así, yo sabía que mi decisión estaba hecha. O eso me lo repetía una y otra vez desde el lunes. Y justo ahora mismo parecía más convencida de mi nueva soltería, balanceándome entre sentirme un poco más aliviada o ponerme a llorar tras terminar el escrito de cierre de mi acompañante librito, que aparece curiosamente en manuscrito, me daba toda la razón. La crónica se titula &lt;i&gt;“La Quinta Cuerda del Violoncello”:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Hoy fue otra de esas noches que me colmaron de aplausos a los que correspondo con una forzada y triste sonrisa de cortesía. En la velada de hoy, como en muchas otras, estuve de concertista de cierre, de un programa de conjuntos y solistas de cuerda. Primero un cuarteto de violines, luego un trío de dos violas y violín, después un dúo de piano y violín, y finalmente mi presentación de solo de violoncello. Bastante simbólico, pues mi vida también ha sido un rumbo hacia la soledad, descartando uno a uno los fantasmas de la compañía. Antes hacía parte de una orquesta sinfónica, pero tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta que lo que yo quería expresar no podía encajar armónicamente con los demás miembros de la misma. En realidad no soy músico. Uso la música, que es diferente. Tomar el arco, sentarme y colocar el instrumento frente a mí, y empezar a rozar aquellas cálidas cuerdas, son para mí el preludio de un íntimo momento, un singular sentimiento, bizarra mezcla del más puro fervor místico de querer expresar lo divino, junto con el desencanto gris y melancólico frente a media botella, en un bar solitario lleno de humo y jazz en emisora mal sintonizada. Este extraño rito, que me sumerge en un trance, obligándome sin obligación a mantener la mirada fija entre el roce de las cerdas con las cuerdas, como intencionado gesto de evitar contacto visual con el público, es mi más íntimo intento de respuesta a manifestar “algo”, apenas nada, a los demás. Mis deseos de unión llega aquí a su clímax, al unísono de las vibraciones mágicas que inundan toda la sala y estimula a mi desconocido público. Sé que mi interpretación de estos pentagramas barrocos, clásicos o contemporáneos alcanzan un altísimo grado de resonancia entre mis semejantes; vibran, se estremecen sutilmente como lo dicta este tipo de música. Hay una identificación plena con cada nota, hay una resonancia dentro de ellas, de la misma manera que una tecla de piano hace resonar la misma tecla de otro piano que se hallase en la misma sala, siempre que estén ambos afinados a la misma escala. Sí, hay magia, hay una comunión, mis notas funden por un momento los sentimientos de todos y cada uno de los corazones que hacen parte del público, dejando reposar en el aire un cálido pulsar al ritmo de la música de las esferas, pero pese a ello, no son mis más fluidas notas. No puedo negarme esta triste verdad, pero se la niego a ellos con cortesía, accediendo a sus deseos, cuando al final de mi presentación aplauden rítmicamente para que me extienda en una o varias piezas musicales más. Y ahí radica mi tragedia. Lo que les puedo dar no es lo más puro de mí, y tengo que aguantar las lágrimas desde mi garganta para no confesar la farsa sentimental que ellos mismos me obligan a mantener. No les estoy brindando mi más íntimo calor, sólo limosna. Porque sé que mi más íntimo calor los encandilaría, los quemaría, los horrorizaría. La paradoja de mi vida: comparto lo que no es de mí mismo, y lo que verdaderamente tengo por compartir me lo guardo resignado, sin poderlo dar. ¡Oh, sentimiento! ¡La euforia, los aplausos de mi público son el veneno que acentúa mi amargura!¿Cómo poder expresarles que nada, nada es lo que les doy de mí? ¿No entienden que me consumo con mi mismo fuego, en ansias de compartirlo? ¡Ah, desdicha! Siempre, siempre saliendo discreto y rápido una vez acaba otra noche de concierto, una carga que me hace correr lejos, lejos de un público engañado que me quiere por mi dulce estafa. Y luego llego, con el rostro surcado por lágrimas desgarradoras, balbuceando “¿por qués?”, a mi hogar, un pequeño apartamento añejo con sabor a intimidad, y subo hasta la terraza, y me siento en el tejado, y le coloco una quinta cuerda a mi violoncello, y la rozo con mi arco en un nuevo rito, diferente al anterior, éste purísimo y cristalino, de donde emerge una burda y nostálgica copia de las verdaderas notas de mi alma, con el anhelo y la esperanza de que alguna noche alguien dentro o fuera del universo responda y reciba en comunión mi más íntimo calor.”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8496415936/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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		</item>
		<item>
			<title>Abro mi correo, explayo el jpg de mi “Sol Edad” y cierro mi correo. Me dejo ir viendo mi propio rostro, pero a la vez, me hago la loca.</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8492336483/</link>
			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8492336483/&quot; title=&quot;Abro mi correo, explayo el jpg de mi “Sol Edad” y cierro mi correo. Me dejo ir viendo mi propio rostro, pero a la vez, me hago la loca.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8387/8492336483_39cb7b9109_m.jpg&quot; width=&quot;204&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;Abro mi correo, explayo el jpg de mi “Sol Edad” y cierro mi correo. Me dejo ir viendo mi propio rostro, pero a la vez, me hago la loca.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Miércoles, 20 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Diez cero tres am.&lt;br /&gt;
El reloj tras el cristal de la sala B de grabación me señala que hace cuarenta y siete horas y media yo le había terminado a Hernanda Telar, y hace cuarenta y una que me había despedido de ella depositándole mis dos últimos souvenirs: unas largas lágrimas en el absorbente cuello de su gabardina y un corto beso francés entre su temblorosa boca al despedirla en el aeropuerto, rumbo a su nuevo trabajo, en Estambul, en un jugoso contrato que la tendría allí al menos hasta julio. Desde entonces, soleado lunes con lluvias sólo dentro de nuestro par de corazones, el tiempo se había estirado con grandilocuente gesto de burla, o quizás hasta de milenario acertijo ingrávido, pero sin esfinge. El bombeo de mi corazón era el tic-tac de un cronómetro que en delirio me marcaba, anestesiada por mi doble insomnio, la sensación de cinco o seis días embutidos en dos. A pesar de ocupar mi mente y cuerpo durante el resto del funesto lunes y gran parte del encogido martes en mi nuevo trabajo con Médula aquí en su estudio, por fin dejando atrás con agradecimiento mi monótona y ya fastidiosa labor en la escuela de conducción, mis propios latidos no cesaron de cantar para mí la ausencia y soledad, taladrándolas dentro de mí segundo a segundo, sin necesidad de música ni lírica ni instrumento alguno. El vacío pesa más de su misma insensibilidad, de su misma levedad. Con el protocolo de una tregua, pero sin vestigios de guerra, sentía ahora toda la ansiedad que me indicaba, punzada tras punzada, las primeras cuarenta y ocho horas de mi abstinencia por Hernanda. En los últimos minutos de espera bajo el techo de El Dorado habíamos acordado solemnemente permitirnos cicatrizar nuestra ruptura, nuestra fractura, aisladas, enyesadas en cuarentena, en diferentes países,  comunicándonos apenas cada sábado. Incluso nos habíamos prometido bloquearnos tanto de nuestros teléfonos como de nuestras redes sociales hasta ese  fin de semana y, según nos sintiéramos entonces, decidiríamos qué hacer. Muy madura la actitud de nuestra negociación, más bien muy de Hernanda. Yo creo que seguía siendo una culicagada de quince. No sé si algún día yo decida tener hijos, pero parir esta despedida era lo más cercano a un instinto maternal que en mi vida había experimentado. Yo llevaba a Hernanda dentro de mí desde aquella fiesta de Halloween, y yo misma había cortado el cordón umbilical cuarenta y siete horas y cuarenta minutos atrás. Ni siquiera me había dolido tanto con mis otra dos relación importantes, la diferencia era que cada una de ellas me había durado más de dos años. Con Hernanda, tres meses y tres semanas nos duró. Y de esos tres, un largo, absurdo y aún inentendible mes de coma decembrino. Lo más irónico es que desde nuestra celebración del San Valentín de la semana pasada la tensión estalló y las cosas se nos vinieron a pique. Hernanda sí que estaba rabiosa, quisquillosa y cínica conmigo ese día. Y yo estaba, desde muchos días antes, dividida por dentro: la razón, yo nunca había sido infiel. Ni siquiera era que me sintiera bipolar, mi resquebrajamiento era tripolar. Pero ¿qué tan infiel realmente era haber tenido sexo en otro Mundo del cual no podía ni asegurar su existencia?, ¿no fue una alucinación propia del estado de coma? ¿Y tocarme imaginando estar con una versión másculina de esa misma persona a la que sólo le había brindado una cachetada en ese otro tercer Mundo, no era a lo sumo, una tórrida fantasía sexual? De cada diez minutos desde el lunes había uno en el que me preguntaba ésto: ¿Había sido dura conmigo misma para con las dos? Sea lo que fuera, en esos otros dos Mundos había sentido una lucidez emocional que parecía siempre tambalear en este. Y eso, ese sentimiento tan imponente y contundente, era precisamente lo que me hacía sentir más enamorada de esa otra persona, mi No, persona que tal vez no era más que un espectral producto de mi imaginación. Creo que a eso le llaman esquizofrenia. Estoy hecha añicos. Es como si hubiera descubierto que toda la dulzura de mi amor fuera de azúcar, amor que se diluye ante la más leve lluvia. Me trato mal y no me gusta. Suspiro. Y mi suspiro parece aterrizarme de nuevo en el trabajo. La banda de HipHopCore me hace señas de haber terminado su sesión de ensayo. Recogeré ese reguero de cables, inventariaré el equipo con que ensayaron y me meteré al baño a llorar, y ver si yo misma me he vuelto de azúcar y también me diluyo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Doce y media pm.&lt;br /&gt;
Anoche “Sol Edad” fue mi catarsis para el día dos. Al llegar a casita luego del trabajo, me entusiasmé en dejar atrás la estructura y título de mi incipiente álbum “Coyote”. Y todo por ver mi semi-camuflado puchero en una de las fotos que yo misma me había tomado horas atrás en la sala E, la nueva, aún blanca y vacía, dispuesta en preámbulo para empezar a ser adecuada. Fue mágico. La sala y yo éramos una misma cosa, sincronizadas para un nuevo comienzo. Todo fraguó de la nada, inexplicable como un big bang, y más espontáneo y menos premeditado que mi hasta entonces duradera idea de “Eros y Tánatos conmigo entre las fauces lupinas” que tanto expliqué durante mis primeras semanas radicada acá en Bogotá, a cada uno de los pedantes productores antes de conocer al “todo bien” de Médula. “Sol Edad” surgió de sí misma, del saludable y salvador Do-It-Yourself apareciéndose en la oportunidad que más lo necesitaba. Sin mayores miramientos y llevada por mi apesadumbrado fluir compuse la nueva portada en mi laptop; sólo fue ubicar mi logo, el título y de la foto recortar y desenfocarle las blancas aristas del escenario hasta desvanecerlas, todo bajo la inocente presión de contrareloj en un concurso colegial de improvisación. Y al concluir y verla, y a pesar de tanta tristeza que me comunicaba mi propio rostro allí, la portada me generaba, de su fluidez, un alivio. Sin embargo, el posterior esfuerzo en acopiar toda la adrenalina posible para llamar a Médula, y hacerle saber del súbito borrón y cuenta nueva de mi álbum debut, me había dejado emocionalmente extenuada y silente el día de hoy, sorprendiéndome más a mí que a él mi ausencia de usual parlanchinería. Hasta le dije sin diplomacia que no quise almorzar con él, y lo entendió. Médula, al fin y al cabo, soporte casi incondicional, casi impasible, de toda estructura. Del cambio radical de mi álbum, sin embargo, otro coyote sí había sobrevivido: el lindo cachorrito gozque que había  adoptado yo un par de semanas atrás, y con quien almorcé en el parquecito de columpios a dos cuadras del estudio. Incluso Gatástrofe había dado muestras de ser amorosa y comprensiva anfitriona, y más de una noche vi a mi gatita y a mi cachorrito durmiendo arrunchaditos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tres y diecisiete  pm.&lt;br /&gt;
Médula no ha llegado al estudio. Solamente estoy con Coyote, quien se ha echado al lado del lavaplatos a hidratar su cuerpecito luego de todo lo que lo hice correr en el parque. Hoy teníamos tiempo extra y  jugué con el hasta sacarle el último ladrido. Me conmueve verlo dormir. El muy bebé ha quedado profundo del cansancio. Así que ahora estoy sola con mi tristeza. Ah, y también con varios computadores vacíos. Premura, premura. No me aguanto más, tengo que ver si Nandita está conectada. Con siete horas de diferencia, hace rato debe haber llegado del trabajo y aún debe estar despierta. Cierro las cortinas y la puerta como para que la oscuridad me acobije y dejo que sea sólo la pantalla la que ilumine la salita. Abro mi correo, explayo el jpg de mi “Sol Edad” y cierro mi correo. Me dejo ir viendo mi propio rostro, pero a la ves, me hago la loca. Me da miedo ver si está o no conectada. Dejo que el propio puchero de mi nueva portada opere en mí tanto de  compinche como de terapeuta. Me relaja, el miedo y la ansiedad se desvanecen lentamente en el transcurso de unos veinte minutos. Sólo se oye el adormecido respirar de Coyote desde la cocina. Tan así de beatífico es el silencio reinante en el estudio. Mi palpitar se haya acelerado pero no hace ruido. Qué carajos, no más rodeos. La llamo. Es una fortuna estar en estos tiempos de telefonía global. &lt;br /&gt;
-¿Innita?- me dice Hernanda, notoriamente alegre. La oigo tan nítida como si estuviera a mi lado.&lt;br /&gt;
Vaya. Ninguna de las dos tuvimos la valentía de bloquearnos. Entre risas entrecortadas, nos ponemos a llorar, casi en unísono.&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8493389916/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Wed, 20 Feb 2013 12:54:17 -0800</pubDate>
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    <media:description type="html">&lt;p&gt;Miércoles, 20 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Diez cero tres am.&lt;br /&gt;
El reloj tras el cristal de la sala B de grabación me señala que hace cuarenta y siete horas y media yo le había terminado a Hernanda Telar, y hace cuarenta y una que me había despedido de ella depositándole mis dos últimos souvenirs: unas largas lágrimas en el absorbente cuello de su gabardina y un corto beso francés entre su temblorosa boca al despedirla en el aeropuerto, rumbo a su nuevo trabajo, en Estambul, en un jugoso contrato que la tendría allí al menos hasta julio. Desde entonces, soleado lunes con lluvias sólo dentro de nuestro par de corazones, el tiempo se había estirado con grandilocuente gesto de burla, o quizás hasta de milenario acertijo ingrávido, pero sin esfinge. El bombeo de mi corazón era el tic-tac de un cronómetro que en delirio me marcaba, anestesiada por mi doble insomnio, la sensación de cinco o seis días embutidos en dos. A pesar de ocupar mi mente y cuerpo durante el resto del funesto lunes y gran parte del encogido martes en mi nuevo trabajo con Médula aquí en su estudio, por fin dejando atrás con agradecimiento mi monótona y ya fastidiosa labor en la escuela de conducción, mis propios latidos no cesaron de cantar para mí la ausencia y soledad, taladrándolas dentro de mí segundo a segundo, sin necesidad de música ni lírica ni instrumento alguno. El vacío pesa más de su misma insensibilidad, de su misma levedad. Con el protocolo de una tregua, pero sin vestigios de guerra, sentía ahora toda la ansiedad que me indicaba, punzada tras punzada, las primeras cuarenta y ocho horas de mi abstinencia por Hernanda. En los últimos minutos de espera bajo el techo de El Dorado habíamos acordado solemnemente permitirnos cicatrizar nuestra ruptura, nuestra fractura, aisladas, enyesadas en cuarentena, en diferentes países,  comunicándonos apenas cada sábado. Incluso nos habíamos prometido bloquearnos tanto de nuestros teléfonos como de nuestras redes sociales hasta ese  fin de semana y, según nos sintiéramos entonces, decidiríamos qué hacer. Muy madura la actitud de nuestra negociación, más bien muy de Hernanda. Yo creo que seguía siendo una culicagada de quince. No sé si algún día yo decida tener hijos, pero parir esta despedida era lo más cercano a un instinto maternal que en mi vida había experimentado. Yo llevaba a Hernanda dentro de mí desde aquella fiesta de Halloween, y yo misma había cortado el cordón umbilical cuarenta y siete horas y cuarenta minutos atrás. Ni siquiera me había dolido tanto con mis otra dos relación importantes, la diferencia era que cada una de ellas me había durado más de dos años. Con Hernanda, tres meses y tres semanas nos duró. Y de esos tres, un largo, absurdo y aún inentendible mes de coma decembrino. Lo más irónico es que desde nuestra celebración del San Valentín de la semana pasada la tensión estalló y las cosas se nos vinieron a pique. Hernanda sí que estaba rabiosa, quisquillosa y cínica conmigo ese día. Y yo estaba, desde muchos días antes, dividida por dentro: la razón, yo nunca había sido infiel. Ni siquiera era que me sintiera bipolar, mi resquebrajamiento era tripolar. Pero ¿qué tan infiel realmente era haber tenido sexo en otro Mundo del cual no podía ni asegurar su existencia?, ¿no fue una alucinación propia del estado de coma? ¿Y tocarme imaginando estar con una versión másculina de esa misma persona a la que sólo le había brindado una cachetada en ese otro tercer Mundo, no era a lo sumo, una tórrida fantasía sexual? De cada diez minutos desde el lunes había uno en el que me preguntaba ésto: ¿Había sido dura conmigo misma para con las dos? Sea lo que fuera, en esos otros dos Mundos había sentido una lucidez emocional que parecía siempre tambalear en este. Y eso, ese sentimiento tan imponente y contundente, era precisamente lo que me hacía sentir más enamorada de esa otra persona, mi No, persona que tal vez no era más que un espectral producto de mi imaginación. Creo que a eso le llaman esquizofrenia. Estoy hecha añicos. Es como si hubiera descubierto que toda la dulzura de mi amor fuera de azúcar, amor que se diluye ante la más leve lluvia. Me trato mal y no me gusta. Suspiro. Y mi suspiro parece aterrizarme de nuevo en el trabajo. La banda de HipHopCore me hace señas de haber terminado su sesión de ensayo. Recogeré ese reguero de cables, inventariaré el equipo con que ensayaron y me meteré al baño a llorar, y ver si yo misma me he vuelto de azúcar y también me diluyo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Doce y media pm.&lt;br /&gt;
Anoche “Sol Edad” fue mi catarsis para el día dos. Al llegar a casita luego del trabajo, me entusiasmé en dejar atrás la estructura y título de mi incipiente álbum “Coyote”. Y todo por ver mi semi-camuflado puchero en una de las fotos que yo misma me había tomado horas atrás en la sala E, la nueva, aún blanca y vacía, dispuesta en preámbulo para empezar a ser adecuada. Fue mágico. La sala y yo éramos una misma cosa, sincronizadas para un nuevo comienzo. Todo fraguó de la nada, inexplicable como un big bang, y más espontáneo y menos premeditado que mi hasta entonces duradera idea de “Eros y Tánatos conmigo entre las fauces lupinas” que tanto expliqué durante mis primeras semanas radicada acá en Bogotá, a cada uno de los pedantes productores antes de conocer al “todo bien” de Médula. “Sol Edad” surgió de sí misma, del saludable y salvador Do-It-Yourself apareciéndose en la oportunidad que más lo necesitaba. Sin mayores miramientos y llevada por mi apesadumbrado fluir compuse la nueva portada en mi laptop; sólo fue ubicar mi logo, el título y de la foto recortar y desenfocarle las blancas aristas del escenario hasta desvanecerlas, todo bajo la inocente presión de contrareloj en un concurso colegial de improvisación. Y al concluir y verla, y a pesar de tanta tristeza que me comunicaba mi propio rostro allí, la portada me generaba, de su fluidez, un alivio. Sin embargo, el posterior esfuerzo en acopiar toda la adrenalina posible para llamar a Médula, y hacerle saber del súbito borrón y cuenta nueva de mi álbum debut, me había dejado emocionalmente extenuada y silente el día de hoy, sorprendiéndome más a mí que a él mi ausencia de usual parlanchinería. Hasta le dije sin diplomacia que no quise almorzar con él, y lo entendió. Médula, al fin y al cabo, soporte casi incondicional, casi impasible, de toda estructura. Del cambio radical de mi álbum, sin embargo, otro coyote sí había sobrevivido: el lindo cachorrito gozque que había  adoptado yo un par de semanas atrás, y con quien almorcé en el parquecito de columpios a dos cuadras del estudio. Incluso Gatástrofe había dado muestras de ser amorosa y comprensiva anfitriona, y más de una noche vi a mi gatita y a mi cachorrito durmiendo arrunchaditos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tres y diecisiete  pm.&lt;br /&gt;
Médula no ha llegado al estudio. Solamente estoy con Coyote, quien se ha echado al lado del lavaplatos a hidratar su cuerpecito luego de todo lo que lo hice correr en el parque. Hoy teníamos tiempo extra y  jugué con el hasta sacarle el último ladrido. Me conmueve verlo dormir. El muy bebé ha quedado profundo del cansancio. Así que ahora estoy sola con mi tristeza. Ah, y también con varios computadores vacíos. Premura, premura. No me aguanto más, tengo que ver si Nandita está conectada. Con siete horas de diferencia, hace rato debe haber llegado del trabajo y aún debe estar despierta. Cierro las cortinas y la puerta como para que la oscuridad me acobije y dejo que sea sólo la pantalla la que ilumine la salita. Abro mi correo, explayo el jpg de mi “Sol Edad” y cierro mi correo. Me dejo ir viendo mi propio rostro, pero a la ves, me hago la loca. Me da miedo ver si está o no conectada. Dejo que el propio puchero de mi nueva portada opere en mí tanto de  compinche como de terapeuta. Me relaja, el miedo y la ansiedad se desvanecen lentamente en el transcurso de unos veinte minutos. Sólo se oye el adormecido respirar de Coyote desde la cocina. Tan así de beatífico es el silencio reinante en el estudio. Mi palpitar se haya acelerado pero no hace ruido. Qué carajos, no más rodeos. La llamo. Es una fortuna estar en estos tiempos de telefonía global. &lt;br /&gt;
-¿Innita?- me dice Hernanda, notoriamente alegre. La oigo tan nítida como si estuviera a mi lado.&lt;br /&gt;
Vaya. Ninguna de las dos tuvimos la valentía de bloquearnos. Entre risas entrecortadas, nos ponemos a llorar, casi en unísono.&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8493389916/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8493389916/&quot; title=&quot;Con el protocolo de una tregua, pero sin vestigios de guerra, sentía ahora toda la ansiedad que me indicaba, punzada tras punzada, las primeras cuarenta y ocho horas de mi abstinencia por Hernanda.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8512/8493389916_98a27a6b04_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;184&quot; alt=&quot;Con el protocolo de una tregua, pero sin vestigios de guerra, sentía ahora toda la ansiedad que me indicaba, punzada tras punzada, las primeras cuarenta y ocho horas de mi abstinencia por Hernanda.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Miércoles, 20 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
La Soledad, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Diez cero tres am.&lt;br /&gt;
El reloj tras el cristal de la sala B de grabación me señala que hace cuarenta y siete horas y media yo le había terminado a Hernanda Telar, y hace cuarenta y una que me había despedido de ella depositándole mis dos últimos souvenirs: unas largas lágrimas en el absorbente cuello de su gabardina y un corto beso francés entre su temblorosa boca al despedirla en el aeropuerto, rumbo a su nuevo trabajo, en Estambul, en un jugoso contrato que la tendría allí al menos hasta julio. Desde entonces, soleado lunes con lluvias sólo dentro de nuestro par de corazones, el tiempo se había estirado con grandilocuente gesto de burla, o quizás hasta de milenario acertijo ingrávido, pero sin esfinge. El bombeo de mi corazón era el tic-tac de un cronómetro que en delirio me marcaba, anestesiada por mi doble insomnio, la sensación de cinco o seis días embutidos en dos. A pesar de ocupar mi mente y cuerpo durante el resto del funesto lunes y gran parte del encogido martes en mi nuevo trabajo con Médula aquí en su estudio, por fin dejando atrás con agradecimiento mi monótona y ya fastidiosa labor en la escuela de conducción, mis propios latidos no cesaron de cantar para mí la ausencia y soledad, taladrándolas dentro de mí segundo a segundo, sin necesidad de música ni lírica ni instrumento alguno. El vacío pesa más de su misma insensibilidad, de su misma levedad. Con el protocolo de una tregua, pero sin vestigios de guerra, sentía ahora toda la ansiedad que me indicaba, punzada tras punzada, las primeras cuarenta y ocho horas de mi abstinencia por Hernanda. En los últimos minutos de espera bajo el techo de El Dorado habíamos acordado solemnemente permitirnos cicatrizar nuestra ruptura, nuestra fractura, aisladas, enyesadas en cuarentena, en diferentes países,  comunicándonos apenas cada sábado. Incluso nos habíamos prometido bloquearnos tanto de nuestros teléfonos como de nuestras redes sociales hasta ese  fin de semana y, según nos sintiéramos entonces, decidiríamos qué hacer. Muy madura la actitud de nuestra negociación, más bien muy de Hernanda. Yo creo que seguía siendo una culicagada de quince. No sé si algún día yo decida tener hijos, pero parir esta despedida era lo más cercano a un instinto maternal que en mi vida había experimentado. Yo llevaba a Hernanda dentro de mí desde aquella fiesta de Halloween, y yo misma había cortado el cordón umbilical cuarenta y siete horas y cuarenta minutos atrás. Ni siquiera me había dolido tanto con mis otra dos relación importantes, la diferencia era que cada una de ellas me había durado más de dos años. Con Hernanda, tres meses y tres semanas nos duró. Y de esos tres, un largo, absurdo y aún inentendible mes de coma decembrino. Lo más irónico es que desde nuestra celebración del San Valentín de la semana pasada la tensión estalló y las cosas se nos vinieron a pique. Hernanda sí que estaba rabiosa, quisquillosa y cínica conmigo ese día. Y yo estaba, desde muchos días antes, dividida por dentro: la razón, yo nunca había sido infiel. Ni siquiera era que me sintiera bipolar, mi resquebrajamiento era tripolar. Pero ¿qué tan infiel realmente era haber tenido sexo en otro Mundo del cual no podía ni asegurar su existencia?, ¿no fue una alucinación propia del estado de coma? ¿Y tocarme imaginando estar con una versión másculina de esa misma persona a la que sólo le había brindado una cachetada en ese otro tercer Mundo, no era a lo sumo, una tórrida fantasía sexual? De cada diez minutos desde el lunes había uno en el que me preguntaba ésto: ¿Había sido dura conmigo misma para con las dos? Sea lo que fuera, en esos otros dos Mundos había sentido una lucidez emocional que parecía siempre tambalear en este. Y eso, ese sentimiento tan imponente y contundente, era precisamente lo que me hacía sentir más enamorada de esa otra persona, mi No, persona que tal vez no era más que un espectral producto de mi imaginación. Creo que a eso le llaman esquizofrenia. Estoy hecha añicos. Es como si hubiera descubierto que toda la dulzura de mi amor fuera de azúcar, amor que se diluye ante la más leve lluvia. Me trato mal y no me gusta. Suspiro. Y mi suspiro parece aterrizarme de nuevo en el trabajo. La banda de HipHopCore me hace señas de haber terminado su sesión de ensayo. Recogeré ese reguero de cables, inventariaré el equipo con que ensayaron y me meteré al baño a llorar, y ver si yo misma me he vuelto de azúcar y también me diluyo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Doce y media pm.&lt;br /&gt;
Anoche “Sol Edad” fue mi catarsis para el día dos. Al llegar a casita luego del trabajo, me entusiasmé en dejar atrás la estructura y título de mi incipiente álbum “Coyote”. Y todo por ver mi semi-camuflado puchero en una de las fotos que yo misma me había tomado horas atrás en la sala E, la nueva, aún blanca y vacía, dispuesta en preámbulo para empezar a ser adecuada. Fue mágico. La sala y yo éramos una misma cosa, sincronizadas para un nuevo comienzo. Todo fraguó de la nada, inexplicable como un big bang, y más espontáneo y menos premeditado que mi hasta entonces duradera idea de “Eros y Tánatos conmigo entre las fauces lupinas” que tanto expliqué durante mis primeras semanas radicada acá en Bogotá, a cada uno de los pedantes productores antes de conocer al “todo bien” de Médula. “Sol Edad” surgió de sí misma, del saludable y salvador Do-It-Yourself apareciéndose en la oportunidad que más lo necesitaba. Sin mayores miramientos y llevada por mi apesadumbrado fluir compuse la nueva portada en mi laptop; sólo fue ubicar mi logo, el título y de la foto recortar y desenfocarle las blancas aristas del escenario hasta desvanecerlas, todo bajo la inocente presión de contrareloj en un concurso colegial de improvisación. Y al concluir y verla, y a pesar de tanta tristeza que me comunicaba mi propio rostro allí, la portada me generaba, de su fluidez, un alivio. Sin embargo, el posterior esfuerzo en acopiar toda la adrenalina posible para llamar a Médula, y hacerle saber del súbito borrón y cuenta nueva de mi álbum debut, me había dejado emocionalmente extenuada y silente el día de hoy, sorprendiéndome más a mí que a él mi ausencia de usual parlanchinería. Hasta le dije sin diplomacia que no quise almorzar con él, y lo entendió. Médula, al fin y al cabo, soporte casi incondicional, casi impasible, de toda estructura. Del cambio radical de mi álbum, sin embargo, otro coyote sí había sobrevivido: el lindo cachorrito gozque que había  adoptado yo un par de semanas atrás, y con quien almorcé en el parquecito de columpios a dos cuadras del estudio. Incluso Gatástrofe había dado muestras de ser amorosa y comprensiva anfitriona, y más de una noche vi a mi gatita y a mi cachorrito durmiendo arrunchaditos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tres y diecisiete  pm.&lt;br /&gt;
Médula no ha llegado al estudio. Solamente estoy con Coyote, quien se ha echado al lado del lavaplatos a hidratar su cuerpecito luego de todo lo que lo hice correr en el parque. Hoy teníamos tiempo extra y  jugué con el hasta sacarle el último ladrido. Me conmueve verlo dormir. El muy bebé ha quedado profundo del cansancio. Así que ahora estoy sola con mi tristeza. Ah, y también con varios computadores vacíos. Premura, premura. No me aguanto más, tengo que ver si Nandita está conectada. Con siete horas de diferencia, hace rato debe haber llegado del trabajo y aún debe estar despierta. Cierro las cortinas y la puerta como para que la oscuridad me acobije y dejo que sea sólo la pantalla la que ilumine la salita. Abro mi correo, explayo el jpg de mi “Sol Edad” y cierro mi correo. Me dejo ir viendo mi propio rostro, pero a la vez, me hago la loca. Me da miedo ver si está o no conectada. Dejo que el propio puchero de mi nueva portada opere en mí tanto de  compinche como de terapeuta. Me relaja, el miedo y la ansiedad se desvanecen lentamente en el transcurso de unos veinte minutos. Sólo se oye el adormecido respirar de Coyote desde la cocina. Tan así de beatífico es el silencio reinante en el estudio. Mi palpitar se haya acelerado pero no hace ruido. Qué carajos, no más rodeos. La llamo. Es una fortuna estar en estos tiempos de telefonía global. &lt;br /&gt;
-¿Innita?- me dice Hernanda, notoriamente alegre. La oigo tan nítida como si estuviera a mi lado.&lt;br /&gt;
Vaya. Ninguna de las dos tuvimos la valentía de bloquearnos. Entre risas entrecortadas, nos ponemos a llorar, casi en unísono.&lt;br /&gt;
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    <media:description type="html">&lt;p&gt;Miércoles, 20 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
La Soledad, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Diez cero tres am.&lt;br /&gt;
El reloj tras el cristal de la sala B de grabación me señala que hace cuarenta y siete horas y media yo le había terminado a Hernanda Telar, y hace cuarenta y una que me había despedido de ella depositándole mis dos últimos souvenirs: unas largas lágrimas en el absorbente cuello de su gabardina y un corto beso francés entre su temblorosa boca al despedirla en el aeropuerto, rumbo a su nuevo trabajo, en Estambul, en un jugoso contrato que la tendría allí al menos hasta julio. Desde entonces, soleado lunes con lluvias sólo dentro de nuestro par de corazones, el tiempo se había estirado con grandilocuente gesto de burla, o quizás hasta de milenario acertijo ingrávido, pero sin esfinge. El bombeo de mi corazón era el tic-tac de un cronómetro que en delirio me marcaba, anestesiada por mi doble insomnio, la sensación de cinco o seis días embutidos en dos. A pesar de ocupar mi mente y cuerpo durante el resto del funesto lunes y gran parte del encogido martes en mi nuevo trabajo con Médula aquí en su estudio, por fin dejando atrás con agradecimiento mi monótona y ya fastidiosa labor en la escuela de conducción, mis propios latidos no cesaron de cantar para mí la ausencia y soledad, taladrándolas dentro de mí segundo a segundo, sin necesidad de música ni lírica ni instrumento alguno. El vacío pesa más de su misma insensibilidad, de su misma levedad. Con el protocolo de una tregua, pero sin vestigios de guerra, sentía ahora toda la ansiedad que me indicaba, punzada tras punzada, las primeras cuarenta y ocho horas de mi abstinencia por Hernanda. En los últimos minutos de espera bajo el techo de El Dorado habíamos acordado solemnemente permitirnos cicatrizar nuestra ruptura, nuestra fractura, aisladas, enyesadas en cuarentena, en diferentes países,  comunicándonos apenas cada sábado. Incluso nos habíamos prometido bloquearnos tanto de nuestros teléfonos como de nuestras redes sociales hasta ese  fin de semana y, según nos sintiéramos entonces, decidiríamos qué hacer. Muy madura la actitud de nuestra negociación, más bien muy de Hernanda. Yo creo que seguía siendo una culicagada de quince. No sé si algún día yo decida tener hijos, pero parir esta despedida era lo más cercano a un instinto maternal que en mi vida había experimentado. Yo llevaba a Hernanda dentro de mí desde aquella fiesta de Halloween, y yo misma había cortado el cordón umbilical cuarenta y siete horas y cuarenta minutos atrás. Ni siquiera me había dolido tanto con mis otra dos relación importantes, la diferencia era que cada una de ellas me había durado más de dos años. Con Hernanda, tres meses y tres semanas nos duró. Y de esos tres, un largo, absurdo y aún inentendible mes de coma decembrino. Lo más irónico es que desde nuestra celebración del San Valentín de la semana pasada la tensión estalló y las cosas se nos vinieron a pique. Hernanda sí que estaba rabiosa, quisquillosa y cínica conmigo ese día. Y yo estaba, desde muchos días antes, dividida por dentro: la razón, yo nunca había sido infiel. Ni siquiera era que me sintiera bipolar, mi resquebrajamiento era tripolar. Pero ¿qué tan infiel realmente era haber tenido sexo en otro Mundo del cual no podía ni asegurar su existencia?, ¿no fue una alucinación propia del estado de coma? ¿Y tocarme imaginando estar con una versión másculina de esa misma persona a la que sólo le había brindado una cachetada en ese otro tercer Mundo, no era a lo sumo, una tórrida fantasía sexual? De cada diez minutos desde el lunes había uno en el que me preguntaba ésto: ¿Había sido dura conmigo misma para con las dos? Sea lo que fuera, en esos otros dos Mundos había sentido una lucidez emocional que parecía siempre tambalear en este. Y eso, ese sentimiento tan imponente y contundente, era precisamente lo que me hacía sentir más enamorada de esa otra persona, mi No, persona que tal vez no era más que un espectral producto de mi imaginación. Creo que a eso le llaman esquizofrenia. Estoy hecha añicos. Es como si hubiera descubierto que toda la dulzura de mi amor fuera de azúcar, amor que se diluye ante la más leve lluvia. Me trato mal y no me gusta. Suspiro. Y mi suspiro parece aterrizarme de nuevo en el trabajo. La banda de HipHopCore me hace señas de haber terminado su sesión de ensayo. Recogeré ese reguero de cables, inventariaré el equipo con que ensayaron y me meteré al baño a llorar, y ver si yo misma me he vuelto de azúcar y también me diluyo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Doce y media pm.&lt;br /&gt;
Anoche “Sol Edad” fue mi catarsis para el día dos. Al llegar a casita luego del trabajo, me entusiasmé en dejar atrás la estructura y título de mi incipiente álbum “Coyote”. Y todo por ver mi semi-camuflado puchero en una de las fotos que yo misma me había tomado horas atrás en la sala E, la nueva, aún blanca y vacía, dispuesta en preámbulo para empezar a ser adecuada. Fue mágico. La sala y yo éramos una misma cosa, sincronizadas para un nuevo comienzo. Todo fraguó de la nada, inexplicable como un big bang, y más espontáneo y menos premeditado que mi hasta entonces duradera idea de “Eros y Tánatos conmigo entre las fauces lupinas” que tanto expliqué durante mis primeras semanas radicada acá en Bogotá, a cada uno de los pedantes productores antes de conocer al “todo bien” de Médula. “Sol Edad” surgió de sí misma, del saludable y salvador Do-It-Yourself apareciéndose en la oportunidad que más lo necesitaba. Sin mayores miramientos y llevada por mi apesadumbrado fluir compuse la nueva portada en mi laptop; sólo fue ubicar mi logo, el título y de la foto recortar y desenfocarle las blancas aristas del escenario hasta desvanecerlas, todo bajo la inocente presión de contrareloj en un concurso colegial de improvisación. Y al concluir y verla, y a pesar de tanta tristeza que me comunicaba mi propio rostro allí, la portada me generaba, de su fluidez, un alivio. Sin embargo, el posterior esfuerzo en acopiar toda la adrenalina posible para llamar a Médula, y hacerle saber del súbito borrón y cuenta nueva de mi álbum debut, me había dejado emocionalmente extenuada y silente el día de hoy, sorprendiéndome más a mí que a él mi ausencia de usual parlanchinería. Hasta le dije sin diplomacia que no quise almorzar con él, y lo entendió. Médula, al fin y al cabo, soporte casi incondicional, casi impasible, de toda estructura. Del cambio radical de mi álbum, sin embargo, otro coyote sí había sobrevivido: el lindo cachorrito gozque que había  adoptado yo un par de semanas atrás, y con quien almorcé en el parquecito de columpios a dos cuadras del estudio. Incluso Gatástrofe había dado muestras de ser amorosa y comprensiva anfitriona, y más de una noche vi a mi gatita y a mi cachorrito durmiendo arrunchaditos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Tres y diecisiete  pm.&lt;br /&gt;
Médula no ha llegado al estudio. Solamente estoy con Coyote, quien se ha echado al lado del lavaplatos a hidratar su cuerpecito luego de todo lo que lo hice correr en el parque. Hoy teníamos tiempo extra y  jugué con el hasta sacarle el último ladrido. Me conmueve verlo dormir. El muy bebé ha quedado profundo del cansancio. Así que ahora estoy sola con mi tristeza. Ah, y también con varios computadores vacíos. Premura, premura. No me aguanto más, tengo que ver si Nandita está conectada. Con siete horas de diferencia, hace rato debe haber llegado del trabajo y aún debe estar despierta. Cierro las cortinas y la puerta como para que la oscuridad me acobije y dejo que sea sólo la pantalla la que ilumine la salita. Abro mi correo, explayo el jpg de mi “Sol Edad” y cierro mi correo. Me dejo ir viendo mi propio rostro, pero a la vez, me hago la loca. Me da miedo ver si está o no conectada. Dejo que el propio puchero de mi nueva portada opere en mí tanto de  compinche como de terapeuta. Me relaja, el miedo y la ansiedad se desvanecen lentamente en el transcurso de unos veinte minutos. Sólo se oye el adormecido respirar de Coyote desde la cocina. Tan así de beatífico es el silencio reinante en el estudio. Mi palpitar se haya acelerado pero no hace ruido. Qué carajos, no más rodeos. La llamo. Es una fortuna estar en estos tiempos de telefonía global. &lt;br /&gt;
-¿Innita?- me dice Hernanda, notoriamente alegre. La oigo tan nítida como si estuviera a mi lado.&lt;br /&gt;
Vaya. Ninguna de las dos tuvimos la valentía de bloquearnos. Entre risas entrecortadas, nos ponemos a llorar, casi en unísono.&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8493389916/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8487980942/&quot; title=&quot;&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8098/8487980942_b6e685a70b_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;187&quot; alt=&quot;&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt; &lt;a href=&quot;https://www.facebook.com/innita.fans&quot; rel=&quot;nofollow&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Mon, 18 Feb 2013 17:58:42 -0800</pubDate>
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			<title>Sex, Folk &amp; Rock 'n' Roll</title>
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&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8463924294/&quot; title=&quot;Sex, Folk &amp;amp; Rock 'n' Roll&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8231/8463924294_df8cf1d16f_m.jpg&quot; width=&quot;185&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;Sex, Folk &amp;amp; Rock 'n' Roll&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Domingo, 10 de febrero de 2013.&lt;br /&gt;
Parkway, La Soledad, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;¡&lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Bambuco&quot; rel=&quot;nofollow&quot;&gt;Bambuco&lt;/a&gt;re! &lt;/i&gt; &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
- &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8463924294/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Sun, 10 Feb 2013 18:32:10 -0800</pubDate>
			                        <dc:date.Taken>2013-02-10T21:26:02-08:00</dc:date.Taken>
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Parkway, La Soledad, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;¡&lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Bambuco&quot; rel=&quot;nofollow&quot;&gt;Bambuco&lt;/a&gt;re! &lt;/i&gt; &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
- &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157632704303323/with/8463924294/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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			<title>“Esto es mentira, esto es verdad, esto sucede aunque no lo vea, esto no sucede aunque lo vea. Todo el mundo odia a Innita.&quot;</title>
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			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8452152100/&quot; title=&quot;“Esto es mentira, esto es verdad, esto sucede aunque no lo vea, esto no sucede aunque lo vea. Todo el mundo odia a Innita.&amp;quot;&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8106/8452152100_1d71f6d0aa_m.jpg&quot; width=&quot;180&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;“Esto es mentira, esto es verdad, esto sucede aunque no lo vea, esto no sucede aunque lo vea. Todo el mundo odia a Innita.&amp;quot;&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Miércoles, 6 de febrero de 2013&lt;br /&gt;
Chapinero, Bogotá, Mundo Violeta Violenta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No solamente el taxista no me frenó, sino que aumentó la velocidad acercándose con iracunda destreza, sólo para vaciar el pequeño lago de agua y gasolina  en el bache de la calle sobre mí, contra mí, lavándome con su suciedad. Y yo, en mi paranoia lo tomé tal cual, como un saludo de nueva des-bienvenida nocturna a este Mundo. Estallé en ira, no me pude aguantar, llevaba muchos días aguantando muchas cosas, por algún lado tanta presión tenía que escaparse. Vi en ese mismo hueco de la misma calle a mi cómplice, una piedra reluciendo ante mí, bañada por las luces de los postes de luz,  descubierta de su escondite bajo el agua que ya no la cubría a ella sino a mí. La cogí y la lancé con toda mi rabia hacia el taxi, haciéndole estallar con estridente percusión de cristales su vidrio de copiloto, justo cuando el auto ya estaba a punto de voltear por la calle sesenta y cuatro, y salí a correr en sentido contrario, hacia la sesenta y tres, sin percartarme siquiera si también al taxista y no sólo al taxi  se le había roto algo con mi puntería. Los punkeritos que estaban en las bancas de la otra calle, en la pequeña plazoleta detrás de la Iglesia de Lourdes, me chiflaron mientras corría, y me asusté. Pero no, sus gritos emborrachados eran en señal de apoyo, vitoreándome mi logro contra el abusivo conductor. Estrenaba puntería, lo debía reconocer. Andar en BMX y Mountain Bike en toda mi adolescencia no tenía que ver nada con ésto, lo de esta noche era un improvisado regalo de mis reflejos, de mi supervivencia, o hasta de mi frustrado deseo infantil de ser superheroina. Y sí, mientras volteaba por la cuadra siguiente para subir hasta la séptima me reí maliciosamente imaginándome para mis adentros estar corriendo impunemente sobre la delgada línea que separa la justicia de la venganza. Pero es que esta Bogotá, la de este Mundo Violeta Violenta era fea, poco cívica y muy contaminada. Segundos después un atragantado grito de “china malparida” sonó a mis espaldas, a la vez que oía el correr de los pasos de su portador, eran de modo cojo, y eso me hizo pensar que una de sus piernas sí había sido besada violentamente por mi arcaico proyectil. Volteé a verlo. Con una varilla en mano, y a pesar de estar cojeando, mi agredido agresor estaba disminuyendo la diferencia que nos separaba. A mi izquierda, las personas que hacían cola para una función de un teatro que allí se localizaba me vieron y vieron al taxista.  Sólo ojos y nada más. Parecían ver correr un demonio, mirándome de manera atónita, callados, haciendo nada, no queriendo untarse de mi problema. Como la todo el piso estaba resbaloso por la lluvia de un par de horas atrás, caí al andén por ponerme a ver de nuevo a mi perseguidor. Las personas del pequeño teatro fueron casi que succionadas por la puerta, sin ni siquera haber abierto la boletería, en un acto protector del teatro para con sus clientes. Y el taxista, aprovechando la ausencia de público, me lanzó la varilla. Mis reflejos reaccionaron por mí, esquivándola, y yo misma me convertí en testigo ocular de lo que no creí que pudiera hacer, casi desdoblada, viendo la escena medio metro encima de mi propia cabeza. Todo sucedió muy rápido. Me paré de inmediato, sin importar el doble raspón en mis rodillas, y en vez de seguir corriendo, di media vuelta y enfrenté al taxista. Qué loca. O más bien, qué loco mi cuerpo y mi adrenalina, yo fui una mirona de lo que a continuación mi cuerpo, ahora marioneta jaloneado por delgadas hilos de valentía propia pero ajena, hizo. El taxista se abalanzó contra mí,  y su velocidad me sirvió para jalonarlo de uno de sus brazos, vaciando toda la energía de mi cuerpo bajo sus costillas, golpeándole con mi rodilla la boca del estómago. Arrodillado frente a mí, tanto por el dolor como por la falta de aire, continué mi ataque sobre él con un par de patadones, ahora sí, en el costado izquierdo de sus costillas.  Pero su brazo, que terminaba en una ancha mano de grandes y gruesos dedos, se estiró sorpresivamente, agarrando mi tobillo, desequilibrándome y haciéndome caer de nuevo. Al acercarse con intención de molerme a puños, le di un codazo en su cara, reventándole la nariz, mientras mis pies nuevamente hicieron doble golpe, esta vez entre sus piernas directo a la ingle, golpe de tal ferocidad y rapidez que vi su cuerpo hacer media vuelta en el aire por encima mío, cayendo detrás de mí. Oí cómo su cadera y espalda chocaban con ruido sobre la calle,  acompañados de un grito ahogado: sus testículos habían sido heridos. Me paré, cogí la varilla, y me puse frente a él, quería machacarle la cara, en serio que sí, para que no intentara hacerme nada más, áun cuando él ya estaba inhabilitado en defenderse por el resto de la noche, recogido en sí, con sus manos entre las piernas, soportando un dolor imposible de quitarse sobándose. Yo creo que todo eso sucedió en menos de diez segundos. No sé. Mi adrenalina rebosaba eufórica e ignoró el sentido del tiempo. Yo, toda aventajada, aún seguía pensando en machacarle la cara, pero decidí mejor salir corriendo del lugar. Boté la varilla en un jardín rumbo a la séptima, y llegué a un supermercado que se hallaba en la sesenta y tres. De repente, oí varios pitos, casi en fila, que me hicieron frenar de entrar por las puertas principales del súper y volteé a ver qué sucedía: una fila de taxis en contravía volteaban por la séptima hacia abajo, y los seguí con la mirada, pero  tuve que alejarme más hasta cruzar al otro andén para ver a dónde se dirigían: hacia la calle de la que recién me alejé. ¿Qué rayos era eso, el taxista había pedido refuerzos antes de salir de su taxi?¿Me querían linchar? De la que me salvé. Crucé de nuevo. Ya adentro del súper, mi cuerpo y yo volvimos a ser uno, y los nervios salieron a flote a causa de tan desagradable momento. Caminé desorientada y temblorosa entre los pasillos del local, fingiendo ver los productos exhibidos. La gente me veía de reojo, pero nadie se me acercó y mi forzada actuación de leer precios y etiquetas  no parecía molestarles. Tal vez eran las pecas estrellas en mi cara por lo que me veían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más de una hora duré tomándome, sorbo a sorbo, el litro de jugo de uva que finalmente compré dentro del local. Sentaba en una de las sillas del área de comidas, intenté descifrar cómo era que me había transportado de nuevo a este Mundo Violeta Violenta. Y esa repentina habilidad marcial. De dónde me surgió. Además, no sé por qué quise tomar taxi rumbo al apartamento de Hernanda; al igual que el mío, en este Mundo ese apartamento no sería el hogar de Hernanda. Necedad mía. Había estando actuando demasiado impulsiva en esta nueva transportación.  Dejé que mis inquietudes me des-atormentaranpor un rato, y saqué de mi bolsillo el papel. Lo desdoblé, lo puse sobre la mesa, intenté inutilmente quitarle las arrugas planchándolo con mis manos, y me dispuse a releerlo. No podía dar muy bien con el significado del escrito fechado nueve años atrás que le “robé” a mi amado &lt;i&gt;profesor No&lt;/i&gt; en el sueño de hace un par de horas:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;“Viernes 6 de febrero de 2004.&lt;br /&gt;
Planetario Distrital, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Esto es mentira, esto es verdad, esto sucede aunque no lo vea, esto no sucede aunque lo vea. Todo el mundo odia a Innita. Es un odio escondido, y ella se esconde tras ese odio. Ella es una, es tan sólo una y se escapa, se escapa pues todo el civilizado mundo está en su contra. Todo el mundo odia a Innita, excepto yo, sí, excepto el planeta y yo. El planeta tiene todo para ella, yo sólo la tengo en palabras, yo sólo le tengo palabras. Innita, mi mujer, mi amor, destinataria de mis querellas epistolares. La han llenado de tabúes, de desconfianza, de vergüenza su presencia, de petróleo su cara, de cadáveres quieren llenar su plato, de cifras su busto, cintura y caderas; le quieren poner silicona sobre su corazón, y anorexia a sus deseos, ella se escapa y se pierde de cara en cara, de rostro en rostro, de rastro en rastro, de astro en astro, salta de estrella en estrella, se estrella, se levanta y vuelve a emprender la huída y sigue y sigue sin parar, ella no para, Innita no para. Sólo tengo recuerdos, recuerdos cuerdos, claros, prístinos, lejanos, de nuestras cenas de besos, algunos inconfesables, indescriptibles e indestructibles. Una vez, tal vez la mejor vez, y tal vez el tal vez sobra decir, y tal vez me falta decir, 'mi mejor vez, mi mujer, ves', en un parque de aquellos donde las hojas silban, fue la más bella hambre sentida, el más bonito apetito experimentado, con los más mágicos besos lo saciamos, los colores cambiaron, te aseguro que los colores cambiaron, pero todos odian a Innita y ella volvió a huir de mí. No puede ser, no puede ser, no pudo ser, rayos y centellas, no pudo ser, ¡mi estrella, por amor de dos!, mi Innita, ella, ella, ella huyó de nuevo sin mí, esa vez como tantas veces, huyó del mundo sin mí, veía sus propios ojos en mis ojos y huyó. Innita, innita: por ella aún no termino de morir, y por ella aún no empiezo a vivir. El mundo la persigue como persigue a todas las mujeres. Las cazan, las casan, las cesan. Y hasta las retan entre sí, las enredan entre sí, para un demente deleite masculino, y hay hasta mujeres con corazón masculino, y dirán que no hay nada de malo. Pero tampoco hay nada. Hermanos animales, hermanas vegetales, fratricidio hay contra la mujer, su hermana mayor. Plantas y animales nos conocen mejor que nosotros a ellos y a ellas. Que mi queja es grande y sobra, y mi exilio es poco y falta. Paisaje espacial, qué herida la bella curvatura materna, vientre siempre embarazado,  vida con más vida, planeta placenta. Qué árido mundo plano que aplasta a los demás sólo porque puede hacerlo. Aídas oídas y odiadas, odas sado, gula y gala, elegías y funerales diarios: las siliconas sobre el corazón, las caras desmaquilladas a punta de lágrimas, el cabello desteñido o reteñido, los lentes cosméticos en miradas tristes, los labios manchados de besos falsos, la liposucción, la bulimia, los chistes pesados en las oficinas, los chistes pasados en los colegios, los chismes pegados en las cocinas, las amenazas en la alcoba, el embarazo y parto sin pareja, el repartir, el volver a partir, y el partir de la pareja, los moretones por una borrachera ajena, el silencio de un cáncer de seno, o la forzada amnesia de una violación. ¡En qué hemos convertido la mitad de nuestro paisaje, la mitad de los que nos rodean, la cuna de todos nuestros nacimientos, la bella pista de nuestro aterrizar! ¿Y ves a la madre naturaleza? ¿has leído los índices en los artículos de ecología? El ozono deteriorado y pasado de moda, el agua potable con precio y marca, la radiación atómica desbalanceada, un nuevo tormento nos asesina, una nueva tormenta se avecina. Y cuando escampe, ¿todo volverá a ser como antes? ¿aquella tranquilidad individual de nadar dentro de un vientre materno, aquel paraíso efímero volverá a nacer aquí afuera, colectivo e interno?  Y si tan sólo fuera posible, ¿también eterno?”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No logré descifrar algo más de lo que ya había descrifrado. Sólo pensé: esta Bogotá es una porquería. Este Mundo se estaba desplomando. De seguir así, caería en algo similar al Escarlata. &lt;br /&gt;
Claro.&lt;br /&gt;
El Mundo Escarlata.&lt;br /&gt;
Mi destreza defensiva contra el taxista provenía de mí misma, la guerrera arquera que yo soy en ese Mundo. Yo misma era mi puente, estaba aprendiendo tal cual como lo sueñan muchos estudiantes: por ósmosis. Levanté la botella con el jugo, celebraba para mí ahora. Un nuevo y largo sorbo festajaba mi descubirmiento. “Conócete a tí misma”, ni más ni menos. &lt;br /&gt;
Oh, oh, pero falta algo. Falta alguien.&lt;br /&gt;
Tan efímero como un juego pirotécnico, mi efusivo y fiestero estallido con aroma a epifanía dentro del súper no me duró sino ese sorbo. He visto mi &lt;i&gt;doppelgänger&lt;/i&gt;, he conversado con ella e incluso ya estoy hasta recibiendo de ella sus destrezas pero ¿qué hay de mi triple, mi &lt;i&gt;dreifachgänger&lt;/i&gt; en este Mundo?  &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8451927182/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
*&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
model / modelo:  Rachel Dashae&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Wed, 06 Feb 2013 15:36:57 -0800</pubDate>
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    <media:title>“Esto es mentira, esto es verdad, esto sucede aunque no lo vea, esto no sucede aunque lo vea. Todo el mundo odia a Innita.&quot;</media:title>
    <media:description type="html">&lt;p&gt;Miércoles, 6 de febrero de 2013&lt;br /&gt;
Chapinero, Bogotá, Mundo Violeta Violenta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No solamente el taxista no me frenó, sino que aumentó la velocidad acercándose con iracunda destreza, sólo para vaciar el pequeño lago de agua y gasolina  en el bache de la calle sobre mí, contra mí, lavándome con su suciedad. Y yo, en mi paranoia lo tomé tal cual, como un saludo de nueva des-bienvenida nocturna a este Mundo. Estallé en ira, no me pude aguantar, llevaba muchos días aguantando muchas cosas, por algún lado tanta presión tenía que escaparse. Vi en ese mismo hueco de la misma calle a mi cómplice, una piedra reluciendo ante mí, bañada por las luces de los postes de luz,  descubierta de su escondite bajo el agua que ya no la cubría a ella sino a mí. La cogí y la lancé con toda mi rabia hacia el taxi, haciéndole estallar con estridente percusión de cristales su vidrio de copiloto, justo cuando el auto ya estaba a punto de voltear por la calle sesenta y cuatro, y salí a correr en sentido contrario, hacia la sesenta y tres, sin percartarme siquiera si también al taxista y no sólo al taxi  se le había roto algo con mi puntería. Los punkeritos que estaban en las bancas de la otra calle, en la pequeña plazoleta detrás de la Iglesia de Lourdes, me chiflaron mientras corría, y me asusté. Pero no, sus gritos emborrachados eran en señal de apoyo, vitoreándome mi logro contra el abusivo conductor. Estrenaba puntería, lo debía reconocer. Andar en BMX y Mountain Bike en toda mi adolescencia no tenía que ver nada con ésto, lo de esta noche era un improvisado regalo de mis reflejos, de mi supervivencia, o hasta de mi frustrado deseo infantil de ser superheroina. Y sí, mientras volteaba por la cuadra siguiente para subir hasta la séptima me reí maliciosamente imaginándome para mis adentros estar corriendo impunemente sobre la delgada línea que separa la justicia de la venganza. Pero es que esta Bogotá, la de este Mundo Violeta Violenta era fea, poco cívica y muy contaminada. Segundos después un atragantado grito de “china malparida” sonó a mis espaldas, a la vez que oía el correr de los pasos de su portador, eran de modo cojo, y eso me hizo pensar que una de sus piernas sí había sido besada violentamente por mi arcaico proyectil. Volteé a verlo. Con una varilla en mano, y a pesar de estar cojeando, mi agredido agresor estaba disminuyendo la diferencia que nos separaba. A mi izquierda, las personas que hacían cola para una función de un teatro que allí se localizaba me vieron y vieron al taxista.  Sólo ojos y nada más. Parecían ver correr un demonio, mirándome de manera atónita, callados, haciendo nada, no queriendo untarse de mi problema. Como la todo el piso estaba resbaloso por la lluvia de un par de horas atrás, caí al andén por ponerme a ver de nuevo a mi perseguidor. Las personas del pequeño teatro fueron casi que succionadas por la puerta, sin ni siquera haber abierto la boletería, en un acto protector del teatro para con sus clientes. Y el taxista, aprovechando la ausencia de público, me lanzó la varilla. Mis reflejos reaccionaron por mí, esquivándola, y yo misma me convertí en testigo ocular de lo que no creí que pudiera hacer, casi desdoblada, viendo la escena medio metro encima de mi propia cabeza. Todo sucedió muy rápido. Me paré de inmediato, sin importar el doble raspón en mis rodillas, y en vez de seguir corriendo, di media vuelta y enfrenté al taxista. Qué loca. O más bien, qué loco mi cuerpo y mi adrenalina, yo fui una mirona de lo que a continuación mi cuerpo, ahora marioneta jaloneado por delgadas hilos de valentía propia pero ajena, hizo. El taxista se abalanzó contra mí,  y su velocidad me sirvió para jalonarlo de uno de sus brazos, vaciando toda la energía de mi cuerpo bajo sus costillas, golpeándole con mi rodilla la boca del estómago. Arrodillado frente a mí, tanto por el dolor como por la falta de aire, continué mi ataque sobre él con un par de patadones, ahora sí, en el costado izquierdo de sus costillas.  Pero su brazo, que terminaba en una ancha mano de grandes y gruesos dedos, se estiró sorpresivamente, agarrando mi tobillo, desequilibrándome y haciéndome caer de nuevo. Al acercarse con intención de molerme a puños, le di un codazo en su cara, reventándole la nariz, mientras mis pies nuevamente hicieron doble golpe, esta vez entre sus piernas directo a la ingle, golpe de tal ferocidad y rapidez que vi su cuerpo hacer media vuelta en el aire por encima mío, cayendo detrás de mí. Oí cómo su cadera y espalda chocaban con ruido sobre la calle,  acompañados de un grito ahogado: sus testículos habían sido heridos. Me paré, cogí la varilla, y me puse frente a él, quería machacarle la cara, en serio que sí, para que no intentara hacerme nada más, áun cuando él ya estaba inhabilitado en defenderse por el resto de la noche, recogido en sí, con sus manos entre las piernas, soportando un dolor imposible de quitarse sobándose. Yo creo que todo eso sucedió en menos de diez segundos. No sé. Mi adrenalina rebosaba eufórica e ignoró el sentido del tiempo. Yo, toda aventajada, aún seguía pensando en machacarle la cara, pero decidí mejor salir corriendo del lugar. Boté la varilla en un jardín rumbo a la séptima, y llegué a un supermercado que se hallaba en la sesenta y tres. De repente, oí varios pitos, casi en fila, que me hicieron frenar de entrar por las puertas principales del súper y volteé a ver qué sucedía: una fila de taxis en contravía volteaban por la séptima hacia abajo, y los seguí con la mirada, pero  tuve que alejarme más hasta cruzar al otro andén para ver a dónde se dirigían: hacia la calle de la que recién me alejé. ¿Qué rayos era eso, el taxista había pedido refuerzos antes de salir de su taxi?¿Me querían linchar? De la que me salvé. Crucé de nuevo. Ya adentro del súper, mi cuerpo y yo volvimos a ser uno, y los nervios salieron a flote a causa de tan desagradable momento. Caminé desorientada y temblorosa entre los pasillos del local, fingiendo ver los productos exhibidos. La gente me veía de reojo, pero nadie se me acercó y mi forzada actuación de leer precios y etiquetas  no parecía molestarles. Tal vez eran las pecas estrellas en mi cara por lo que me veían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más de una hora duré tomándome, sorbo a sorbo, el litro de jugo de uva que finalmente compré dentro del local. Sentaba en una de las sillas del área de comidas, intenté descifrar cómo era que me había transportado de nuevo a este Mundo Violeta Violenta. Y esa repentina habilidad marcial. De dónde me surgió. Además, no sé por qué quise tomar taxi rumbo al apartamento de Hernanda; al igual que el mío, en este Mundo ese apartamento no sería el hogar de Hernanda. Necedad mía. Había estando actuando demasiado impulsiva en esta nueva transportación.  Dejé que mis inquietudes me des-atormentaranpor un rato, y saqué de mi bolsillo el papel. Lo desdoblé, lo puse sobre la mesa, intenté inutilmente quitarle las arrugas planchándolo con mis manos, y me dispuse a releerlo. No podía dar muy bien con el significado del escrito fechado nueve años atrás que le “robé” a mi amado &lt;i&gt;profesor No&lt;/i&gt; en el sueño de hace un par de horas:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;“Viernes 6 de febrero de 2004.&lt;br /&gt;
Planetario Distrital, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Esto es mentira, esto es verdad, esto sucede aunque no lo vea, esto no sucede aunque lo vea. Todo el mundo odia a Innita. Es un odio escondido, y ella se esconde tras ese odio. Ella es una, es tan sólo una y se escapa, se escapa pues todo el civilizado mundo está en su contra. Todo el mundo odia a Innita, excepto yo, sí, excepto el planeta y yo. El planeta tiene todo para ella, yo sólo la tengo en palabras, yo sólo le tengo palabras. Innita, mi mujer, mi amor, destinataria de mis querellas epistolares. La han llenado de tabúes, de desconfianza, de vergüenza su presencia, de petróleo su cara, de cadáveres quieren llenar su plato, de cifras su busto, cintura y caderas; le quieren poner silicona sobre su corazón, y anorexia a sus deseos, ella se escapa y se pierde de cara en cara, de rostro en rostro, de rastro en rastro, de astro en astro, salta de estrella en estrella, se estrella, se levanta y vuelve a emprender la huída y sigue y sigue sin parar, ella no para, Innita no para. Sólo tengo recuerdos, recuerdos cuerdos, claros, prístinos, lejanos, de nuestras cenas de besos, algunos inconfesables, indescriptibles e indestructibles. Una vez, tal vez la mejor vez, y tal vez el tal vez sobra decir, y tal vez me falta decir, 'mi mejor vez, mi mujer, ves', en un parque de aquellos donde las hojas silban, fue la más bella hambre sentida, el más bonito apetito experimentado, con los más mágicos besos lo saciamos, los colores cambiaron, te aseguro que los colores cambiaron, pero todos odian a Innita y ella volvió a huir de mí. No puede ser, no puede ser, no pudo ser, rayos y centellas, no pudo ser, ¡mi estrella, por amor de dos!, mi Innita, ella, ella, ella huyó de nuevo sin mí, esa vez como tantas veces, huyó del mundo sin mí, veía sus propios ojos en mis ojos y huyó. Innita, innita: por ella aún no termino de morir, y por ella aún no empiezo a vivir. El mundo la persigue como persigue a todas las mujeres. Las cazan, las casan, las cesan. Y hasta las retan entre sí, las enredan entre sí, para un demente deleite masculino, y hay hasta mujeres con corazón masculino, y dirán que no hay nada de malo. Pero tampoco hay nada. Hermanos animales, hermanas vegetales, fratricidio hay contra la mujer, su hermana mayor. Plantas y animales nos conocen mejor que nosotros a ellos y a ellas. Que mi queja es grande y sobra, y mi exilio es poco y falta. Paisaje espacial, qué herida la bella curvatura materna, vientre siempre embarazado,  vida con más vida, planeta placenta. Qué árido mundo plano que aplasta a los demás sólo porque puede hacerlo. Aídas oídas y odiadas, odas sado, gula y gala, elegías y funerales diarios: las siliconas sobre el corazón, las caras desmaquilladas a punta de lágrimas, el cabello desteñido o reteñido, los lentes cosméticos en miradas tristes, los labios manchados de besos falsos, la liposucción, la bulimia, los chistes pesados en las oficinas, los chistes pasados en los colegios, los chismes pegados en las cocinas, las amenazas en la alcoba, el embarazo y parto sin pareja, el repartir, el volver a partir, y el partir de la pareja, los moretones por una borrachera ajena, el silencio de un cáncer de seno, o la forzada amnesia de una violación. ¡En qué hemos convertido la mitad de nuestro paisaje, la mitad de los que nos rodean, la cuna de todos nuestros nacimientos, la bella pista de nuestro aterrizar! ¿Y ves a la madre naturaleza? ¿has leído los índices en los artículos de ecología? El ozono deteriorado y pasado de moda, el agua potable con precio y marca, la radiación atómica desbalanceada, un nuevo tormento nos asesina, una nueva tormenta se avecina. Y cuando escampe, ¿todo volverá a ser como antes? ¿aquella tranquilidad individual de nadar dentro de un vientre materno, aquel paraíso efímero volverá a nacer aquí afuera, colectivo e interno?  Y si tan sólo fuera posible, ¿también eterno?”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No logré descifrar algo más de lo que ya había descrifrado. Sólo pensé: esta Bogotá es una porquería. Este Mundo se estaba desplomando. De seguir así, caería en algo similar al Escarlata. &lt;br /&gt;
Claro.&lt;br /&gt;
El Mundo Escarlata.&lt;br /&gt;
Mi destreza defensiva contra el taxista provenía de mí misma, la guerrera arquera que yo soy en ese Mundo. Yo misma era mi puente, estaba aprendiendo tal cual como lo sueñan muchos estudiantes: por ósmosis. Levanté la botella con el jugo, celebraba para mí ahora. Un nuevo y largo sorbo festajaba mi descubirmiento. “Conócete a tí misma”, ni más ni menos. &lt;br /&gt;
Oh, oh, pero falta algo. Falta alguien.&lt;br /&gt;
Tan efímero como un juego pirotécnico, mi efusivo y fiestero estallido con aroma a epifanía dentro del súper no me duró sino ese sorbo. He visto mi &lt;i&gt;doppelgänger&lt;/i&gt;, he conversado con ella e incluso ya estoy hasta recibiendo de ella sus destrezas pero ¿qué hay de mi triple, mi &lt;i&gt;dreifachgänger&lt;/i&gt; en este Mundo?  &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8451927182/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
*&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
model / modelo:  Rachel Dashae&lt;/p&gt;</media:description>
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			<title>Me reí maliciosamente imaginándome para mis adentros estar corriendo impunemente sobre la delgada línea que separa la justicia de la venganza.</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8451927182/</link>
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&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8451927182/&quot; title=&quot;Me reí maliciosamente imaginándome para mis adentros estar corriendo impunemente sobre la delgada línea que separa la justicia de la venganza.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8240/8451927182_63fbe562e4_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;195&quot; alt=&quot;Me reí maliciosamente imaginándome para mis adentros estar corriendo impunemente sobre la delgada línea que separa la justicia de la venganza.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Miércoles, 6 de febrero de 2013&lt;br /&gt;
Chapinero, Bogotá, Mundo Violeta Violenta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No solamente el taxista no me frenó, sino que aumentó la velocidad acercándose con iracunda destreza, sólo para vaciar el pequeño lago de agua y gasolina  en el bache de la calle sobre mí, contra mí, lavándome con su suciedad. Y yo, en mi paranoia lo tomé tal cual, como un saludo de nueva des-bienvenida nocturna a este Mundo. Estallé en ira, no me pude aguantar, llevaba muchos días aguantando muchas cosas, por algún lado tanta presión tenía que escaparse. Vi en ese mismo hueco de la misma calle a mi cómplice, una piedra reluciendo ante mí, bañada por las luces de los postes de luz,  descubierta de su escondite bajo el agua que ya no la cubría a ella sino a mí. La cogí y la lancé con toda mi rabia hacia el taxi, haciéndole estallar con estridente percusión de cristales su vidrio de copiloto, justo cuando el auto ya estaba a punto de voltear por la calle sesenta y cuatro, y salí a correr en sentido contrario, hacia la sesenta y tres, sin percartarme siquiera si también al taxista y no sólo al taxi  se le había roto algo con mi puntería. Los punkeritos que estaban en las bancas de la otra calle, en la pequeña plazoleta detrás de la Iglesia de Lourdes, me chiflaron mientras corría, y me asusté. Pero no, sus gritos emborrachados eran en señal de apoyo, vitoreándome mi logro contra el abusivo conductor. Estrenaba puntería, lo debía reconocer. Andar en BMX y Mountain Bike en toda mi adolescencia no tenía que ver nada con ésto, lo de esta noche era un improvisado regalo de mis reflejos, de mi supervivencia, o hasta de mi frustrado deseo infantil de ser superheroina. Y sí, mientras volteaba por la cuadra siguiente para subir hasta la séptima me reí maliciosamente imaginándome para mis adentros estar corriendo impunemente sobre la delgada línea que separa la justicia de la venganza. Pero es que esta Bogotá, la de este Mundo Violeta Violenta era fea, poco cívica y muy contaminada. Segundos después un atragantado grito de “china malparida” sonó a mis espaldas, a la vez que oía el correr de los pasos de su portador, eran de modo cojo, y eso me hizo pensar que una de sus piernas sí había sido besada violentamente por mi arcaico proyectil. Volteé a verlo. Con una varilla en mano, y a pesar de estar cojeando, mi agredido agresor estaba disminuyendo la diferencia que nos separaba. A mi izquierda, las personas que hacían cola para una función de un teatro que allí se localizaba me vieron y vieron al taxista.  Sólo ojos y nada más. Parecían ver correr un demonio, mirándome de manera atónita, callados, haciendo nada, no queriendo untarse de mi problema. Como la todo el piso estaba resbaloso por la lluvia de un par de horas atrás, caí al andén por ponerme a ver de nuevo a mi perseguidor. Las personas del pequeño teatro fueron casi que succionadas por la puerta, sin ni siquera haber abierto la boletería, en un acto protector del teatro para con sus clientes. Y el taxista, aprovechando la ausencia de público, me lanzó la varilla. Mis reflejos reaccionaron por mí, esquivándola, y yo misma me convertí en testigo ocular de lo que no creí que pudiera hacer, casi desdoblada, viendo la escena medio metro encima de mi propia cabeza. Todo sucedió muy rápido. Me paré de inmediato, sin importar el doble raspón en mis rodillas, y en vez de seguir corriendo, di media vuelta y enfrenté al taxista. Qué loca. O más bien, qué loco mi cuerpo y mi adrenalina, yo fui una mirona de lo que a continuación mi cuerpo, ahora marioneta jaloneado por delgadas hilos de valentía propia pero ajena, hizo. El taxista se abalanzó contra mí,  y su velocidad me sirvió para jalonarlo de uno de sus brazos, vaciando toda la energía de mi cuerpo bajo sus costillas, golpeándole con mi rodilla la boca del estómago. Arrodillado frente a mí, tanto por el dolor como por la falta de aire, continué mi ataque sobre él con un par de patadones, ahora sí, en el costado izquierdo de sus costillas.  Pero su brazo, que terminaba en una ancha mano de grandes y gruesos dedos, se estiró sorpresivamente, agarrando mi tobillo, desequilibrándome y haciéndome caer de nuevo. Al acercarse con intención de molerme a puños, le di un codazo en su cara, reventándole la nariz, mientras mis pies nuevamente hicieron doble golpe, esta vez entre sus piernas directo a la ingle, golpe de tal ferocidad y rapidez que vi su cuerpo hacer media vuelta en el aire por encima mío, cayendo detrás de mí. Oí cómo su cadera y espalda chocaban con ruido sobre la calle,  acompañados de un grito ahogado: sus testículos habían sido heridos. Me paré, cogí la varilla, y me puse frente a él, quería machacarle la cara, en serio que sí, para que no intentara hacerme nada más, áun cuando él ya estaba inhabilitado en defenderse por el resto de la noche, recogido en sí, con sus manos entre las piernas, soportando un dolor imposible de quitarse sobándose. Yo creo que todo eso sucedió en menos de diez segundos. No sé. Mi adrenalina rebosaba eufórica e ignoró el sentido del tiempo. Yo, toda aventajada, aún seguía pensando en machacarle la cara, pero decidí mejor salir corriendo del lugar. Boté la varilla en un jardín rumbo a la séptima, y llegué a un supermercado que se hallaba en la sesenta y tres. De repente, oí varios pitos, casi en fila, que me hicieron frenar de entrar por las puertas principales del súper y volteé a ver qué sucedía: una fila de taxis en contravía volteaban por la séptima hacia abajo, y los seguí con la mirada, pero  tuve que alejarme más hasta cruzar al otro andén para ver a dónde se dirigían: hacia la calle de la que recién me alejé. ¿Qué rayos era eso, el taxista había pedido refuerzos antes de salir de su taxi?¿Me querían linchar? De la que me salvé. Crucé de nuevo. Ya adentro del súper, mi cuerpo y yo volvimos a ser uno, y los nervios salieron a flote a causa de tan desagradable momento. Caminé desorientada y temblorosa entre los pasillos del local, fingiendo ver los productos exhibidos. La gente me veía de reojo, pero nadie se me acercó y mi forzada actuación de leer precios y etiquetas  no parecía molestarles. Tal vez eran las pecas estrellas en mi cara por lo que me veían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más de una hora duré tomándome, sorbo a sorbo, el litro de jugo de uva que finalmente compré dentro del local. Sentaba en una de las sillas del área de comidas, intenté descifrar cómo era que me había transportado de nuevo a este Mundo Violeta Violenta. Y esa repentina habilidad marcial. De dónde me surgió. Además, no sé por qué quise tomar taxi rumbo al apartamento de Hernanda; al igual que el mío, en este Mundo ese apartamento no sería el hogar de Hernanda. Necedad mía. Había estando actuando demasiado impulsiva en esta nueva transportación.  Dejé que mis inquietudes me des-atormentaranpor un rato, y saqué de mi bolsillo el papel. Lo desdoblé, lo puse sobre la mesa, intenté inutilmente quitarle las arrugas planchándolo con mis manos, y me dispuse a releerlo. No podía dar muy bien con el significado del escrito fechado nueve años atrás que le “robé” a mi amado &lt;i&gt;profesor No&lt;/i&gt; en el sueño de hace un par de horas:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;“Viernes 6 de febrero de 2004.&lt;br /&gt;
Planetario Distrital, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Esto es mentira, esto es verdad, esto sucede aunque no lo vea, esto no sucede aunque lo vea. Todo el mundo odia a Innita. Es un odio escondido, y ella se esconde tras ese odio. Ella es una, es tan sólo una y se escapa, se escapa pues todo el civilizado mundo está en su contra. Todo el mundo odia a Innita, excepto yo, sí, excepto el planeta y yo. El planeta tiene todo para ella, yo sólo la tengo en palabras, yo sólo le tengo palabras. Innita, mi mujer, mi amor, destinataria de mis querellas epistolares. La han llenado de tabúes, de desconfianza, de vergüenza su presencia, de petróleo su cara, de cadáveres quieren llenar su plato, de cifras su busto, cintura y caderas; le quieren poner silicona sobre su corazón, y anorexia a sus deseos, ella se escapa y se pierde de cara en cara, de rostro en rostro, de rastro en rastro, de astro en astro, salta de estrella en estrella, se estrella, se levanta y vuelve a emprender la huída y sigue y sigue sin parar, ella no para, Innita no para. Sólo tengo recuerdos, recuerdos cuerdos, claros, prístinos, lejanos, de nuestras cenas de besos, algunos inconfesables, indescriptibles e indestructibles. Una vez, tal vez la mejor vez, y tal vez el tal vez sobra decir, y tal vez me falta decir, 'mi mejor vez, mi mujer, ves', en un parque de aquellos donde las hojas silban, fue la más bella hambre sentida, el más bonito apetito experimentado, con los más mágicos besos lo saciamos, los colores cambiaron, te aseguro que los colores cambiaron, pero todos odian a Innita y ella volvió a huir de mí. No puede ser, no puede ser, no pudo ser, rayos y centellas, no pudo ser, ¡mi estrella, por amor de dos!, mi Innita, ella, ella, ella huyó de nuevo sin mí, esa vez como tantas veces, huyó del mundo sin mí, veía sus propios ojos en mis ojos y huyó. Innita, innita: por ella aún no termino de morir, y por ella aún no empiezo a vivir. El mundo la persigue como persigue a todas las mujeres. Las cazan, las casan, las cesan. Y hasta las retan entre sí, las enredan entre sí, para un demente deleite masculino, y hay hasta mujeres con corazón masculino, y dirán que no hay nada de malo. Pero tampoco hay nada. Hermanos animales, hermanas vegetales, fratricidio hay contra la mujer, su hermana mayor. Plantas y animales nos conocen mejor que nosotros a ellos y a ellas. Que mi queja es grande y sobra, y mi exilio es poco y falta. Paisaje espacial, qué herida la bella curvatura materna, vientre siempre embarazado,  vida con más vida, planeta placenta. Qué árido mundo plano que aplasta a los demás sólo porque puede hacerlo. Aídas oídas y odiadas, odas sado, gula y gala, elegías y funerales diarios: las siliconas sobre el corazón, las caras desmaquilladas a punta de lágrimas, el cabello desteñido o reteñido, los lentes cosméticos en miradas tristes, los labios manchados de besos falsos, la liposucción, la bulimia, los chistes pesados en las oficinas, los chistes pasados en los colegios, los chismes pegados en las cocinas, las amenazas en la alcoba, el embarazo y parto sin pareja, el repartir, el volver a partir, y el partir de la pareja, los moretones por una borrachera ajena, el silencio de un cáncer de seno, o la forzada amnesia de una violación. ¡En qué hemos convertido la mitad de nuestro paisaje, la mitad de los que nos rodean, la cuna de todos nuestros nacimientos, la bella pista de nuestro aterrizar! ¿Y ves a la madre naturaleza? ¿has leído los índices en los artículos de ecología? El ozono deteriorado y pasado de moda, el agua potable con precio y marca, la radiación atómica desbalanceada, un nuevo tormento nos asesina, una nueva tormenta se avecina. Y cuando escampe, ¿todo volverá a ser como antes? ¿aquella tranquilidad individual de nadar dentro de un vientre materno, aquel paraíso efímero volverá a nacer aquí afuera, colectivo e interno?  Y si tan sólo fuera posible, ¿también eterno?”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No logré descifrar algo más de lo que ya había descrifrado. Sólo pensé: esta Bogotá es una porquería. Este Mundo se estaba desplomando. De seguir así, caería en algo similar al Escarlata. &lt;br /&gt;
Claro.&lt;br /&gt;
El Mundo Escarlata.&lt;br /&gt;
Mi destreza defensiva contra el taxista provenía de mí misma, la guerrera arquera que yo soy en ese Mundo. Yo misma era mi puente, estaba aprendiendo tal cual como lo sueñan muchos estudiantes: por ósmosis. Levanté la botella con el jugo, celebraba para mí ahora. Un nuevo y largo sorbo festajaba mi descubirmiento. “Conócete a tí misma”, ni más ni menos. &lt;br /&gt;
Oh, oh, pero falta algo. Falta alguien.&lt;br /&gt;
Tan efímero como un juego pirotécnico, mi efusivo y fiestero estallido con aroma a epifanía dentro del súper no me duró sino ese sorbo. He visto mi &lt;i&gt;doppelgänger&lt;/i&gt;, he conversado con ella e incluso ya estoy hasta recibiendo de ella sus destrezas pero ¿qué hay de mi triple, mi &lt;i&gt;dreifachgänger&lt;/i&gt; en este Mundo?  &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8451927182/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Wed, 06 Feb 2013 13:48:46 -0800</pubDate>
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    <media:title>Me reí maliciosamente imaginándome para mis adentros estar corriendo impunemente sobre la delgada línea que separa la justicia de la venganza.</media:title>
    <media:description type="html">&lt;p&gt;Miércoles, 6 de febrero de 2013&lt;br /&gt;
Chapinero, Bogotá, Mundo Violeta Violenta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No solamente el taxista no me frenó, sino que aumentó la velocidad acercándose con iracunda destreza, sólo para vaciar el pequeño lago de agua y gasolina  en el bache de la calle sobre mí, contra mí, lavándome con su suciedad. Y yo, en mi paranoia lo tomé tal cual, como un saludo de nueva des-bienvenida nocturna a este Mundo. Estallé en ira, no me pude aguantar, llevaba muchos días aguantando muchas cosas, por algún lado tanta presión tenía que escaparse. Vi en ese mismo hueco de la misma calle a mi cómplice, una piedra reluciendo ante mí, bañada por las luces de los postes de luz,  descubierta de su escondite bajo el agua que ya no la cubría a ella sino a mí. La cogí y la lancé con toda mi rabia hacia el taxi, haciéndole estallar con estridente percusión de cristales su vidrio de copiloto, justo cuando el auto ya estaba a punto de voltear por la calle sesenta y cuatro, y salí a correr en sentido contrario, hacia la sesenta y tres, sin percartarme siquiera si también al taxista y no sólo al taxi  se le había roto algo con mi puntería. Los punkeritos que estaban en las bancas de la otra calle, en la pequeña plazoleta detrás de la Iglesia de Lourdes, me chiflaron mientras corría, y me asusté. Pero no, sus gritos emborrachados eran en señal de apoyo, vitoreándome mi logro contra el abusivo conductor. Estrenaba puntería, lo debía reconocer. Andar en BMX y Mountain Bike en toda mi adolescencia no tenía que ver nada con ésto, lo de esta noche era un improvisado regalo de mis reflejos, de mi supervivencia, o hasta de mi frustrado deseo infantil de ser superheroina. Y sí, mientras volteaba por la cuadra siguiente para subir hasta la séptima me reí maliciosamente imaginándome para mis adentros estar corriendo impunemente sobre la delgada línea que separa la justicia de la venganza. Pero es que esta Bogotá, la de este Mundo Violeta Violenta era fea, poco cívica y muy contaminada. Segundos después un atragantado grito de “china malparida” sonó a mis espaldas, a la vez que oía el correr de los pasos de su portador, eran de modo cojo, y eso me hizo pensar que una de sus piernas sí había sido besada violentamente por mi arcaico proyectil. Volteé a verlo. Con una varilla en mano, y a pesar de estar cojeando, mi agredido agresor estaba disminuyendo la diferencia que nos separaba. A mi izquierda, las personas que hacían cola para una función de un teatro que allí se localizaba me vieron y vieron al taxista.  Sólo ojos y nada más. Parecían ver correr un demonio, mirándome de manera atónita, callados, haciendo nada, no queriendo untarse de mi problema. Como la todo el piso estaba resbaloso por la lluvia de un par de horas atrás, caí al andén por ponerme a ver de nuevo a mi perseguidor. Las personas del pequeño teatro fueron casi que succionadas por la puerta, sin ni siquera haber abierto la boletería, en un acto protector del teatro para con sus clientes. Y el taxista, aprovechando la ausencia de público, me lanzó la varilla. Mis reflejos reaccionaron por mí, esquivándola, y yo misma me convertí en testigo ocular de lo que no creí que pudiera hacer, casi desdoblada, viendo la escena medio metro encima de mi propia cabeza. Todo sucedió muy rápido. Me paré de inmediato, sin importar el doble raspón en mis rodillas, y en vez de seguir corriendo, di media vuelta y enfrenté al taxista. Qué loca. O más bien, qué loco mi cuerpo y mi adrenalina, yo fui una mirona de lo que a continuación mi cuerpo, ahora marioneta jaloneado por delgadas hilos de valentía propia pero ajena, hizo. El taxista se abalanzó contra mí,  y su velocidad me sirvió para jalonarlo de uno de sus brazos, vaciando toda la energía de mi cuerpo bajo sus costillas, golpeándole con mi rodilla la boca del estómago. Arrodillado frente a mí, tanto por el dolor como por la falta de aire, continué mi ataque sobre él con un par de patadones, ahora sí, en el costado izquierdo de sus costillas.  Pero su brazo, que terminaba en una ancha mano de grandes y gruesos dedos, se estiró sorpresivamente, agarrando mi tobillo, desequilibrándome y haciéndome caer de nuevo. Al acercarse con intención de molerme a puños, le di un codazo en su cara, reventándole la nariz, mientras mis pies nuevamente hicieron doble golpe, esta vez entre sus piernas directo a la ingle, golpe de tal ferocidad y rapidez que vi su cuerpo hacer media vuelta en el aire por encima mío, cayendo detrás de mí. Oí cómo su cadera y espalda chocaban con ruido sobre la calle,  acompañados de un grito ahogado: sus testículos habían sido heridos. Me paré, cogí la varilla, y me puse frente a él, quería machacarle la cara, en serio que sí, para que no intentara hacerme nada más, áun cuando él ya estaba inhabilitado en defenderse por el resto de la noche, recogido en sí, con sus manos entre las piernas, soportando un dolor imposible de quitarse sobándose. Yo creo que todo eso sucedió en menos de diez segundos. No sé. Mi adrenalina rebosaba eufórica e ignoró el sentido del tiempo. Yo, toda aventajada, aún seguía pensando en machacarle la cara, pero decidí mejor salir corriendo del lugar. Boté la varilla en un jardín rumbo a la séptima, y llegué a un supermercado que se hallaba en la sesenta y tres. De repente, oí varios pitos, casi en fila, que me hicieron frenar de entrar por las puertas principales del súper y volteé a ver qué sucedía: una fila de taxis en contravía volteaban por la séptima hacia abajo, y los seguí con la mirada, pero  tuve que alejarme más hasta cruzar al otro andén para ver a dónde se dirigían: hacia la calle de la que recién me alejé. ¿Qué rayos era eso, el taxista había pedido refuerzos antes de salir de su taxi?¿Me querían linchar? De la que me salvé. Crucé de nuevo. Ya adentro del súper, mi cuerpo y yo volvimos a ser uno, y los nervios salieron a flote a causa de tan desagradable momento. Caminé desorientada y temblorosa entre los pasillos del local, fingiendo ver los productos exhibidos. La gente me veía de reojo, pero nadie se me acercó y mi forzada actuación de leer precios y etiquetas  no parecía molestarles. Tal vez eran las pecas estrellas en mi cara por lo que me veían. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Más de una hora duré tomándome, sorbo a sorbo, el litro de jugo de uva que finalmente compré dentro del local. Sentaba en una de las sillas del área de comidas, intenté descifrar cómo era que me había transportado de nuevo a este Mundo Violeta Violenta. Y esa repentina habilidad marcial. De dónde me surgió. Además, no sé por qué quise tomar taxi rumbo al apartamento de Hernanda; al igual que el mío, en este Mundo ese apartamento no sería el hogar de Hernanda. Necedad mía. Había estando actuando demasiado impulsiva en esta nueva transportación.  Dejé que mis inquietudes me des-atormentaranpor un rato, y saqué de mi bolsillo el papel. Lo desdoblé, lo puse sobre la mesa, intenté inutilmente quitarle las arrugas planchándolo con mis manos, y me dispuse a releerlo. No podía dar muy bien con el significado del escrito fechado nueve años atrás que le “robé” a mi amado &lt;i&gt;profesor No&lt;/i&gt; en el sueño de hace un par de horas:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;“Viernes 6 de febrero de 2004.&lt;br /&gt;
Planetario Distrital, Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
“Esto es mentira, esto es verdad, esto sucede aunque no lo vea, esto no sucede aunque lo vea. Todo el mundo odia a Innita. Es un odio escondido, y ella se esconde tras ese odio. Ella es una, es tan sólo una y se escapa, se escapa pues todo el civilizado mundo está en su contra. Todo el mundo odia a Innita, excepto yo, sí, excepto el planeta y yo. El planeta tiene todo para ella, yo sólo la tengo en palabras, yo sólo le tengo palabras. Innita, mi mujer, mi amor, destinataria de mis querellas epistolares. La han llenado de tabúes, de desconfianza, de vergüenza su presencia, de petróleo su cara, de cadáveres quieren llenar su plato, de cifras su busto, cintura y caderas; le quieren poner silicona sobre su corazón, y anorexia a sus deseos, ella se escapa y se pierde de cara en cara, de rostro en rostro, de rastro en rastro, de astro en astro, salta de estrella en estrella, se estrella, se levanta y vuelve a emprender la huída y sigue y sigue sin parar, ella no para, Innita no para. Sólo tengo recuerdos, recuerdos cuerdos, claros, prístinos, lejanos, de nuestras cenas de besos, algunos inconfesables, indescriptibles e indestructibles. Una vez, tal vez la mejor vez, y tal vez el tal vez sobra decir, y tal vez me falta decir, 'mi mejor vez, mi mujer, ves', en un parque de aquellos donde las hojas silban, fue la más bella hambre sentida, el más bonito apetito experimentado, con los más mágicos besos lo saciamos, los colores cambiaron, te aseguro que los colores cambiaron, pero todos odian a Innita y ella volvió a huir de mí. No puede ser, no puede ser, no pudo ser, rayos y centellas, no pudo ser, ¡mi estrella, por amor de dos!, mi Innita, ella, ella, ella huyó de nuevo sin mí, esa vez como tantas veces, huyó del mundo sin mí, veía sus propios ojos en mis ojos y huyó. Innita, innita: por ella aún no termino de morir, y por ella aún no empiezo a vivir. El mundo la persigue como persigue a todas las mujeres. Las cazan, las casan, las cesan. Y hasta las retan entre sí, las enredan entre sí, para un demente deleite masculino, y hay hasta mujeres con corazón masculino, y dirán que no hay nada de malo. Pero tampoco hay nada. Hermanos animales, hermanas vegetales, fratricidio hay contra la mujer, su hermana mayor. Plantas y animales nos conocen mejor que nosotros a ellos y a ellas. Que mi queja es grande y sobra, y mi exilio es poco y falta. Paisaje espacial, qué herida la bella curvatura materna, vientre siempre embarazado,  vida con más vida, planeta placenta. Qué árido mundo plano que aplasta a los demás sólo porque puede hacerlo. Aídas oídas y odiadas, odas sado, gula y gala, elegías y funerales diarios: las siliconas sobre el corazón, las caras desmaquilladas a punta de lágrimas, el cabello desteñido o reteñido, los lentes cosméticos en miradas tristes, los labios manchados de besos falsos, la liposucción, la bulimia, los chistes pesados en las oficinas, los chistes pasados en los colegios, los chismes pegados en las cocinas, las amenazas en la alcoba, el embarazo y parto sin pareja, el repartir, el volver a partir, y el partir de la pareja, los moretones por una borrachera ajena, el silencio de un cáncer de seno, o la forzada amnesia de una violación. ¡En qué hemos convertido la mitad de nuestro paisaje, la mitad de los que nos rodean, la cuna de todos nuestros nacimientos, la bella pista de nuestro aterrizar! ¿Y ves a la madre naturaleza? ¿has leído los índices en los artículos de ecología? El ozono deteriorado y pasado de moda, el agua potable con precio y marca, la radiación atómica desbalanceada, un nuevo tormento nos asesina, una nueva tormenta se avecina. Y cuando escampe, ¿todo volverá a ser como antes? ¿aquella tranquilidad individual de nadar dentro de un vientre materno, aquel paraíso efímero volverá a nacer aquí afuera, colectivo e interno?  Y si tan sólo fuera posible, ¿también eterno?”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No logré descifrar algo más de lo que ya había descrifrado. Sólo pensé: esta Bogotá es una porquería. Este Mundo se estaba desplomando. De seguir así, caería en algo similar al Escarlata. &lt;br /&gt;
Claro.&lt;br /&gt;
El Mundo Escarlata.&lt;br /&gt;
Mi destreza defensiva contra el taxista provenía de mí misma, la guerrera arquera que yo soy en ese Mundo. Yo misma era mi puente, estaba aprendiendo tal cual como lo sueñan muchos estudiantes: por ósmosis. Levanté la botella con el jugo, celebraba para mí ahora. Un nuevo y largo sorbo festajaba mi descubirmiento. “Conócete a tí misma”, ni más ni menos. &lt;br /&gt;
Oh, oh, pero falta algo. Falta alguien.&lt;br /&gt;
Tan efímero como un juego pirotécnico, mi efusivo y fiestero estallido con aroma a epifanía dentro del súper no me duró sino ese sorbo. He visto mi &lt;i&gt;doppelgänger&lt;/i&gt;, he conversado con ella e incluso ya estoy hasta recibiendo de ella sus destrezas pero ¿qué hay de mi triple, mi &lt;i&gt;dreifachgänger&lt;/i&gt; en este Mundo?  &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8451927182/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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    <media:credit role="photographer">no para innita</media:credit>
    <media:category scheme="urn:flickr:tags">coyote musician woman sun art love girl face female illustration lesbian stars star vegan mujer artist chica arte native drawing song spirals amor feminine no space indian diary alien cara dream romance lips mp3 singer estrellas scifi feminism labios freckles estrella rostro diario artista cantante indígena lesbiana feminismo pecas femenine canción espirales cnemidophorus innita ginotropia noparainnita rawwar innitaparano menorrealista menorrealismo pluviali exsanguis</media:category>
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			<title>soundtrack</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8438550951/</link>
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&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8438550951/&quot; title=&quot;soundtrack&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8517/8438550951_5bea40e95d_m.jpg&quot; width=&quot;185&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;soundtrack&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt; &lt;a href=&quot;http://www.youtube.com/watch?v=JETOkiVy2hk&quot; rel=&quot;nofollow&quot;&gt;you are the most beautiful thing I´ve ever seen&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
* &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
model / modelo:  Rachel Dashae&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Sat, 02 Feb 2013 14:54:41 -0800</pubDate>
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&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
* &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
model / modelo:  Rachel Dashae&lt;/p&gt;</media:description>
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		<item>
			<title>Ella estaba ya muy envodkada cuando empezó a reclamarme, encerradas entre las paredes de uno de los baños.</title>
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			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8422587684/&quot; title=&quot;Ella estaba ya muy envodkada cuando empezó a reclamarme, encerradas entre las paredes de uno de los baños.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8518/8422587684_49fcfc0d93_m.jpg&quot; width=&quot;220&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;Ella estaba ya muy envodkada cuando empezó a reclamarme, encerradas entre las paredes de uno de los baños.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Domingo, 27 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta esa tarde, yo no creía ser de las chicas que gritan cuando hacen el amor. Al dejar desbocarme extasiada y empapada, no me importó si por mis alaridos de placer las paredes parecieran derretirse y mi excitado desahogo llegara a todos los vecinos de mi apartamento, y menos áun me importó si mi notable afinación con tonalidad de orgasmo sacudía también a todos los residentes de La Soledad y a todos sus alrededores, a mil y más que mil kilómetros a la redonda. Tampoco creía en el sexo de reconciliación, y de cierta manera no lo fue, porque no me reconciliaba con Nandita, sino lo que reconciliba era a Nandita con mis otros amoríos, los internos, que permanecían en mi mente y corazón mientras mi cuerpo permanecía impregnada del  sexo con ella. Ni siquiera me sentía infiel con Nandita. Y no era excusándome porque jamás habíamos establecido de manera oficial nuestra relación. Quizás era lo contrario: de sentirme infiel, lo estaría siendo pero respecto a mi otro amor, el primero, el ausente.&lt;br /&gt;
Anoche Nandita y yo tuvimos nuestra primera pelea. Ella estaba ya muy envodkada cuando empezó a reclamarme, encerradas entre las paredes de uno de los baños del Concorde, de mi comportamiento de los últimos días, pero yo no quería oirle reclamos ni explicarle nada porque no había nada que explicar porque sencillamente ella no me creería; yo sólo quería seguir bailando y bailando, poderme untar de algo del espíritu de vacaciones de fin y principio de año que no experimenté estando encamada por tantas semanas. En el baño, varias veces intenté escurrirme por algún espacio del retén llamado Nandita, para salir de nuevo a la pista saturada de potentes canciones y buena energía cuyos beats me habían tenido tan elevada y magnetizada desde que llegamos al bar, pero ahora, amurallada por la ráfaga de alcohol que Nandita disparaba a menos de dos centímetros sobre mi nariz, se oían tan débiles tan lejanos, y por eso mismo como tan inalcanzables y desperdiciados, que me producían una envidia de los que sí estaban bailando similar a ser bombardeada por la algarabía de una muy prendida fiesta de vecinos del piso superior a la que no fuiste invitada. Nandita me jaloneó de la manga de mi blusa durante las múltiples veces  que intenté liberarme de su jaula y salir del baño, pero como si nada,  entre cada nuevo jaloneo entre nosostroas, ella empinaba la botella  tratando de exprimirle unas últimas gotas empecinadas en no precipitarse, como si las gotas ni yo quisiéramos, en esa sitaución, ser parte de ella.&lt;br /&gt;
-Estoy muy emputada contigo, mucho …- Nandita, o lo que quedaba consciente en ella, había empezado a repetir esas palabras, durante más de dos canciones en versión extended mix, intentando concluir una frase que no podía articular por el embotamiento que el licor estaba pronunciando más y más en sus sentidos. Su confesión era innecesaria, tardía y más que todo, un obstáculo para volver a relajarnos. Lo cierto era que la tensión había ido aumentando progresivamente desde días atrás y el desenlace, escogido por Nandita o más bien, por el alcohol en ella, se estaba dando justo cuando Concorde volaba en su momento más fiestero. Y a decir verdad, su inoportuna cantaleta me estaba empezando a emputar también.&lt;br /&gt;
-Déjalo así Hernanda, quiero seguir bailando, mañana lo hablamos- le dije, muy seria, muy cortante y con bastante frialdad en cada una de mis sílabas.&lt;br /&gt;
La falta del diminutivo encendió, a manera de descarga eléctrica, cierta cordura en sus tambaleantes piernas, cordura que imploraba le llegara a la cabeza.&lt;br /&gt;
-¿Qué dejé qué? ¿Todo esto? ¿Después de casi dos meses de cuidarte en le hospital? ¿Qué me viste, Ina, cara de una idiota enfermera?&lt;br /&gt;
-¿Ina, Ina?- le dije, casi que pisando con mis palabras sus retórica. Hernanda estaba entendiendo todo mal, ahora sí que sí que mi fuego felino estaba encendiéndose por el combustible presente en su tufo, sintiendo yo un quemor que me subió por toda la columna- ¿Estás intentando des-diminutizar mi nombre? ¿Qué clase de insulto infantil es ese? -proseguí, con una gran sonrisa burlona, temblando de mi propia furia, mirándola de arriba a abajo con mucho desprecio. Y mi mirada la sacó de casillas con unas palabras que más le valía jamás haber pronunciado.&lt;br /&gt;
-Te crees toda especial con tus raras pecas y tu raro nombre de pobre imitación rusa, y hasta te creerás toda diva cuando la verdad es que no eres sino una frustrada cantante que no ha podido lanzar ni una sola canción.&lt;br /&gt;
En menos de una millonésima de segundo, me ví a mí misma lanzándole una cachetada. Hernanda cayó noqueada directa al piso. Afortunadamente no había nadie más allí en el baño que juzgara o se entrometiera. En mitad de tan majestuosas canciones, lo menos que la gente  en el  bar quería era entrar al baño. Mi rabia había llegado a su tope, y no porque sus palabras hubieran revelado algo de mí, eran sólo calumnias insulsas y sin fundamento de una borracha; no, no fue por eso, me sentí ofendida fue por su intención de ofenderme. No era la primera vez que alguien que yo había dejado acercar se burlara de mis pecas, de mi nombre o de mi música,  partes invulnerables y fortalecidas por el amor propio que me tengo, así que su blanda argumentación,  como la de esas otras personas,  no obedecía a la realidad. Sabía por qué lo había dicho. Hernanda estaba respirando por la herida que le producía mi enfriada y distante actitud para con ella durante la última semana. Eso, mezclado con verme muy feliz en la pista y desprendida de ella, jutno con su embriaguez, era lógico que que haya terminado acercentando su empute hasta decir semejantes barbaridades. Pero por más fría que en mi confusión yo estaba comportándome con Hernanda recientemente, yo jamás había sido grosera con ella en estos tres meses como ella lo estaba siendo conmigo ahora. Algo de aquella telepatía tuvo que haber sucedido de nuevo porque reaccionó como si el silencio de mis pensamientos tuvieran sonido fuera de mí, y ella hubiera podido oirlos.&lt;br /&gt;
-Perdóname Innita, perdóname...- empezó a repetir, allí tumbada, haciendo que mi agitado respirar de fiera en posición de defensa empezara a disiparse lentamente. Me agaché, un par de resoplidos después, también pidiéndole perdón por mi salvaje reacción, y la levanté con lentitud, justo a tiempo, pues finalmente una chica entró al recinto. Al vernos así, trató de auxiliarme y ayudar a levantarla, pero le dije con una sonrisa muy cívica que no gracias que no era necesario. Salimos del baño, la cargué de lado, pasando su brazo izquierdo por mi nuca,  caminando por los costados de la  muy muy repleta pista y llegamos con tropezones hasta la mesa esquinera donde estaban el resto de nuestras cosas. Dejé que se recostara en las acolchadas sillas, cerró sus ojos vencida por el vodka y la cubrí con nuestras chaquetas. Yo esperaba que permaneciera dormida allí por largo rato, todavía había mucha adrenalina en mí para quemar bailando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Serían más de las tres de la tarde cuando Hernanda despertó. Dormimos en mi cama, pero separadas. Yo, que alcancé a ver al sol en su cénit de mediodía desde la ventana de mi sala, duré ensimismada un rato allí, contemplándolo, suspirando con aquella recurrente sensación de verlo como mi hogar. Ya después de prepararme un desganado desayuno, me quedé en el sofá todas esas horas, con Gatástrofe sobre mis acobijadas piernas y mi laptop en la mesita de centro, viendo sin ver una larga peli en blanco y negro por internet, creo que era la de Schindler. Durante todo esa gama de grises cinematográficos como fondo, rumié dentro de mi cabeza, entre muchas cosas, aquella cachetada en aquel otro Mundo, un par de domingos atrás, que le propiné a la versión masculina de mi bióloga. Pero estaba claro que esa persona  no me había hecho nada, a diferencia de Hernanda. ¿O tal vez él sí me había hecho algo, en otro espacio, en otro tiempo? Cuando finalmente aparecieron los créditos finales, Hernanda se sentó a mi lado izquierdo, casi en el borde del sofá, cabizbaja, culposa. Había esperado hasta que concluyera para no interrumpir mi peli ni incomodarme por ello, sin embargo, ambas estábamos incómodas aún cuando ya nos habíamos perdonado. Como que nos daba pena de lo sucedido por parte y parte y no sabíamos cómo retomar nuestro camino. Nos saludamos con subir de cejas, sin besito ni en los labios ni mejillero, visiblemente intimidadas y sin idea alguna de qué hacer. Ella se levantó hacia la cocina a picar su parte del desayuno que yo había preparado para las dos. Así que le avisé que colocaría otra peli, por si quería verla, y ella regresó con la boca llena, moviendo con  gesto de dedos abiertos las manos al aire, indicando con ello un “dale, estás en tu casa” que ya le conocía. De la lista de la página leí “Betty Blue, 37°2 le matin”,  y tanto el afiche como el título me llamaron la atención, lo que hizo que la cargara sin pensarlo dos veces, para apagar el abrumante silencio que había inundado mi apartamento e incluso toda la ciudad al tener a Hernanda de nuevo sentada a mi lado. Luego que la melodía de un acordeón francés ambientara los créditos iniciales que acompañaban la misma silueta azul del afiche, la escena inicial nos sonrojó y nos excitó. Una pareja teniendo sexo bajo la mirada de una pequeña Monalisa colgada en la pared, sin más música que los excitados y excitantes gemidos de la chica como instrumento principal. La escena no había terminado cuando ya la mano de Hernanda merodeaba mis senos y vientre, y fue mi mano la que la empujó bajo la cobija, haciendo que mi gatita saltara con un corto maullido de protesta dirigiéndose hasta la cocina. Los dedos de Hernanda encontraron humedad en mi vagina. Yo había estado contrayendo mis muslos viendo la parejita. La escena, de poco menos de dos minutos pero que había parecido de más de diez, había terminado y con ello nuestra atención a la peli. Abrí y abrí más las piernas y sin soltarle aún su mano, la empujaba con mi mano derecha haciendo que sus dedos jugaran con mi pubis, mientras con mi mano izquierda empezaba a acariciar sus pezones que de inmediato se endurecieron por la  erección. Desplacé mi encurvado abdomen y pecho junto a ella y le mordí la boca con premura pero sin violencia. Nos vimos con pupilas levemente enloquecidas, mostrándose en su más primitivo y sincero estado animal. Sin hablar, o más bien, a raíz de lo que nuestros ojos se habían dicho, nos fuimos a la habitación. Sentí a mis espaldas que mi gatita salía de la cocina de nuevo al sofá, enroscándose sobre el calor de la cobija que allí había dejado, pero aún así, preferí cerrar la puerta. Mientras nos recostábamos en la cama, empezamos a besarnos desmesuradamente, parecíamos recién salidas de una cuarentena. Yo me hallaba sobre ella, y nos separamos, para quitarme el pantie y brassier, mientras que a Nandita, aún con su jean, su camiseta y hasta sus medias, le tomó más tiempo. Me sonreí con leve resoplido  por la nariz mientras se desnudaba, haciéndole saber que me había dado cuenta que su culpa la había hecho dormir tan vestida; tal vez si nos hubiéramos quedado en su apartamento habría sido lo contrario. Unos cuantos minutos atrás todo parecía estar distanciándose entre nosotras, y henos aquí, a punto de ser más cercanas y compinches de lo que antes lo habíamos estado. Con mi ropa tirada por doquier y la de ella arrumada en la esquina de su lado de la cama, nos acercamos de nuevo, sin obstáculos textiles y con nuestra lascivia ya borrando los últimos residuos del impase de la noche en el bar. De nuevo yo sobre ella, entrecruzamos nuestras piernas para que sus  plegados y húmedos vértices se frotaran, balanceando nuestras caderas con tanta desmesura y excitación que el colchón y la cama parecía mecerse como si fuera de agua. Veíamos nuestros pubis, una variación de voyeristas no escondidas,  y esto acrecentaba el éxtasis en cada una de las puntas de nuestros nervios genitales. Nos excitaba como nunca ver nuestros clítroris restregándose, acrecentando con ello tanto la laguna de nuestros paisajes vaginales como el volumen de nuestros gemidos, que  salían con el mismo ímpetu de querer empujar afuera de nosotras toda la pesadez y frialdad acontecida durante la semana, gemidos deliciosamente desincronizados con las caricias que nuestros manos hacían con lujuria en las demás partes de nuestros cuerpos, desenredando esporádicamente nuestros cabellos al igual que de nuestras cabezas se desenredaban y alejaban las injurias que mutuamente nos habíamos hecho. Dentro de mí llegaban efímeras escenas de sexo vivido en esos otros Mundos, además de las del incidente del librito en el hospital, pero las sabía ubicar, sin esconderlas, en esos otros espacios de mi cabeza y así, sin buscarlo, sin ser una estrategia, me sentí libre. Y en esa sensación de libertad la curva de excitación orgásmica coordinó con la de Nandita, pero, aunque ella era la gritona, fui yo quien primero, y por primera vez, empecé a gritar, y no sólo gritar como tal, sino aún más fuerte que ella, estrenando ese tipo de desatadura, como nunca antes lo había hecho durante mi vida íntima. El sentir esa libertad, esa excitación de estar con Nandita sin reprocharme por lo que el fugaz roce del amor de toda mi vida había dejado en mí, me generó una dicha imposible de poner en palabras. Si ésto era una sanación, entonces es de esas que la cura se vive mil veces mejor que la enfermedad. Estaba aceptando que yo no estaba metida en un triángulo sino en un pentágono amoroso. &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8420816595/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Sun, 27 Jan 2013 18:30:50 -0800</pubDate>
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    <media:title>Ella estaba ya muy envodkada cuando empezó a reclamarme, encerradas entre las paredes de uno de los baños.</media:title>
    <media:description type="html">&lt;p&gt;Domingo, 27 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta esa tarde, yo no creía ser de las chicas que gritan cuando hacen el amor. Al dejar desbocarme extasiada y empapada, no me importó si por mis alaridos de placer las paredes parecieran derretirse y mi excitado desahogo llegara a todos los vecinos de mi apartamento, y menos áun me importó si mi notable afinación con tonalidad de orgasmo sacudía también a todos los residentes de La Soledad y a todos sus alrededores, a mil y más que mil kilómetros a la redonda. Tampoco creía en el sexo de reconciliación, y de cierta manera no lo fue, porque no me reconciliaba con Nandita, sino lo que reconciliba era a Nandita con mis otros amoríos, los internos, que permanecían en mi mente y corazón mientras mi cuerpo permanecía impregnada del  sexo con ella. Ni siquiera me sentía infiel con Nandita. Y no era excusándome porque jamás habíamos establecido de manera oficial nuestra relación. Quizás era lo contrario: de sentirme infiel, lo estaría siendo pero respecto a mi otro amor, el primero, el ausente.&lt;br /&gt;
Anoche Nandita y yo tuvimos nuestra primera pelea. Ella estaba ya muy envodkada cuando empezó a reclamarme, encerradas entre las paredes de uno de los baños del Concorde, de mi comportamiento de los últimos días, pero yo no quería oirle reclamos ni explicarle nada porque no había nada que explicar porque sencillamente ella no me creería; yo sólo quería seguir bailando y bailando, poderme untar de algo del espíritu de vacaciones de fin y principio de año que no experimenté estando encamada por tantas semanas. En el baño, varias veces intenté escurrirme por algún espacio del retén llamado Nandita, para salir de nuevo a la pista saturada de potentes canciones y buena energía cuyos beats me habían tenido tan elevada y magnetizada desde que llegamos al bar, pero ahora, amurallada por la ráfaga de alcohol que Nandita disparaba a menos de dos centímetros sobre mi nariz, se oían tan débiles tan lejanos, y por eso mismo como tan inalcanzables y desperdiciados, que me producían una envidia de los que sí estaban bailando similar a ser bombardeada por la algarabía de una muy prendida fiesta de vecinos del piso superior a la que no fuiste invitada. Nandita me jaloneó de la manga de mi blusa durante las múltiples veces  que intenté liberarme de su jaula y salir del baño, pero como si nada,  entre cada nuevo jaloneo entre nosostroas, ella empinaba la botella  tratando de exprimirle unas últimas gotas empecinadas en no precipitarse, como si las gotas ni yo quisiéramos, en esa sitaución, ser parte de ella.&lt;br /&gt;
-Estoy muy emputada contigo, mucho …- Nandita, o lo que quedaba consciente en ella, había empezado a repetir esas palabras, durante más de dos canciones en versión extended mix, intentando concluir una frase que no podía articular por el embotamiento que el licor estaba pronunciando más y más en sus sentidos. Su confesión era innecesaria, tardía y más que todo, un obstáculo para volver a relajarnos. Lo cierto era que la tensión había ido aumentando progresivamente desde días atrás y el desenlace, escogido por Nandita o más bien, por el alcohol en ella, se estaba dando justo cuando Concorde volaba en su momento más fiestero. Y a decir verdad, su inoportuna cantaleta me estaba empezando a emputar también.&lt;br /&gt;
-Déjalo así Hernanda, quiero seguir bailando, mañana lo hablamos- le dije, muy seria, muy cortante y con bastante frialdad en cada una de mis sílabas.&lt;br /&gt;
La falta del diminutivo encendió, a manera de descarga eléctrica, cierta cordura en sus tambaleantes piernas, cordura que imploraba le llegara a la cabeza.&lt;br /&gt;
-¿Qué dejé qué? ¿Todo esto? ¿Después de casi dos meses de cuidarte en le hospital? ¿Qué me viste, Ina, cara de una idiota enfermera?&lt;br /&gt;
-¿Ina, Ina?- le dije, casi que pisando con mis palabras sus retórica. Hernanda estaba entendiendo todo mal, ahora sí que sí que mi fuego felino estaba encendiéndose por el combustible presente en su tufo, sintiendo yo un quemor que me subió por toda la columna- ¿Estás intentando des-diminutizar mi nombre? ¿Qué clase de insulto infantil es ese? -proseguí, con una gran sonrisa burlona, temblando de mi propia furia, mirándola de arriba a abajo con mucho desprecio. Y mi mirada la sacó de casillas con unas palabras que más le valía jamás haber pronunciado.&lt;br /&gt;
-Te crees toda especial con tus raras pecas y tu raro nombre de pobre imitación rusa, y hasta te creerás toda diva cuando la verdad es que no eres sino una frustrada cantante que no ha podido lanzar ni una sola canción.&lt;br /&gt;
En menos de una millonésima de segundo, me ví a mí misma lanzándole una cachetada. Hernanda cayó noqueada directa al piso. Afortunadamente no había nadie más allí en el baño que juzgara o se entrometiera. En mitad de tan majestuosas canciones, lo menos que la gente  en el  bar quería era entrar al baño. Mi rabia había llegado a su tope, y no porque sus palabras hubieran revelado algo de mí, eran sólo calumnias insulsas y sin fundamento de una borracha; no, no fue por eso, me sentí ofendida fue por su intención de ofenderme. No era la primera vez que alguien que yo había dejado acercar se burlara de mis pecas, de mi nombre o de mi música,  partes invulnerables y fortalecidas por el amor propio que me tengo, así que su blanda argumentación,  como la de esas otras personas,  no obedecía a la realidad. Sabía por qué lo había dicho. Hernanda estaba respirando por la herida que le producía mi enfriada y distante actitud para con ella durante la última semana. Eso, mezclado con verme muy feliz en la pista y desprendida de ella, jutno con su embriaguez, era lógico que que haya terminado acercentando su empute hasta decir semejantes barbaridades. Pero por más fría que en mi confusión yo estaba comportándome con Hernanda recientemente, yo jamás había sido grosera con ella en estos tres meses como ella lo estaba siendo conmigo ahora. Algo de aquella telepatía tuvo que haber sucedido de nuevo porque reaccionó como si el silencio de mis pensamientos tuvieran sonido fuera de mí, y ella hubiera podido oirlos.&lt;br /&gt;
-Perdóname Innita, perdóname...- empezó a repetir, allí tumbada, haciendo que mi agitado respirar de fiera en posición de defensa empezara a disiparse lentamente. Me agaché, un par de resoplidos después, también pidiéndole perdón por mi salvaje reacción, y la levanté con lentitud, justo a tiempo, pues finalmente una chica entró al recinto. Al vernos así, trató de auxiliarme y ayudar a levantarla, pero le dije con una sonrisa muy cívica que no gracias que no era necesario. Salimos del baño, la cargué de lado, pasando su brazo izquierdo por mi nuca,  caminando por los costados de la  muy muy repleta pista y llegamos con tropezones hasta la mesa esquinera donde estaban el resto de nuestras cosas. Dejé que se recostara en las acolchadas sillas, cerró sus ojos vencida por el vodka y la cubrí con nuestras chaquetas. Yo esperaba que permaneciera dormida allí por largo rato, todavía había mucha adrenalina en mí para quemar bailando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Serían más de las tres de la tarde cuando Hernanda despertó. Dormimos en mi cama, pero separadas. Yo, que alcancé a ver al sol en su cénit de mediodía desde la ventana de mi sala, duré ensimismada un rato allí, contemplándolo, suspirando con aquella recurrente sensación de verlo como mi hogar. Ya después de prepararme un desganado desayuno, me quedé en el sofá todas esas horas, con Gatástrofe sobre mis acobijadas piernas y mi laptop en la mesita de centro, viendo sin ver una larga peli en blanco y negro por internet, creo que era la de Schindler. Durante todo esa gama de grises cinematográficos como fondo, rumié dentro de mi cabeza, entre muchas cosas, aquella cachetada en aquel otro Mundo, un par de domingos atrás, que le propiné a la versión masculina de mi bióloga. Pero estaba claro que esa persona  no me había hecho nada, a diferencia de Hernanda. ¿O tal vez él sí me había hecho algo, en otro espacio, en otro tiempo? Cuando finalmente aparecieron los créditos finales, Hernanda se sentó a mi lado izquierdo, casi en el borde del sofá, cabizbaja, culposa. Había esperado hasta que concluyera para no interrumpir mi peli ni incomodarme por ello, sin embargo, ambas estábamos incómodas aún cuando ya nos habíamos perdonado. Como que nos daba pena de lo sucedido por parte y parte y no sabíamos cómo retomar nuestro camino. Nos saludamos con subir de cejas, sin besito ni en los labios ni mejillero, visiblemente intimidadas y sin idea alguna de qué hacer. Ella se levantó hacia la cocina a picar su parte del desayuno que yo había preparado para las dos. Así que le avisé que colocaría otra peli, por si quería verla, y ella regresó con la boca llena, moviendo con  gesto de dedos abiertos las manos al aire, indicando con ello un “dale, estás en tu casa” que ya le conocía. De la lista de la página leí “Betty Blue, 37°2 le matin”,  y tanto el afiche como el título me llamaron la atención, lo que hizo que la cargara sin pensarlo dos veces, para apagar el abrumante silencio que había inundado mi apartamento e incluso toda la ciudad al tener a Hernanda de nuevo sentada a mi lado. Luego que la melodía de un acordeón francés ambientara los créditos iniciales que acompañaban la misma silueta azul del afiche, la escena inicial nos sonrojó y nos excitó. Una pareja teniendo sexo bajo la mirada de una pequeña Monalisa colgada en la pared, sin más música que los excitados y excitantes gemidos de la chica como instrumento principal. La escena no había terminado cuando ya la mano de Hernanda merodeaba mis senos y vientre, y fue mi mano la que la empujó bajo la cobija, haciendo que mi gatita saltara con un corto maullido de protesta dirigiéndose hasta la cocina. Los dedos de Hernanda encontraron humedad en mi vagina. Yo había estado contrayendo mis muslos viendo la parejita. La escena, de poco menos de dos minutos pero que había parecido de más de diez, había terminado y con ello nuestra atención a la peli. Abrí y abrí más las piernas y sin soltarle aún su mano, la empujaba con mi mano derecha haciendo que sus dedos jugaran con mi pubis, mientras con mi mano izquierda empezaba a acariciar sus pezones que de inmediato se endurecieron por la  erección. Desplacé mi encurvado abdomen y pecho junto a ella y le mordí la boca con premura pero sin violencia. Nos vimos con pupilas levemente enloquecidas, mostrándose en su más primitivo y sincero estado animal. Sin hablar, o más bien, a raíz de lo que nuestros ojos se habían dicho, nos fuimos a la habitación. Sentí a mis espaldas que mi gatita salía de la cocina de nuevo al sofá, enroscándose sobre el calor de la cobija que allí había dejado, pero aún así, preferí cerrar la puerta. Mientras nos recostábamos en la cama, empezamos a besarnos desmesuradamente, parecíamos recién salidas de una cuarentena. Yo me hallaba sobre ella, y nos separamos, para quitarme el pantie y brassier, mientras que a Nandita, aún con su jean, su camiseta y hasta sus medias, le tomó más tiempo. Me sonreí con leve resoplido  por la nariz mientras se desnudaba, haciéndole saber que me había dado cuenta que su culpa la había hecho dormir tan vestida; tal vez si nos hubiéramos quedado en su apartamento habría sido lo contrario. Unos cuantos minutos atrás todo parecía estar distanciándose entre nosotras, y henos aquí, a punto de ser más cercanas y compinches de lo que antes lo habíamos estado. Con mi ropa tirada por doquier y la de ella arrumada en la esquina de su lado de la cama, nos acercamos de nuevo, sin obstáculos textiles y con nuestra lascivia ya borrando los últimos residuos del impase de la noche en el bar. De nuevo yo sobre ella, entrecruzamos nuestras piernas para que sus  plegados y húmedos vértices se frotaran, balanceando nuestras caderas con tanta desmesura y excitación que el colchón y la cama parecía mecerse como si fuera de agua. Veíamos nuestros pubis, una variación de voyeristas no escondidas,  y esto acrecentaba el éxtasis en cada una de las puntas de nuestros nervios genitales. Nos excitaba como nunca ver nuestros clítroris restregándose, acrecentando con ello tanto la laguna de nuestros paisajes vaginales como el volumen de nuestros gemidos, que  salían con el mismo ímpetu de querer empujar afuera de nosotras toda la pesadez y frialdad acontecida durante la semana, gemidos deliciosamente desincronizados con las caricias que nuestros manos hacían con lujuria en las demás partes de nuestros cuerpos, desenredando esporádicamente nuestros cabellos al igual que de nuestras cabezas se desenredaban y alejaban las injurias que mutuamente nos habíamos hecho. Dentro de mí llegaban efímeras escenas de sexo vivido en esos otros Mundos, además de las del incidente del librito en el hospital, pero las sabía ubicar, sin esconderlas, en esos otros espacios de mi cabeza y así, sin buscarlo, sin ser una estrategia, me sentí libre. Y en esa sensación de libertad la curva de excitación orgásmica coordinó con la de Nandita, pero, aunque ella era la gritona, fui yo quien primero, y por primera vez, empecé a gritar, y no sólo gritar como tal, sino aún más fuerte que ella, estrenando ese tipo de desatadura, como nunca antes lo había hecho durante mi vida íntima. El sentir esa libertad, esa excitación de estar con Nandita sin reprocharme por lo que el fugaz roce del amor de toda mi vida había dejado en mí, me generó una dicha imposible de poner en palabras. Si ésto era una sanación, entonces es de esas que la cura se vive mil veces mejor que la enfermedad. Estaba aceptando que yo no estaba metida en un triángulo sino en un pentágono amoroso. &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8420816595/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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			<title>Betty Blue, 37°2 le matin</title>
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&lt;p&gt;Domingo, 27 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta esa tarde, yo no creía ser de las chicas que gritan cuando hacen el amor. Al dejar desbocarme extasiada y empapada, no me importó si por mis alaridos de placer las paredes parecieran derretirse y mi excitado desahogo llegara a todos los vecinos de mi apartamento, y menos áun me importó si mi notable afinación con tonalidad de orgasmo sacudía también a todos los residentes de La Soledad y a todos sus alrededores, a mil y más que mil kilómetros a la redonda. Tampoco creía en el sexo de reconciliación, y de cierta manera no lo fue, porque no me reconciliaba con Nandita, sino lo que reconciliba era a Nandita con mis otros amoríos, los internos, que permanecían en mi mente y corazón mientras mi cuerpo permanecía impregnada del  sexo con ella. Ni siquiera me sentía infiel con Nandita. Y no era excusándome porque jamás habíamos establecido de manera oficial nuestra relación. Quizás era lo contrario: de sentirme infiel, lo estaría siendo pero respecto a mi otro amor, el primero, el ausente.&lt;br /&gt;
Anoche Nandita y yo tuvimos nuestra primera pelea. Ella estaba ya muy envodkada cuando empezó a reclamarme, encerradas entre las paredes de uno de los baños del Concorde, de mi comportamiento de los últimos días, pero yo no quería oirle reclamos ni explicarle nada porque no había nada que explicar porque sencillamente ella no me creería; yo sólo quería seguir bailando y bailando, poderme untar de algo del espíritu de vacaciones de fin y principio de año que no experimenté estando encamada por tantas semanas. En el baño, varias veces intenté escurrirme por algún espacio del retén llamado Nandita, para salir de nuevo a la pista saturada de potentes canciones y buena energía cuyos beats me habían tenido tan elevada y magnetizada desde que llegamos al bar, pero ahora, amurallada por la ráfaga de alcohol que Nandita disparaba a menos de dos centímetros sobre mi nariz, se oían tan débiles tan lejanos, y por eso mismo como tan inalcanzables y desperdiciados, que me producían una envidia de los que sí estaban bailando similar a ser bombardeada por la algarabía de una muy prendida fiesta de vecinos del piso superior a la que no fuiste invitada. Nandita me jaloneó de la manga de mi blusa durante las múltiples veces  que intenté liberarme de su jaula y salir del baño, pero como si nada,  entre cada nuevo jaloneo entre nosostroas, ella empinaba la botella  tratando de exprimirle unas últimas gotas empecinadas en no precipitarse, como si las gotas ni yo quisiéramos, en esa sitaución, ser parte de ella.&lt;br /&gt;
-Estoy muy emputada contigo, mucho …- Nandita, o lo que quedaba consciente en ella, había empezado a repetir esas palabras, durante más de dos canciones en versión extended mix, intentando concluir una frase que no podía articular por el embotamiento que el licor estaba pronunciando más y más en sus sentidos. Su confesión era innecesaria, tardía y más que todo, un obstáculo para volver a relajarnos. Lo cierto era que la tensión había ido aumentando progresivamente desde días atrás y el desenlace, escogido por Nandita o más bien, por el alcohol en ella, se estaba dando justo cuando Concorde volaba en su momento más fiestero. Y a decir verdad, su inoportuna cantaleta me estaba empezando a emputar también.&lt;br /&gt;
-Déjalo así Hernanda, quiero seguir bailando, mañana lo hablamos- le dije, muy seria, muy cortante y con bastante frialdad en cada una de mis sílabas.&lt;br /&gt;
La falta del diminutivo encendió, a manera de descarga eléctrica, cierta cordura en sus tambaleantes piernas, cordura que imploraba le llegara a la cabeza.&lt;br /&gt;
-¿Qué dejé qué? ¿Todo esto? ¿Después de casi dos meses de cuidarte en le hospital? ¿Qué me viste, Ina, cara de una idiota enfermera?&lt;br /&gt;
-¿Ina, Ina?- le dije, casi que pisando con mis palabras sus retórica. Hernanda estaba entendiendo todo mal, ahora sí que sí que mi fuego felino estaba encendiéndose por el combustible presente en su tufo, sintiendo yo un quemor que me subió por toda la columna- ¿Estás intentando des-diminutizar mi nombre? ¿Qué clase de insulto infantil es ese? -proseguí, con una gran sonrisa burlona, temblando de mi propia furia, mirándola de arriba a abajo con mucho desprecio. Y mi mirada la sacó de casillas con unas palabras que más le valía jamás haber pronunciado.&lt;br /&gt;
-Te crees toda especial con tus raras pecas y tu raro nombre de pobre imitación rusa, y hasta te creerás toda diva cuando la verdad es que no eres sino una frustrada cantante que no ha podido lanzar ni una sola canción.&lt;br /&gt;
En menos de una millonésima de segundo, me ví a mí misma lanzándole una cachetada. Hernanda cayó noqueada directa al piso. Afortunadamente no había nadie más allí en el baño que juzgara o se entrometiera. En mitad de tan majestuosas canciones, lo menos que la gente  en el  bar quería era entrar al baño. Mi rabia había llegado a su tope, y no porque sus palabras hubieran revelado algo de mí, eran sólo calumnias insulsas y sin fundamento de una borracha; no, no fue por eso, me sentí ofendida fue por su intención de ofenderme. No era la primera vez que alguien que yo había dejado acercar se burlara de mis pecas, de mi nombre o de mi música,  partes invulnerables y fortalecidas por el amor propio que me tengo, así que su blanda argumentación,  como la de esas otras personas,  no obedecía a la realidad. Sabía por qué lo había dicho. Hernanda estaba respirando por la herida que le producía mi enfriada y distante actitud para con ella durante la última semana. Eso, mezclado con verme muy feliz en la pista y desprendida de ella, jutno con su embriaguez, era lógico que que haya terminado acercentando su empute hasta decir semejantes barbaridades. Pero por más fría que en mi confusión yo estaba comportándome con Hernanda recientemente, yo jamás había sido grosera con ella en estos tres meses como ella lo estaba siendo conmigo ahora. Algo de aquella telepatía tuvo que haber sucedido de nuevo porque reaccionó como si el silencio de mis pensamientos tuvieran sonido fuera de mí, y ella hubiera podido oirlos.&lt;br /&gt;
-Perdóname Innita, perdóname...- empezó a repetir, allí tumbada, haciendo que mi agitado respirar de fiera en posición de defensa empezara a disiparse lentamente. Me agaché, un par de resoplidos después, también pidiéndole perdón por mi salvaje reacción, y la levanté con lentitud, justo a tiempo, pues finalmente una chica entró al recinto. Al vernos así, trató de auxiliarme y ayudar a levantarla, pero le dije con una sonrisa muy cívica que no gracias que no era necesario. Salimos del baño, la cargué de lado, pasando su brazo izquierdo por mi nuca,  caminando por los costados de la  muy muy repleta pista y llegamos con tropezones hasta la mesa esquinera donde estaban el resto de nuestras cosas. Dejé que se recostara en las acolchadas sillas, cerró sus ojos vencida por el vodka y la cubrí con nuestras chaquetas. Yo esperaba que permaneciera dormida allí por largo rato, todavía había mucha adrenalina en mí para quemar bailando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Serían más de las tres de la tarde cuando Hernanda despertó. Dormimos en mi cama, pero separadas. Yo, que alcancé a ver al sol en su cénit de mediodía desde la ventana de mi sala, duré ensimismada un rato allí, contemplándolo, suspirando con aquella recurrente sensación de verlo como mi hogar. Ya después de prepararme un desganado desayuno, me quedé en el sofá todas esas horas, con Gatástrofe sobre mis acobijadas piernas y mi laptop en la mesita de centro, viendo sin ver una larga peli en blanco y negro por internet, creo que era la de Schindler. Durante todo esa gama de grises cinematográficos como fondo, rumié dentro de mi cabeza, entre muchas cosas, aquella cachetada en aquel otro Mundo, un par de domingos atrás, que le propiné a la versión masculina de mi bióloga. Pero estaba claro que esa persona  no me había hecho nada, a diferencia de Hernanda. ¿O tal vez él sí me había hecho algo, en otro espacio, en otro tiempo? Cuando finalmente aparecieron los créditos finales, Hernanda se sentó a mi lado izquierdo, casi en el borde del sofá, cabizbaja, culposa. Había esperado hasta que concluyera para no interrumpir mi peli ni incomodarme por ello, sin embargo, ambas estábamos incómodas aún cuando ya nos habíamos perdonado. Como que nos daba pena de lo sucedido por parte y parte y no sabíamos cómo retomar nuestro camino. Nos saludamos con subir de cejas, sin besito ni en los labios ni mejillero, visiblemente intimidadas y sin idea alguna de qué hacer. Ella se levantó hacia la cocina a picar su parte del desayuno que yo había preparado para las dos. Así que le avisé que colocaría otra peli, por si quería verla, y ella regresó con la boca llena, moviendo con  gesto de dedos abiertos las manos al aire, indicando con ello un “dale, estás en tu casa” que ya le conocía. De la lista de la página leí “Betty Blue, 37°2 le matin”,  y tanto el afiche como el título me llamaron la atención, lo que hizo que la cargara sin pensarlo dos veces, para apagar el abrumante silencio que había inundado mi apartamento e incluso toda la ciudad al tener a Hernanda de nuevo sentada a mi lado. Luego que la melodía de un acordeón francés ambientara los créditos iniciales que acompañaban la misma silueta azul del afiche, la escena inicial nos sonrojó y nos excitó. Una pareja teniendo sexo bajo la mirada de una pequeña Monalisa colgada en la pared, sin más música que los excitados y excitantes gemidos de la chica como instrumento principal. La escena no había terminado cuando ya la mano de Hernanda merodeaba mis senos y vientre, y fue mi mano la que la empujó bajo la cobija, haciendo que mi gatita saltara con un corto maullido de protesta dirigiéndose hasta la cocina. Los dedos de Hernanda encontraron humedad en mi vagina. Yo había estado contrayendo mis muslos viendo la parejita. La escena, de poco menos de dos minutos pero que había parecido de más de diez, había terminado y con ello nuestra atención a la peli. Abrí y abrí más las piernas y sin soltarle aún su mano, la empujaba con mi mano derecha haciendo que sus dedos jugaran con mi pubis, mientras con mi mano izquierda empezaba a acariciar sus pezones que de inmediato se endurecieron por la  erección. Desplacé mi encurvado abdomen y pecho junto a ella y le mordí la boca con premura pero sin violencia. Nos vimos con pupilas levemente enloquecidas, mostrándose en su más primitivo y sincero estado animal. Sin hablar, o más bien, a raíz de lo que nuestros ojos se habían dicho, nos fuimos a la habitación. Sentí a mis espaldas que mi gatita salía de la cocina de nuevo al sofá, enroscándose sobre el calor de la cobija que allí había dejado, pero aún así, preferí cerrar la puerta. Mientras nos recostábamos en la cama, empezamos a besarnos desmesuradamente, parecíamos recién salidas de una cuarentena. Yo me hallaba sobre ella, y nos separamos, para quitarme el pantie y brassier, mientras que a Nandita, aún con su jean, su camiseta y hasta sus medias, le tomó más tiempo. Me sonreí con leve resoplido  por la nariz mientras se desnudaba, haciéndole saber que me había dado cuenta que su culpa la había hecho dormir tan vestida; tal vez si nos hubiéramos quedado en su apartamento habría sido lo contrario. Unos cuantos minutos atrás todo parecía estar distanciándose entre nosotras, y henos aquí, a punto de ser más cercanas y compinches de lo que antes lo habíamos estado. Con mi ropa tirada por doquier y la de ella arrumada en la esquina de su lado de la cama, nos acercamos de nuevo, sin obstáculos textiles y con nuestra lascivia ya borrando los últimos residuos del impase de la noche en el bar. De nuevo yo sobre ella, entrecruzamos nuestras piernas para que sus  plegados y húmedos vértices se frotaran, balanceando nuestras caderas con tanta desmesura y excitación que el colchón y la cama parecía mecerse como si fuera de agua. Veíamos nuestros pubis, una variación de voyeristas no escondidas,  y esto acrecentaba el éxtasis en cada una de las puntas de nuestros nervios genitales. Nos excitaba como nunca ver nuestros clítroris restregándose, acrecentando con ello tanto la laguna de nuestros paisajes vaginales como el volumen de nuestros gemidos, que  salían con el mismo ímpetu de querer empujar afuera de nosotras toda la pesadez y frialdad acontecida durante la semana, gemidos deliciosamente desincronizados con las caricias que nuestros manos hacían con lujuria en las demás partes de nuestros cuerpos, desenredando esporádicamente nuestros cabellos al igual que de nuestras cabezas se desenredaban y alejaban las injurias que mutuamente nos habíamos hecho. Dentro de mí llegaban efímeras escenas de sexo vivido en esos otros Mundos, además de las del incidente del librito en el hospital, pero las sabía ubicar, sin esconderlas, en esos otros espacios de mi cabeza y así, sin buscarlo, sin ser una estrategia, me sentí libre. Y en esa sensación de libertad la curva de excitación orgásmica coordinó con la de Nandita, pero, aunque ella era la gritona, fui yo quien primero, y por primera vez, empecé a gritar, y no sólo gritar como tal, sino aún más fuerte que ella, estrenando ese tipo de desatadura, como nunca antes lo había hecho durante mi vida íntima. El sentir esa libertad, esa excitación de estar con Nandita sin reprocharme por lo que el fugaz roce del amor de toda mi vida había dejado en mí, me generó una dicha imposible de poner en palabras. Si ésto era una sanación, entonces es de esas que la cura se vive mil veces mejor que la enfermedad. Estaba aceptando que yo no estaba metida en un triángulo sino en un pentágono amoroso. &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8420816595/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Sun, 27 Jan 2013 14:34:40 -0800</pubDate>
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    <media:title>Betty Blue, 37°2 le matin</media:title>
    <media:description type="html">&lt;p&gt;Domingo, 27 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hasta esa tarde, yo no creía ser de las chicas que gritan cuando hacen el amor. Al dejar desbocarme extasiada y empapada, no me importó si por mis alaridos de placer las paredes parecieran derretirse y mi excitado desahogo llegara a todos los vecinos de mi apartamento, y menos áun me importó si mi notable afinación con tonalidad de orgasmo sacudía también a todos los residentes de La Soledad y a todos sus alrededores, a mil y más que mil kilómetros a la redonda. Tampoco creía en el sexo de reconciliación, y de cierta manera no lo fue, porque no me reconciliaba con Nandita, sino lo que reconciliba era a Nandita con mis otros amoríos, los internos, que permanecían en mi mente y corazón mientras mi cuerpo permanecía impregnada del  sexo con ella. Ni siquiera me sentía infiel con Nandita. Y no era excusándome porque jamás habíamos establecido de manera oficial nuestra relación. Quizás era lo contrario: de sentirme infiel, lo estaría siendo pero respecto a mi otro amor, el primero, el ausente.&lt;br /&gt;
Anoche Nandita y yo tuvimos nuestra primera pelea. Ella estaba ya muy envodkada cuando empezó a reclamarme, encerradas entre las paredes de uno de los baños del Concorde, de mi comportamiento de los últimos días, pero yo no quería oirle reclamos ni explicarle nada porque no había nada que explicar porque sencillamente ella no me creería; yo sólo quería seguir bailando y bailando, poderme untar de algo del espíritu de vacaciones de fin y principio de año que no experimenté estando encamada por tantas semanas. En el baño, varias veces intenté escurrirme por algún espacio del retén llamado Nandita, para salir de nuevo a la pista saturada de potentes canciones y buena energía cuyos beats me habían tenido tan elevada y magnetizada desde que llegamos al bar, pero ahora, amurallada por la ráfaga de alcohol que Nandita disparaba a menos de dos centímetros sobre mi nariz, se oían tan débiles tan lejanos, y por eso mismo como tan inalcanzables y desperdiciados, que me producían una envidia de los que sí estaban bailando similar a ser bombardeada por la algarabía de una muy prendida fiesta de vecinos del piso superior a la que no fuiste invitada. Nandita me jaloneó de la manga de mi blusa durante las múltiples veces  que intenté liberarme de su jaula y salir del baño, pero como si nada,  entre cada nuevo jaloneo entre nosostroas, ella empinaba la botella  tratando de exprimirle unas últimas gotas empecinadas en no precipitarse, como si las gotas ni yo quisiéramos, en esa sitaución, ser parte de ella.&lt;br /&gt;
-Estoy muy emputada contigo, mucho …- Nandita, o lo que quedaba consciente en ella, había empezado a repetir esas palabras, durante más de dos canciones en versión extended mix, intentando concluir una frase que no podía articular por el embotamiento que el licor estaba pronunciando más y más en sus sentidos. Su confesión era innecesaria, tardía y más que todo, un obstáculo para volver a relajarnos. Lo cierto era que la tensión había ido aumentando progresivamente desde días atrás y el desenlace, escogido por Nandita o más bien, por el alcohol en ella, se estaba dando justo cuando Concorde volaba en su momento más fiestero. Y a decir verdad, su inoportuna cantaleta me estaba empezando a emputar también.&lt;br /&gt;
-Déjalo así Hernanda, quiero seguir bailando, mañana lo hablamos- le dije, muy seria, muy cortante y con bastante frialdad en cada una de mis sílabas.&lt;br /&gt;
La falta del diminutivo encendió, a manera de descarga eléctrica, cierta cordura en sus tambaleantes piernas, cordura que imploraba le llegara a la cabeza.&lt;br /&gt;
-¿Qué dejé qué? ¿Todo esto? ¿Después de casi dos meses de cuidarte en le hospital? ¿Qué me viste, Ina, cara de una idiota enfermera?&lt;br /&gt;
-¿Ina, Ina?- le dije, casi que pisando con mis palabras sus retórica. Hernanda estaba entendiendo todo mal, ahora sí que sí que mi fuego felino estaba encendiéndose por el combustible presente en su tufo, sintiendo yo un quemor que me subió por toda la columna- ¿Estás intentando des-diminutizar mi nombre? ¿Qué clase de insulto infantil es ese? -proseguí, con una gran sonrisa burlona, temblando de mi propia furia, mirándola de arriba a abajo con mucho desprecio. Y mi mirada la sacó de casillas con unas palabras que más le valía jamás haber pronunciado.&lt;br /&gt;
-Te crees toda especial con tus raras pecas y tu raro nombre de pobre imitación rusa, y hasta te creerás toda diva cuando la verdad es que no eres sino una frustrada cantante que no ha podido lanzar ni una sola canción.&lt;br /&gt;
En menos de una millonésima de segundo, me ví a mí misma lanzándole una cachetada. Hernanda cayó noqueada directa al piso. Afortunadamente no había nadie más allí en el baño que juzgara o se entrometiera. En mitad de tan majestuosas canciones, lo menos que la gente  en el  bar quería era entrar al baño. Mi rabia había llegado a su tope, y no porque sus palabras hubieran revelado algo de mí, eran sólo calumnias insulsas y sin fundamento de una borracha; no, no fue por eso, me sentí ofendida fue por su intención de ofenderme. No era la primera vez que alguien que yo había dejado acercar se burlara de mis pecas, de mi nombre o de mi música,  partes invulnerables y fortalecidas por el amor propio que me tengo, así que su blanda argumentación,  como la de esas otras personas,  no obedecía a la realidad. Sabía por qué lo había dicho. Hernanda estaba respirando por la herida que le producía mi enfriada y distante actitud para con ella durante la última semana. Eso, mezclado con verme muy feliz en la pista y desprendida de ella, jutno con su embriaguez, era lógico que que haya terminado acercentando su empute hasta decir semejantes barbaridades. Pero por más fría que en mi confusión yo estaba comportándome con Hernanda recientemente, yo jamás había sido grosera con ella en estos tres meses como ella lo estaba siendo conmigo ahora. Algo de aquella telepatía tuvo que haber sucedido de nuevo porque reaccionó como si el silencio de mis pensamientos tuvieran sonido fuera de mí, y ella hubiera podido oirlos.&lt;br /&gt;
-Perdóname Innita, perdóname...- empezó a repetir, allí tumbada, haciendo que mi agitado respirar de fiera en posición de defensa empezara a disiparse lentamente. Me agaché, un par de resoplidos después, también pidiéndole perdón por mi salvaje reacción, y la levanté con lentitud, justo a tiempo, pues finalmente una chica entró al recinto. Al vernos así, trató de auxiliarme y ayudar a levantarla, pero le dije con una sonrisa muy cívica que no gracias que no era necesario. Salimos del baño, la cargué de lado, pasando su brazo izquierdo por mi nuca,  caminando por los costados de la  muy muy repleta pista y llegamos con tropezones hasta la mesa esquinera donde estaban el resto de nuestras cosas. Dejé que se recostara en las acolchadas sillas, cerró sus ojos vencida por el vodka y la cubrí con nuestras chaquetas. Yo esperaba que permaneciera dormida allí por largo rato, todavía había mucha adrenalina en mí para quemar bailando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Serían más de las tres de la tarde cuando Hernanda despertó. Dormimos en mi cama, pero separadas. Yo, que alcancé a ver al sol en su cénit de mediodía desde la ventana de mi sala, duré ensimismada un rato allí, contemplándolo, suspirando con aquella recurrente sensación de verlo como mi hogar. Ya después de prepararme un desganado desayuno, me quedé en el sofá todas esas horas, con Gatástrofe sobre mis acobijadas piernas y mi laptop en la mesita de centro, viendo sin ver una larga peli en blanco y negro por internet, creo que era la de Schindler. Durante todo esa gama de grises cinematográficos como fondo, rumié dentro de mi cabeza, entre muchas cosas, aquella cachetada en aquel otro Mundo, un par de domingos atrás, que le propiné a la versión masculina de mi bióloga. Pero estaba claro que esa persona  no me había hecho nada, a diferencia de Hernanda. ¿O tal vez él sí me había hecho algo, en otro espacio, en otro tiempo? Cuando finalmente aparecieron los créditos finales, Hernanda se sentó a mi lado izquierdo, casi en el borde del sofá, cabizbaja, culposa. Había esperado hasta que concluyera para no interrumpir mi peli ni incomodarme por ello, sin embargo, ambas estábamos incómodas aún cuando ya nos habíamos perdonado. Como que nos daba pena de lo sucedido por parte y parte y no sabíamos cómo retomar nuestro camino. Nos saludamos con subir de cejas, sin besito ni en los labios ni mejillero, visiblemente intimidadas y sin idea alguna de qué hacer. Ella se levantó hacia la cocina a picar su parte del desayuno que yo había preparado para las dos. Así que le avisé que colocaría otra peli, por si quería verla, y ella regresó con la boca llena, moviendo con  gesto de dedos abiertos las manos al aire, indicando con ello un “dale, estás en tu casa” que ya le conocía. De la lista de la página leí “Betty Blue, 37°2 le matin”,  y tanto el afiche como el título me llamaron la atención, lo que hizo que la cargara sin pensarlo dos veces, para apagar el abrumante silencio que había inundado mi apartamento e incluso toda la ciudad al tener a Hernanda de nuevo sentada a mi lado. Luego que la melodía de un acordeón francés ambientara los créditos iniciales que acompañaban la misma silueta azul del afiche, la escena inicial nos sonrojó y nos excitó. Una pareja teniendo sexo bajo la mirada de una pequeña Monalisa colgada en la pared, sin más música que los excitados y excitantes gemidos de la chica como instrumento principal. La escena no había terminado cuando ya la mano de Hernanda merodeaba mis senos y vientre, y fue mi mano la que la empujó bajo la cobija, haciendo que mi gatita saltara con un corto maullido de protesta dirigiéndose hasta la cocina. Los dedos de Hernanda encontraron humedad en mi vagina. Yo había estado contrayendo mis muslos viendo la parejita. La escena, de poco menos de dos minutos pero que había parecido de más de diez, había terminado y con ello nuestra atención a la peli. Abrí y abrí más las piernas y sin soltarle aún su mano, la empujaba con mi mano derecha haciendo que sus dedos jugaran con mi pubis, mientras con mi mano izquierda empezaba a acariciar sus pezones que de inmediato se endurecieron por la  erección. Desplacé mi encurvado abdomen y pecho junto a ella y le mordí la boca con premura pero sin violencia. Nos vimos con pupilas levemente enloquecidas, mostrándose en su más primitivo y sincero estado animal. Sin hablar, o más bien, a raíz de lo que nuestros ojos se habían dicho, nos fuimos a la habitación. Sentí a mis espaldas que mi gatita salía de la cocina de nuevo al sofá, enroscándose sobre el calor de la cobija que allí había dejado, pero aún así, preferí cerrar la puerta. Mientras nos recostábamos en la cama, empezamos a besarnos desmesuradamente, parecíamos recién salidas de una cuarentena. Yo me hallaba sobre ella, y nos separamos, para quitarme el pantie y brassier, mientras que a Nandita, aún con su jean, su camiseta y hasta sus medias, le tomó más tiempo. Me sonreí con leve resoplido  por la nariz mientras se desnudaba, haciéndole saber que me había dado cuenta que su culpa la había hecho dormir tan vestida; tal vez si nos hubiéramos quedado en su apartamento habría sido lo contrario. Unos cuantos minutos atrás todo parecía estar distanciándose entre nosotras, y henos aquí, a punto de ser más cercanas y compinches de lo que antes lo habíamos estado. Con mi ropa tirada por doquier y la de ella arrumada en la esquina de su lado de la cama, nos acercamos de nuevo, sin obstáculos textiles y con nuestra lascivia ya borrando los últimos residuos del impase de la noche en el bar. De nuevo yo sobre ella, entrecruzamos nuestras piernas para que sus  plegados y húmedos vértices se frotaran, balanceando nuestras caderas con tanta desmesura y excitación que el colchón y la cama parecía mecerse como si fuera de agua. Veíamos nuestros pubis, una variación de voyeristas no escondidas,  y esto acrecentaba el éxtasis en cada una de las puntas de nuestros nervios genitales. Nos excitaba como nunca ver nuestros clítroris restregándose, acrecentando con ello tanto la laguna de nuestros paisajes vaginales como el volumen de nuestros gemidos, que  salían con el mismo ímpetu de querer empujar afuera de nosotras toda la pesadez y frialdad acontecida durante la semana, gemidos deliciosamente desincronizados con las caricias que nuestros manos hacían con lujuria en las demás partes de nuestros cuerpos, desenredando esporádicamente nuestros cabellos al igual que de nuestras cabezas se desenredaban y alejaban las injurias que mutuamente nos habíamos hecho. Dentro de mí llegaban efímeras escenas de sexo vivido en esos otros Mundos, además de las del incidente del librito en el hospital, pero las sabía ubicar, sin esconderlas, en esos otros espacios de mi cabeza y así, sin buscarlo, sin ser una estrategia, me sentí libre. Y en esa sensación de libertad la curva de excitación orgásmica coordinó con la de Nandita, pero, aunque ella era la gritona, fui yo quien primero, y por primera vez, empecé a gritar, y no sólo gritar como tal, sino aún más fuerte que ella, estrenando ese tipo de desatadura, como nunca antes lo había hecho durante mi vida íntima. El sentir esa libertad, esa excitación de estar con Nandita sin reprocharme por lo que el fugaz roce del amor de toda mi vida había dejado en mí, me generó una dicha imposible de poner en palabras. Si ésto era una sanación, entonces es de esas que la cura se vive mil veces mejor que la enfermedad. Estaba aceptando que yo no estaba metida en un triángulo sino en un pentágono amoroso. &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8420816595/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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		</item>
		<item>
			<title>Creo que es similar al famoso túnel de luz del que algunos regresan, imposible de probar, incluso para ellos mismos, de haber traspasado el umbral, vivir cosas tras de éste y haber vuelto.</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8399946997/</link>
			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8399946997/&quot; title=&quot;Creo que es similar al famoso túnel de luz del que algunos regresan, imposible de probar, incluso para ellos mismos, de haber traspasado el umbral, vivir cosas tras de éste y haber vuelto.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8360/8399946997_b007c24dfd_m.jpg&quot; width=&quot;185&quot; height=&quot;240&quot; alt=&quot;Creo que es similar al famoso túnel de luz del que algunos regresan, imposible de probar, incluso para ellos mismos, de haber traspasado el umbral, vivir cosas tras de éste y haber vuelto.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Domingo, 20 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;El único ejercicio meditativo que en realidad extraño durante el día, por no desayunar ni almorzar en casa al salir a trabajar desde bien temprano es lavar platos, así que casi con rigurosa disciplina, luego de tomar la cena mi mente hace lo más parecido a mi versión de yoga: cada noche sumerjo mis pensamientos bajo el lavaplatos. Es un momento en que, mientras mis manos mojan giran y enjabonan la vajilla, los cubiertos, las ollas y demás utensilios necesitados en las artes culinarias, el resto de mí se eleva en una deliciosa meditación contemplativa.  Anoche, por ejemplo, entre grasa y desperdicios, medité sobre lo que hace un par de años pasó en la avenida que queda frente a mi trabajo: el freno repentino y fuerte de un oxidado taxi para evitar atropellar un fugado perrito de raza que cruzaba intempestivamente la calle. Me figuro todos los eventos que tuvieron que suceder para que ese sorpresivo encuentro se diera: Una vez la vida llegara a este planeta hace más de tres mil quinientos millones de años en forma de microscópicas entidades unicelulares, el proceso de elaboración de oxígeno a través de una primitiva fotosíntesis hizo posible que se inundara de oxígeno la atmósfera, lo que le daría paso, unos cuantos millones de años después, a los insectos en tomarse los aires con su trasnochador zumbido, insectos entre los cuales se encuentran los no voladores como lo son las pulgas. Ellas, hace cuatrocientos millones de años esperaban pelambre en el cual alojarse, pues en esos años se hallaban sin la compañía de mamíferos a la vista, apenas los peces estaban saliendo del agua en forma de Ictiostegas. Hace ciento cincuenta millones de años los Arcaeopterices, primeros reptiles voladores emplumados, decoraban los cielos, y los mamíferos aún ausentes en los suelos.... y las pulgas aún sin su peludo hospedaje ni su alimento. Pero de qué hablo, supongo que ni aún las pulgas ni existían. En fin, millones de años después vino la gran desaparición de los dinosaurios, con lo cual, atrapados sus restos entre capas y suelos rocosos, darían tímido inicio a lo que después serían los codiciados prados y desiertos bajo los cuales se hallaran los escondites del petróleo, y mientras este extraño oro negro aguardaba, el ser humano, hace cuarenta mil años atrás, haría su aparición como accidente cultural, diferenciándose de los demás animales por su dominio del fuego e invención de la rueda... y principalmente por someter a los demás animales. Así fuego, rueda, petróleo y mascotas se irían acercando poco a poco al escenario de lo que ví. Tuvo que suceder además que el ser humano se asociara geográficamente en grupos de casas lejos de los campos de agricultura, para lo cual los caminos de carretas fueran construidos dentro y fuera de los Burgos o primeras ciudades, y las pulgas ya estaban haciendo de las suyas a aquellos perros burgueses que no eran usados para cuidar las plantaciones ni el ganado vacuno ni bovino. Hablamos ya de setecientos años atrás, y un puñado de centenas de años más trascurrieron para la revolución industrial, lo cual sacaría de nuevo el rugir de los dinosaurios de sus subterráneos aposentos lúgubres, en forma de tranvías, trenes, y finalmente automóviles, por lo cuales muchos nuevos burgueses permitirían que los perritos ya sea de casa, de caza, o de raza se asomaran por las ventanas abiertas de aquellas máquinas. En una de esas salidas en auto de las mascotas, un perrito de raza, al verse estar al frente de la casa del veterinario a donde lo dirigirían para quitarle un ataque crónico de pulgas, saltaría por la ventana del carro y huiría hasta cruzar la avenida y hacer frenar al renacido dinosaurio llamado taxi, por el grito de la pasajera al taxista, anunciándole a tiempo y evitando que lo atropellara. Aquel perrito,  un simple y bello perrito, que para mí  nada tiene que ver con la pretensión pereque-burguesa de ser o no ser de raza, estaba citado en mi consultorio, en mi veterinaria, especializada entre otras cosas, en quitarle pulgas sin tener que matarlas, quedaría asustado y escondido bajo el chasis con la cola escondida entre las piernas, y tú saldrías de la puerta de atrás del taxi, en tu cita para un trabajo que no te darían, por llegar tarde a la entrevista para compadecerte del perrito. Al  salir corriendo de mi establecimento y llegar incluso antes que los llamados “dueños”, te invitaría a cenar y hasta me inventaría empleo para ti, e imaginaría una vida juntos, sí todo eso de sólo verte a ti y ver tu corazón puesto en el asustado perrito, con la perfecta excusa de agradecerte por haberlo salvado. Sí, mi querida compañera de diurno trabajo y noches de descanso desde hace dos años, anoche con guantes amarillos medité en todo esto, como si fuera ya millones de años de felicidad que llevamos viviendo juntos.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Suspiro. Afortunadamente, no todas las crónicas están tan crónicas. &lt;br /&gt;
Hoy he tenido que leer “Un taxi y muchas pulgas en mi yoga personal” a escondidas de Nandita, luego terminara su visita. Todo esto me hace sentir mal, pero no sé cómo solucionarlo. Cuando me preguntó del librito, me tuve que hacer la boba, suponer que tal vez lo tomó una de las enfermeras, y cambiar rápidamente de tema. Lo que le pasó anoche a las páginas de “Crónicas Crónicas”, me daba timidez contárselo. Las páginas aún huelen mucho a mí. Qué barbaridad. He querido contarle todo, pero, ¿qué le iba a decir sobre aquel accidente?¿estar “pensando” en una persona de otros dos Mundos, Mundos que no puedo probar que sólo sea imaginario? Creo que es similar al famoso túnel de luz del que algunos regresan, imposible de probar, incluso para ellos mismos, de haber traspasado el umbral, vivir cosas tras de éste y haber vuelto. &lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué sería lo más prudente, Innita, piensa, piensa, ¿alcaso alejarme de Nandita por que tal vez me estaba enamorando tres veces de la misma alucinación? Sí, tal vez sea lo mejor, lo más sensato. Vaya. Lo más sensato parece lo más desquiciado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué voy a hacer conmigo. Me espera otra de esa noches largas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8399860321/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
* &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
model / modelo:  Rachel Dashae&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Sun, 20 Jan 2013 19:14:39 -0800</pubDate>
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    <media:description type="html">&lt;p&gt;Domingo, 20 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;El único ejercicio meditativo que en realidad extraño durante el día, por no desayunar ni almorzar en casa al salir a trabajar desde bien temprano es lavar platos, así que casi con rigurosa disciplina, luego de tomar la cena mi mente hace lo más parecido a mi versión de yoga: cada noche sumerjo mis pensamientos bajo el lavaplatos. Es un momento en que, mientras mis manos mojan giran y enjabonan la vajilla, los cubiertos, las ollas y demás utensilios necesitados en las artes culinarias, el resto de mí se eleva en una deliciosa meditación contemplativa.  Anoche, por ejemplo, entre grasa y desperdicios, medité sobre lo que hace un par de años pasó en la avenida que queda frente a mi trabajo: el freno repentino y fuerte de un oxidado taxi para evitar atropellar un fugado perrito de raza que cruzaba intempestivamente la calle. Me figuro todos los eventos que tuvieron que suceder para que ese sorpresivo encuentro se diera: Una vez la vida llegara a este planeta hace más de tres mil quinientos millones de años en forma de microscópicas entidades unicelulares, el proceso de elaboración de oxígeno a través de una primitiva fotosíntesis hizo posible que se inundara de oxígeno la atmósfera, lo que le daría paso, unos cuantos millones de años después, a los insectos en tomarse los aires con su trasnochador zumbido, insectos entre los cuales se encuentran los no voladores como lo son las pulgas. Ellas, hace cuatrocientos millones de años esperaban pelambre en el cual alojarse, pues en esos años se hallaban sin la compañía de mamíferos a la vista, apenas los peces estaban saliendo del agua en forma de Ictiostegas. Hace ciento cincuenta millones de años los Arcaeopterices, primeros reptiles voladores emplumados, decoraban los cielos, y los mamíferos aún ausentes en los suelos.... y las pulgas aún sin su peludo hospedaje ni su alimento. Pero de qué hablo, supongo que ni aún las pulgas ni existían. En fin, millones de años después vino la gran desaparición de los dinosaurios, con lo cual, atrapados sus restos entre capas y suelos rocosos, darían tímido inicio a lo que después serían los codiciados prados y desiertos bajo los cuales se hallaran los escondites del petróleo, y mientras este extraño oro negro aguardaba, el ser humano, hace cuarenta mil años atrás, haría su aparición como accidente cultural, diferenciándose de los demás animales por su dominio del fuego e invención de la rueda... y principalmente por someter a los demás animales. Así fuego, rueda, petróleo y mascotas se irían acercando poco a poco al escenario de lo que ví. Tuvo que suceder además que el ser humano se asociara geográficamente en grupos de casas lejos de los campos de agricultura, para lo cual los caminos de carretas fueran construidos dentro y fuera de los Burgos o primeras ciudades, y las pulgas ya estaban haciendo de las suyas a aquellos perros burgueses que no eran usados para cuidar las plantaciones ni el ganado vacuno ni bovino. Hablamos ya de setecientos años atrás, y un puñado de centenas de años más trascurrieron para la revolución industrial, lo cual sacaría de nuevo el rugir de los dinosaurios de sus subterráneos aposentos lúgubres, en forma de tranvías, trenes, y finalmente automóviles, por lo cuales muchos nuevos burgueses permitirían que los perritos ya sea de casa, de caza, o de raza se asomaran por las ventanas abiertas de aquellas máquinas. En una de esas salidas en auto de las mascotas, un perrito de raza, al verse estar al frente de la casa del veterinario a donde lo dirigirían para quitarle un ataque crónico de pulgas, saltaría por la ventana del carro y huiría hasta cruzar la avenida y hacer frenar al renacido dinosaurio llamado taxi, por el grito de la pasajera al taxista, anunciándole a tiempo y evitando que lo atropellara. Aquel perrito,  un simple y bello perrito, que para mí  nada tiene que ver con la pretensión pereque-burguesa de ser o no ser de raza, estaba citado en mi consultorio, en mi veterinaria, especializada entre otras cosas, en quitarle pulgas sin tener que matarlas, quedaría asustado y escondido bajo el chasis con la cola escondida entre las piernas, y tú saldrías de la puerta de atrás del taxi, en tu cita para un trabajo que no te darían, por llegar tarde a la entrevista para compadecerte del perrito. Al  salir corriendo de mi establecimento y llegar incluso antes que los llamados “dueños”, te invitaría a cenar y hasta me inventaría empleo para ti, e imaginaría una vida juntos, sí todo eso de sólo verte a ti y ver tu corazón puesto en el asustado perrito, con la perfecta excusa de agradecerte por haberlo salvado. Sí, mi querida compañera de diurno trabajo y noches de descanso desde hace dos años, anoche con guantes amarillos medité en todo esto, como si fuera ya millones de años de felicidad que llevamos viviendo juntos.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Suspiro. Afortunadamente, no todas las crónicas están tan crónicas. &lt;br /&gt;
Hoy he tenido que leer “Un taxi y muchas pulgas en mi yoga personal” a escondidas de Nandita, luego terminara su visita. Todo esto me hace sentir mal, pero no sé cómo solucionarlo. Cuando me preguntó del librito, me tuve que hacer la boba, suponer que tal vez lo tomó una de las enfermeras, y cambiar rápidamente de tema. Lo que le pasó anoche a las páginas de “Crónicas Crónicas”, me daba timidez contárselo. Las páginas aún huelen mucho a mí. Qué barbaridad. He querido contarle todo, pero, ¿qué le iba a decir sobre aquel accidente?¿estar “pensando” en una persona de otros dos Mundos, Mundos que no puedo probar que sólo sea imaginario? Creo que es similar al famoso túnel de luz del que algunos regresan, imposible de probar, incluso para ellos mismos, de haber traspasado el umbral, vivir cosas tras de éste y haber vuelto. &lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué sería lo más prudente, Innita, piensa, piensa, ¿alcaso alejarme de Nandita por que tal vez me estaba enamorando tres veces de la misma alucinación? Sí, tal vez sea lo mejor, lo más sensato. Vaya. Lo más sensato parece lo más desquiciado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué voy a hacer conmigo. Me espera otra de esa noches largas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8399860321/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
* &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
model / modelo:  Rachel Dashae&lt;/p&gt;</media:description>
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			<title>“Un taxi y muchas pulgas en mi yoga personal”</title>
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&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8399860321/&quot; title=&quot;“Un taxi y muchas pulgas en mi yoga personal”&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8463/8399860321_53d1e8279b_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;214&quot; alt=&quot;“Un taxi y muchas pulgas en mi yoga personal”&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Domingo, 20 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;El único ejercicio meditativo que en realidad extraño durante el día, por no desayunar ni almorzar en casa al salir a trabajar desde bien temprano es lavar platos, así que casi con rigurosa disciplina, luego de tomar la cena mi mente hace lo más parecido a mi versión de yoga: cada noche sumerjo mis pensamientos bajo el lavaplatos. Es un momento en que, mientras mis manos mojan giran y enjabonan la vajilla, los cubiertos, las ollas y demás utensilios necesitados en las artes culinarias, el resto de mí se eleva en una deliciosa meditación contemplativa.  Anoche, por ejemplo, entre grasa y desperdicios, medité sobre lo que hace un par de años pasó en la avenida que queda frente a mi trabajo: el freno repentino y fuerte de un oxidado taxi para evitar atropellar un fugado perrito de raza que cruzaba intempestivamente la calle. Me figuro todos los eventos que tuvieron que suceder para que ese sorpresivo encuentro se diera: Una vez la vida llegara a este planeta hace más de tres mil quinientos millones de años en forma de microscópicas entidades unicelulares, el proceso de elaboración de oxígeno a través de una primitiva fotosíntesis hizo posible que se inundara de oxígeno la atmósfera, lo que le daría paso, unos cuantos millones de años después, a los insectos en tomarse los aires con su trasnochador zumbido, insectos entre los cuales se encuentran los no voladores como lo son las pulgas. Ellas, hace cuatrocientos millones de años esperaban pelambre en el cual alojarse, pues en esos años se hallaban sin la compañía de mamíferos a la vista, apenas los peces estaban saliendo del agua en forma de Ictiostegas. Hace ciento cincuenta millones de años los Arcaeopterices, primeros reptiles voladores emplumados, decoraban los cielos, y los mamíferos aún ausentes en los suelos.... y las pulgas aún sin su peludo hospedaje ni su alimento. Pero de qué hablo, supongo que ni aún las pulgas ni existían. En fin, millones de años después vino la gran desaparición de los dinosaurios, con lo cual, atrapados sus restos entre capas y suelos rocosos, darían tímido inicio a lo que después serían los codiciados prados y desiertos bajo los cuales se hallaran los escondites del petróleo, y mientras este extraño oro negro aguardaba, el ser humano, hace cuarenta mil años atrás, haría su aparición como accidente cultural, diferenciándose de los demás animales por su dominio del fuego e invención de la rueda... y principalmente por someter a los demás animales. Así fuego, rueda, petróleo y mascotas se irían acercando poco a poco al escenario de lo que ví. Tuvo que suceder además que el ser humano se asociara geográficamente en grupos de casas lejos de los campos de agricultura, para lo cual los caminos de carretas fueran construidos dentro y fuera de los Burgos o primeras ciudades, y las pulgas ya estaban haciendo de las suyas a aquellos perros burgueses que no eran usados para cuidar las plantaciones ni el ganado vacuno ni bovino. Hablamos ya de setecientos años atrás, y un puñado de centenas de años más trascurrieron para la revolución industrial, lo cual sacaría de nuevo el rugir de los dinosaurios de sus subterráneos aposentos lúgubres, en forma de tranvías, trenes, y finalmente automóviles, por lo cuales muchos nuevos burgueses permitirían que los perritos ya sea de casa, de caza, o de raza se asomaran por las ventanas abiertas de aquellas máquinas. En una de esas salidas en auto de las mascotas, un perrito de raza, al verse estar al frente de la casa del veterinario a donde lo dirigirían para quitarle un ataque crónico de pulgas, saltaría por la ventana del carro y huiría hasta cruzar la avenida y hacer frenar al renacido dinosaurio llamado taxi, por el grito de la pasajera al taxista, anunciándole a tiempo y evitando que lo atropellara. Aquel perrito,  un simple y bello perrito, que para mí  nada tiene que ver con la pretensión pereque-burguesa de ser o no ser de raza, estaba citado en mi consultorio, en mi veterinaria, especializada entre otras cosas, en quitarle pulgas sin tener que matarlas, quedaría asustado y escondido bajo el chasis con la cola escondida entre las piernas, y tú saldrías de la puerta de atrás del taxi, en tu cita para un trabajo que no te darían, por llegar tarde a la entrevista para compadecerte del perrito. Al  salir corriendo de mi establecimento y llegar incluso antes que los llamados “dueños”, te invitaría a cenar y hasta me inventaría empleo para ti, e imaginaría una vida juntos, sí todo eso de sólo verte a ti y ver tu corazón puesto en el asustado perrito, con la perfecta excusa de agradecerte por haberlo salvado. Sí, mi querida compañera de diurno trabajo y noches de descanso desde hace dos años, anoche con guantes amarillos medité en todo esto, como si fuera ya millones de años de felicidad que llevamos viviendo juntos.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Suspiro. Afortunadamente, no todas las crónicas están tan crónicas. &lt;br /&gt;
Hoy he tenido que leer “Un taxi y muchas pulgas en mi yoga personal” a escondidas de Nandita, luego terminara su visita. Todo esto me hace sentir mal, pero no sé cómo solucionarlo. Cuando me preguntó del librito, me tuve que hacer la boba, suponer que tal vez lo tomó una de las enfermeras, y cambiar rápidamente de tema. Lo que le pasó anoche a las páginas de “Crónicas Crónicas”, me daba timidez contárselo. Las páginas aún huelen mucho a mí. Qué barbaridad. He querido contarle todo, pero, ¿qué le iba a decir sobre aquel accidente?¿estar “pensando” en una persona de otros dos Mundos, Mundos que no puedo probar que sólo sea imaginario? Creo que es similar al famoso túnel de luz del que algunos regresan, imposible de probar, incluso para ellos mismos, de haber traspasado el umbral, vivir cosas tras de éste y haber vuelto. &lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué sería lo más prudente, Innita, piensa, piensa, ¿alcaso alejarme de Nandita por que tal vez me estaba enamorando tres veces de la misma alucinación? Sí, tal vez sea lo mejor, lo más sensato. Vaya. Lo más sensato parece lo más desquiciado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué voy a hacer conmigo. Me espera otra de esa noches largas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8399860321/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
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    <media:description type="html">&lt;p&gt;Domingo, 20 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;El único ejercicio meditativo que en realidad extraño durante el día, por no desayunar ni almorzar en casa al salir a trabajar desde bien temprano es lavar platos, así que casi con rigurosa disciplina, luego de tomar la cena mi mente hace lo más parecido a mi versión de yoga: cada noche sumerjo mis pensamientos bajo el lavaplatos. Es un momento en que, mientras mis manos mojan giran y enjabonan la vajilla, los cubiertos, las ollas y demás utensilios necesitados en las artes culinarias, el resto de mí se eleva en una deliciosa meditación contemplativa.  Anoche, por ejemplo, entre grasa y desperdicios, medité sobre lo que hace un par de años pasó en la avenida que queda frente a mi trabajo: el freno repentino y fuerte de un oxidado taxi para evitar atropellar un fugado perrito de raza que cruzaba intempestivamente la calle. Me figuro todos los eventos que tuvieron que suceder para que ese sorpresivo encuentro se diera: Una vez la vida llegara a este planeta hace más de tres mil quinientos millones de años en forma de microscópicas entidades unicelulares, el proceso de elaboración de oxígeno a través de una primitiva fotosíntesis hizo posible que se inundara de oxígeno la atmósfera, lo que le daría paso, unos cuantos millones de años después, a los insectos en tomarse los aires con su trasnochador zumbido, insectos entre los cuales se encuentran los no voladores como lo son las pulgas. Ellas, hace cuatrocientos millones de años esperaban pelambre en el cual alojarse, pues en esos años se hallaban sin la compañía de mamíferos a la vista, apenas los peces estaban saliendo del agua en forma de Ictiostegas. Hace ciento cincuenta millones de años los Arcaeopterices, primeros reptiles voladores emplumados, decoraban los cielos, y los mamíferos aún ausentes en los suelos.... y las pulgas aún sin su peludo hospedaje ni su alimento. Pero de qué hablo, supongo que ni aún las pulgas ni existían. En fin, millones de años después vino la gran desaparición de los dinosaurios, con lo cual, atrapados sus restos entre capas y suelos rocosos, darían tímido inicio a lo que después serían los codiciados prados y desiertos bajo los cuales se hallaran los escondites del petróleo, y mientras este extraño oro negro aguardaba, el ser humano, hace cuarenta mil años atrás, haría su aparición como accidente cultural, diferenciándose de los demás animales por su dominio del fuego e invención de la rueda... y principalmente por someter a los demás animales. Así fuego, rueda, petróleo y mascotas se irían acercando poco a poco al escenario de lo que ví. Tuvo que suceder además que el ser humano se asociara geográficamente en grupos de casas lejos de los campos de agricultura, para lo cual los caminos de carretas fueran construidos dentro y fuera de los Burgos o primeras ciudades, y las pulgas ya estaban haciendo de las suyas a aquellos perros burgueses que no eran usados para cuidar las plantaciones ni el ganado vacuno ni bovino. Hablamos ya de setecientos años atrás, y un puñado de centenas de años más trascurrieron para la revolución industrial, lo cual sacaría de nuevo el rugir de los dinosaurios de sus subterráneos aposentos lúgubres, en forma de tranvías, trenes, y finalmente automóviles, por lo cuales muchos nuevos burgueses permitirían que los perritos ya sea de casa, de caza, o de raza se asomaran por las ventanas abiertas de aquellas máquinas. En una de esas salidas en auto de las mascotas, un perrito de raza, al verse estar al frente de la casa del veterinario a donde lo dirigirían para quitarle un ataque crónico de pulgas, saltaría por la ventana del carro y huiría hasta cruzar la avenida y hacer frenar al renacido dinosaurio llamado taxi, por el grito de la pasajera al taxista, anunciándole a tiempo y evitando que lo atropellara. Aquel perrito,  un simple y bello perrito, que para mí  nada tiene que ver con la pretensión pereque-burguesa de ser o no ser de raza, estaba citado en mi consultorio, en mi veterinaria, especializada entre otras cosas, en quitarle pulgas sin tener que matarlas, quedaría asustado y escondido bajo el chasis con la cola escondida entre las piernas, y tú saldrías de la puerta de atrás del taxi, en tu cita para un trabajo que no te darían, por llegar tarde a la entrevista para compadecerte del perrito. Al  salir corriendo de mi establecimento y llegar incluso antes que los llamados “dueños”, te invitaría a cenar y hasta me inventaría empleo para ti, e imaginaría una vida juntos, sí todo eso de sólo verte a ti y ver tu corazón puesto en el asustado perrito, con la perfecta excusa de agradecerte por haberlo salvado. Sí, mi querida compañera de diurno trabajo y noches de descanso desde hace dos años, anoche con guantes amarillos medité en todo esto, como si fuera ya millones de años de felicidad que llevamos viviendo juntos.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Suspiro. Afortunadamente, no todas las crónicas están tan crónicas. &lt;br /&gt;
Hoy he tenido que leer “Un taxi y muchas pulgas en mi yoga personal” a escondidas de Nandita, luego terminara su visita. Todo esto me hace sentir mal, pero no sé cómo solucionarlo. Cuando me preguntó del librito, me tuve que hacer la boba, suponer que tal vez lo tomó una de las enfermeras, y cambiar rápidamente de tema. Lo que le pasó anoche a las páginas de “Crónicas Crónicas”, me daba timidez contárselo. Las páginas aún huelen mucho a mí. Qué barbaridad. He querido contarle todo, pero, ¿qué le iba a decir sobre aquel accidente?¿estar “pensando” en una persona de otros dos Mundos, Mundos que no puedo probar que sólo sea imaginario? Creo que es similar al famoso túnel de luz del que algunos regresan, imposible de probar, incluso para ellos mismos, de haber traspasado el umbral, vivir cosas tras de éste y haber vuelto. &lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué sería lo más prudente, Innita, piensa, piensa, ¿alcaso alejarme de Nandita por que tal vez me estaba enamorando tres veces de la misma alucinación? Sí, tal vez sea lo mejor, lo más sensato. Vaya. Lo más sensato parece lo más desquiciado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Qué voy a hacer conmigo. Me espera otra de esa noches largas.&lt;br /&gt;
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&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8399860321/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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		</item>
		<item>
			<title>Había visto cuán dificíl eran todos entre sí, cuán prepotentes, cuán hipócritas. No le dio tristeza el ver tanta apariencia, por el contrario, le dio miedo soltarse de ese juego.</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8395309645/</link>
			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8395309645/&quot; title=&quot;Había visto cuán dificíl eran todos entre sí, cuán prepotentes, cuán hipócritas. No le dio tristeza el ver tanta apariencia, por el contrario, le dio miedo soltarse de ese juego.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8372/8395309645_3435f78258_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;212&quot; alt=&quot;Había visto cuán dificíl eran todos entre sí, cuán prepotentes, cuán hipócritas. No le dio tristeza el ver tanta apariencia, por el contrario, le dio miedo soltarse de ese juego.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Sábado, 19 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;… y habiéndose gritado un regaño a sí misma, en su mente para que nadie la oyera, cuando faltaban dos minutos para recibir el premio a Mejor Embajadora Cultural, Liz Caro Veláez volvió a cerrar los botones del disfraz de difícil, y su experimento en aquella Luna de aquel Jupíter de aquel Siglo de aquella Humanidad, experimento que con sorpresa había girado y le había servido todo en bandeja de plata para que pudiera ser feliz y sencilla y amada y amante y fácil, había sido en vano. Había visto cuán dificíl eran todos entre sí, cuán prepotentes, cuán hipócritas. No le dio tristeza el ver tanta apariencia, por el contrario, le dio miedo soltarse de ese juego. En el último botón que le faltaba por desanudar su vestido, desprenderse de él y mostrar su origen terrícola, le dio miedo perder todo eso al no llevar, como todos ellos, el mismo disfraz. Cobardía. No quería ser la heroína de sus tiempos. Sacrificar toda su imagen en aras de un amor. No quería ser una modelo a seguir, así fuera la Presidenta de Asuntos Conyugales Interplanetarios. Como es el destino con muchos bípedos, su propio oficio reflejaba su propia carencia, relatado a manera de cinismo seco, cinismo sin risa. Como un sicólogo que necesita terapia. Un Beethoven perdiendo el oído. Un Titanic que traduce 'advertencia, titánicamente frágil'. Liz Caro Veláez pudo ser fácil y amada, ser ella misma la isla de su presente entre las aguas turbulentas de su pasado. Pero no, después de ciento veinticinco días lunares de sexo a escondidas Liz Caro Veláez desechó aquel hombre, aquel amante secreto, al verlo y oirlo por primera vez tal cual era, un ser mucho más fácil que lo que ella podía sospechar, y se asustó. Siglos atrás, ser fácil había ganado el peyorativo de barato entre las diversas sociedades del Sistema Solar, tal como las cosas gratuitas habían perdido el valor de obsequio. Si ser fácil era sinónimo de ser una cualquiera, regalar algo se había convertido en desesperarse. Por eso mismo, y en el último momento de tantas cosas vividas y cosntruidas en clandestinidad con su Fabio, su fácil amante que había hasta dejado atrás su apellido por ella, Liz Caro Veláez prefirió aferrarse a su espectacular, envidiado y carísimo juego de vibradores -porque ser complicada y consolarse con tubos y líquidos electronizados era un status que mantenía flameante su exitosa vida pública- que soportar el destierro de las mieles de fama y fortuna que le implicaría vivir de manera sencilla con un hombre nacido en la Tierra, sí, terrícola como ella, algo que sólo a él le había revelado. Así que en aquella cocina del Salón de Eventos, a pocos metros de los aplausos que ya la llamaban para reclamar su premio, solucionando el dilema de salvar su vestido o salvar su hombre, Liz Caro Veláez dejó, con una sonrisa empezando a ser ensayada para su público, que el terrícola cayera por la Trituradora de Desperdicios Importados.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Aich. Después de tantas páginas de leer y leer cómo Liz Caro se iba transformando, yo sí creí que iba a salvar a Fabio y escaparse volando con él. Además, con ese título, “el oficio de ser crisálida”, sumado al tono optimista y alegrón que mantenía el cuentico..., bah, pero no era más sino un tonito traicionero. Grrr. Ni mandado a hacer para alimentar mi usual paranoia. &lt;br /&gt;
Al menos todas las “Crónicas Crónicas” que he leído esta madrugada han entretenido mi insomnio, y hasta ya me siento adormecer. Ya casi termino todo el librito. Desde anoche he estado muy ansiosa. Hoy llega Nandita aquí a Medellín. Patricio Telar ha salido de su tercer coma, de casi dos meses, el más corto de  los que ha tenido. Y claro, Nandita no ha estado sino feliz que la he imaginado brincando y brincando de la dicha con toda la euforia que irradia su voz. Tanto ayer como el jueves no hemos hecho sino sostener largas conversaciones por celu. Horas y horas, y varias veces al día. No sé qué tipo de plan de pago tenga su fono, pero de ser mi caso, con eso costearía buena parte de mi vuelo de regreso a Bogotá. Mientras me dan por fin de alta, sólo me resta esperar. Ya quiero volver, retomar mi música, mis cosas y sobre todo, arruncharme con Gatástrofe. Los maulliditos que le he oido cuando Nandita la puso cerquita al fono me han encogido el corazón, de tan lejano que ya veo la última vez que la apreté entre mis brazos. Su felpudo cuerpecito color noche... recuerdo que… me hacían dormir... rá... pi...do...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Estás muy fría, Innita. Debió ser una pesadilla- me dijo Nandita colocando los nudillos sobre mi frente, luego sobre mis mejillas y sobre mi esternón, semejando el inicio de una cita médica. Pero no era un nuevo juego de roles, Nandita estaba, a pesar de su abyecta expresión, repentinamente sobresaltada, ya que a diferencia de ella, mi cara estaría revelando tal cual me sentía, asustada, ajena, …extraterrestre. ¿Cuánto dormí, qué hora era ya para que Nandita estuviera aquí en el hospital? Giro mi cabeza a ver los números del reloj digital de la mesita. Once am pasadas.&lt;br /&gt;
-De nuevo, ese otro sueño repetitivo, Nandita. Hacía meses no lo tenía. Mira, la úlltima vez fue desde antes de conocerte. No le podría llamar pesadilla, hay algo en él que, aunque me angustia, me tranquiliza. No sé como más decirte lo que me hace sentir- le dije, levemente temblorosa sin quitarle de su rostro mi asustadiza mirada.&lt;br /&gt;
-¿Cuál sueño?- Nandita desenfundó en su entrecejo un poco de mezcla de preocupación maternal con celosos reclamos, por no haberle sido partícipe mucho antes de algo que claramente parecía importante dentro de mi vida. Tomé un poco del vaso de agua que ella me acercó, con pausa, dejando que el agite, eco de mi hiperventilación, bajara, a la vez que con ello ganara un poco de tiempo para contarle mi secreto, o al menos una parte de él.&lt;br /&gt;
-Soñé de nuevo ese sueño que le llamo “zambullida”. En ese sueño, hago lo que hacía mucho cuando tenía unos siete años: estoy en un parque, a la intemperie de un día algo nublado, algo soelado. Me hallo al revés, en pirueta, las manos y cabeza en el pasto y mis piernas las tiro para arriba, y me quedo así tan largo rato hasta que me da la sensación que el suelo, el prado, fuera el techo y las nubes, allá abajo, lejos lejos, fueran el suelo. Al estar así al revés es como si pudiera pegarme al techo, como una araña, aferrándome al pasto para no caer, sintiéndome en un lugar muy muy alto. Pero las nubes me atraen, a manera de vértigo invertido, hasta que finalmente dejo que mis apretados dedos cedan y se abran, dejen de agarrar las hojas y me suelto del techo, del pasto. Empiezo a caer para arriba. Primero es lento y después se acelera y acelera y acelera, es una caída larga, muy larga. Veo que el parque se ha convertido en toda una ciudad, y la ciudad se aleja y se empequeñece entre una gran zona verde, y la zona verde retrocede y retrocede, y tengo casi la visión que se tiene desde lo alto al estar viajando en un avión, pero me sigo elevando, hasta que veo ya también el mar y el océano y hasta el continente. Se me crispan los nervios pero áun así sigo atenta y no desmayo sino que por el contrario la adrenalina aumenta, es un sentimiento pegajoso, una melcocha de delirio y alegría.  Y este sentimiento pegajoso se vuelve resbaladizo cuando veo, no sólo los continentes sino el arco de redondez de la Tierra, y luego todo el planeta, y luego veo a mi lado el resplandor metálico de algunos satélites que pasan tan cerca de mí que parece que yo fuera a golpearme con ellos, pero ni me rozan y siguen a mi lado y los veo empequeñecerse también, y algo más lejos a la Luna que también se aleja, y una sensación muy fría es absorbida en mi cuerpo, hasta helar la médula de mis huesos. Y sigo cayendo más y más arriba. Luego veo a Venus, y luego a Mercurio, y luego otros dos pequeños planetas que no parecen haber sido detectados, y ahí es cuando volteo mi cabeza y veo que me dirijo directo al Sol.&lt;br /&gt;
Mi mano coge de nuevo el vaso de la mesita para atragantarme con un nuevo sorbo. El acto me resulta en un toser bruscamente porque el rápido impulso de líquido se me va un poco por la nariz. Luego de estornudar el líquido, Nandita coge el vaso, me alcanza el borde de la sábana y limpia mi cara. Jadeo desacelerándome, respiro profundo, la miro, me mira.&lt;br /&gt;
-Si quieres continuas después- me dice, de nuevo en su gesto de la joven madura que ella es para mí, tan amable como preocupada.&lt;br /&gt;
-Ya, ya -digo abriendo mis palmas, con una sonrisa débil y párpados medio caídos, y retomo el relato del sueño-. El Sol empieza a ocupar toda el área donde me hallo. El altísimo calor, sin embargo me es reconfortante, haciéndome desaparecer el breve pero inmisericorde frío en el que el firmamento me había envuelto. Ahora el Sol parece mi destino de aterrizaje, se invierte mi orientación: siento que caigo hacia abajo, hacia la inmensa esfera incandescente, y ahora la Tierra es el arriba, lejos, lejos, como un diminuto y accidentado adorno azul, un lunar, apenas reconocible, mimetizado por su opacidad en la panorámica que hago del rostro del espacio. Y ya cerca del Sol entonces te veo a ti, ahí abajo, dentro de una nave espacial, sin ser nave espacial sino metamorfoseada, como uno de esos Transformers de la serie, pero en vez de ser partes reubicadas de un carro o de un camión, las partes son de tu apartamento, con las paredes reconfiguradas- Nandita sonríe tierna.&lt;br /&gt;
-Me acabas de hacer recordar un cuento, pero sigue- me dice mi Hernanda Telar con los párpados entelados, totalmente puestos en mí, con un gesto muy infantil que no le conocía. Su carita me hace sonreír, le doy un pico rápido en sus labios y prosigo.&lt;br /&gt;
-Mis manos llegan y se cogen de la nave, quedo colgando de ella con mis pies hacia el Sol, y abres la escotilla, que es la puerta de tu apartamento, y sales en traje espacial. Yo, que no me había percatado cómo estaba, me doy cuenta que estoy en bikini- miro al vacío un momento y luego a  Nandita-; por eso a este sueño repetitivo le llamo la zambullida: casi siempre me sucede en él que me lanzo desde la Tierra al Sol como si fuera salto desde un trampolín a la piscina,  pero en la versión que soñé ahoritica estás tú con tu nave y termina diferente. &lt;br /&gt;
¿Me veo preocupada? Nandita me ve inquieta y ella misma también se pone algo inquieta, contagiada. Aunque seguimos sentadas en la cama, yo bajo la delgada sábana y ella en el borde, me da la sensación que ella se hubiera puesto de pie y se hubiera puesto a caminar, de lo angustiada que súbitamente se ve.&lt;br /&gt;
-En tu traje espacial te acercas a mí y me extiendes la mano, y yo no me quiero soltar de la nave. Me preguntas que qué pasa. Te digo que tengo ganas de sumergirme porque para eso llevo mi vestido de baño, pero que también veo que no trajiste el tuyo. Me dices que no importa, que yo haga de cuenta que ese traje espacial es un vestido de buzo, o mejor aún una escafandra, y me sonrío. Acepto tu mano y estamos paradas en aquel borde de tu nave-apartamento; todo parece detenerse cuando nos vemos, hasta las llamaradas del sol, que son como olas de mar, quedan detenidas por ese breve instante. Luego te subes el vidrio de tu casco, me abrazas fuertemente y nos besamos. Perdidas en el beso, encontradas nuestras lenguas, voluntariamente nos dejamos resbalar del borde de la nave para caer al Sol, y aunque parecía que estamos cerca de su superficie por lo inmensa que la estrella se ve, la caída resulta ser muy larga y el beso se extiende y se extiende mientras caemos -me interrumpo con un suspiro fuerte y largo preparándome para contar el final-, y al hacer contacto, yo atravieso el Sol, que es líquido, me sumerjo dentro de él, pero tú mi Nandita, tú te quedas flotando como balsa sobre la oceánica superficie, dentro de tu traje espacial, sujetando apenas mi bikini, y me miro, viéndome desnuda y sumergida, pero sin ti, y te miro allá arriba, a través del cristalino mas incandescente, al vaivén del mar solar. Y cuando nado rumbo a la superficie, hacia ti, y saco mi cabeza a flote, ya no estás, ni tú ni tu traje ni mi bikini. Estoy desnuda, sola y flotando en el océano líquido que es el Sol. Y ya viste, termina abrutamente el sueño despertándome con susto.&lt;br /&gt;
Quedo en silencio, me desinflo un poco sacando aire por mi nariz a manera de enfado y desencanto.  Mi labio inferior tiembla. Nandita me mira descifrando la importancia que el sueño ha tatuado en el gesto de mi cara. Tengo ganas de llorar. Nandita me abraza, y al apretarme, un par de lágrimas se escurren sin voluntad sobre mis pecas. De cuándo a acá me he vuelto más y más llorona. Qué pereza. Ella, en gesto automático, me planta un beso entre mi oreja y mis cerrados y temblorosos párpados, como en la sien. Sus labios siguen adheridos a mi piel, fuertemente, por un largo rato, mientras más lágrimas escurren rendidas por mi cara. &lt;br /&gt;
-Debe ser ese cuento que leí antes de quedarme dormida, ese de Liz Caro, ese descaro- le digo, como con tardío puchero que no rima con la cara de una jovencita post-adolescente, y ella me ve con ternura pero algo perdida sin saber realmente de qué cuento le hablo. Mi brazo izquierdo se hace maña para salir del abrazo y señala el libro sobre la mesita, delatándolo,  como si él fuera el niño que rompió el vidrio con su balón.&lt;br /&gt;
-Ahmm...- dice, estirando su cuello hacia él, sin soltarme, con curiosidad. &lt;br /&gt;
El abrazo se vuelve un poco más fuerte y logra exprimirme un par de microoceános más de mis ojos, hasta que me hago consciente que la zambullida fue sólo un sueño, que El Oficio De Ser Crisálida fue sólo un cuento, y que por el contrario Nandita sí está allí, conmigo, a mi lado, y me calmo. El silencio de todo ese largo rato es algo muy bello y le dirijo un sonoro gracias sin mirarla, sólo apretada ahí entre sus brazos, con mi mirada perdida en algún repliegue de la cortina de la habitación. Luego la miro, y su mirada también me busca. Sonreímos levemente y Nandita y yo nos desprendemos para recostarme en la almohada. Minutos después llega Adaluz, la enfermera, a un breve chequeo médico. Cuando revisa  mis ojos no hace ninguna alusión ni pregunta alguna, pues ella parece saber que yo supe que se dio cuenta que lloré. Anota unas cosas en su pequeño tablero digital y vuelve a salir pronunciando un cálido “permiso” sonrisado. Al rato, las horas gastadas en el insomnio las reclama mi cuerpo, y, mientras veo que Nandita me sonríe, extiende su brazo a la mesita para coger “Crónicas Crónicas” y se sienta de nuevo ahí en el borde de la cama para disponerse a leerlo, quedo fundida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Horas después me despierto sin susto pero muy excitada en mitad de la penumbra de las nueve pm pasadas que marca el reloj, sin recordar ni siquiera si tuve un sueño húmedo, y acaricio vorazmente mi entrepierna, dejando que mis dedos afanosos se hundan entre mi vagina enlagunada, mientras con mi otra mano acaricio mis senos, pellizco mis pezones, dejando que luego resbale por todo mi vientre como gota de sudor hasta apretar mis muslos internos y chocarse con mi otra mano y no interrumpar tan dulce y salvaje tarea, y pasa de largo en busca de mis nalgas, y gimo violentamente, y pienso en el descaro de Liz Caro Veláez y le cambio el final al cuento asumiendo su papel, y me imagino a mí misma como Liz Caro Veláez desnudándome, y salvo a Fabio de ser triturado, y dejo que se acerque y me penetre, como si el destino de aquellas nuevas páginas no escritas dependiera de ello, y me penetro y me despenentro y así una y otra vez, dándole a mis dedos el rol de su sexo dentro de mí, dentro de la otra Liz Caro, la que quiso y pudo y logró haber sido valiente, excitada, vulnerable, expuesta, repitiendo su nombre, Fabio, Fabio, aquel hombre fácil y sencillo que renunció hasta a sus apellidos, ahora juntos en la cocina de aquel teatro de aquella Luna Jupiteriana, y muevo mi pelvis en un vertiginoso choque de adelante y atrás, adelante y atrás contra mis dedos, aquí sobre la cama de hospital, vislumbrándome en aquella mesa de aquel satélite, Fabio, Fabio, soy tu Liz, tu luz, tu noche, toda tuya, me apuro, me apuro, mi clítoris erecto y empapado me reclama con prisa entre contracción y contracción, tengo prisa como si fuera a morir, con el remedo de muerte que perfuma todo mi pubis son aroma a sexo en el borde del orgasmo, y se me viene una imagen vívida, así de la nada, de aquella versión masculina de mi bióloga, aquella escena vivida en El Recuerdo en que le planté una cachetada antes que un beso, mi No, mi No, sí,  me veo decir ya en el clímax que me mata sin matarme devorando con mi pubis el pubis de mi No,  aquel otro nombre y hombre que dejó atrás su apellido, y muero sin morir, extasiada, orgasmizada, para descender de los cielos de la Luna de Júpiter y caer rendida en las sábanas, viendo cómo el jugo venido de mi pubis ha fundido ilegiblemente la tinta de los nombres de Liz Caro y Fabio sobre las páginas del librito que sin recordar cuándo puse bajo mis nalgas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8395309645/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Sat, 19 Jan 2013 12:54:10 -0800</pubDate>
			                        <dc:date.Taken>2013-01-19T15:51:44-08:00</dc:date.Taken>
            			<author flickr:profile="http://www.flickr.com/people/noparainnita/">nobody@flickr.com (no para innita)</author>
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    <media:title>Había visto cuán dificíl eran todos entre sí, cuán prepotentes, cuán hipócritas. No le dio tristeza el ver tanta apariencia, por el contrario, le dio miedo soltarse de ese juego.</media:title>
    <media:description type="html">&lt;p&gt;Sábado, 19 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;… y habiéndose gritado un regaño a sí misma, en su mente para que nadie la oyera, cuando faltaban dos minutos para recibir el premio a Mejor Embajadora Cultural, Liz Caro Veláez volvió a cerrar los botones del disfraz de difícil, y su experimento en aquella Luna de aquel Jupíter de aquel Siglo de aquella Humanidad, experimento que con sorpresa había girado y le había servido todo en bandeja de plata para que pudiera ser feliz y sencilla y amada y amante y fácil, había sido en vano. Había visto cuán dificíl eran todos entre sí, cuán prepotentes, cuán hipócritas. No le dio tristeza el ver tanta apariencia, por el contrario, le dio miedo soltarse de ese juego. En el último botón que le faltaba por desanudar su vestido, desprenderse de él y mostrar su origen terrícola, le dio miedo perder todo eso al no llevar, como todos ellos, el mismo disfraz. Cobardía. No quería ser la heroína de sus tiempos. Sacrificar toda su imagen en aras de un amor. No quería ser una modelo a seguir, así fuera la Presidenta de Asuntos Conyugales Interplanetarios. Como es el destino con muchos bípedos, su propio oficio reflejaba su propia carencia, relatado a manera de cinismo seco, cinismo sin risa. Como un sicólogo que necesita terapia. Un Beethoven perdiendo el oído. Un Titanic que traduce 'advertencia, titánicamente frágil'. Liz Caro Veláez pudo ser fácil y amada, ser ella misma la isla de su presente entre las aguas turbulentas de su pasado. Pero no, después de ciento veinticinco días lunares de sexo a escondidas Liz Caro Veláez desechó aquel hombre, aquel amante secreto, al verlo y oirlo por primera vez tal cual era, un ser mucho más fácil que lo que ella podía sospechar, y se asustó. Siglos atrás, ser fácil había ganado el peyorativo de barato entre las diversas sociedades del Sistema Solar, tal como las cosas gratuitas habían perdido el valor de obsequio. Si ser fácil era sinónimo de ser una cualquiera, regalar algo se había convertido en desesperarse. Por eso mismo, y en el último momento de tantas cosas vividas y cosntruidas en clandestinidad con su Fabio, su fácil amante que había hasta dejado atrás su apellido por ella, Liz Caro Veláez prefirió aferrarse a su espectacular, envidiado y carísimo juego de vibradores -porque ser complicada y consolarse con tubos y líquidos electronizados era un status que mantenía flameante su exitosa vida pública- que soportar el destierro de las mieles de fama y fortuna que le implicaría vivir de manera sencilla con un hombre nacido en la Tierra, sí, terrícola como ella, algo que sólo a él le había revelado. Así que en aquella cocina del Salón de Eventos, a pocos metros de los aplausos que ya la llamaban para reclamar su premio, solucionando el dilema de salvar su vestido o salvar su hombre, Liz Caro Veláez dejó, con una sonrisa empezando a ser ensayada para su público, que el terrícola cayera por la Trituradora de Desperdicios Importados.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
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Aich. Después de tantas páginas de leer y leer cómo Liz Caro se iba transformando, yo sí creí que iba a salvar a Fabio y escaparse volando con él. Además, con ese título, “el oficio de ser crisálida”, sumado al tono optimista y alegrón que mantenía el cuentico..., bah, pero no era más sino un tonito traicionero. Grrr. Ni mandado a hacer para alimentar mi usual paranoia. &lt;br /&gt;
Al menos todas las “Crónicas Crónicas” que he leído esta madrugada han entretenido mi insomnio, y hasta ya me siento adormecer. Ya casi termino todo el librito. Desde anoche he estado muy ansiosa. Hoy llega Nandita aquí a Medellín. Patricio Telar ha salido de su tercer coma, de casi dos meses, el más corto de  los que ha tenido. Y claro, Nandita no ha estado sino feliz que la he imaginado brincando y brincando de la dicha con toda la euforia que irradia su voz. Tanto ayer como el jueves no hemos hecho sino sostener largas conversaciones por celu. Horas y horas, y varias veces al día. No sé qué tipo de plan de pago tenga su fono, pero de ser mi caso, con eso costearía buena parte de mi vuelo de regreso a Bogotá. Mientras me dan por fin de alta, sólo me resta esperar. Ya quiero volver, retomar mi música, mis cosas y sobre todo, arruncharme con Gatástrofe. Los maulliditos que le he oido cuando Nandita la puso cerquita al fono me han encogido el corazón, de tan lejano que ya veo la última vez que la apreté entre mis brazos. Su felpudo cuerpecito color noche... recuerdo que… me hacían dormir... rá... pi...do...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
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-Estás muy fría, Innita. Debió ser una pesadilla- me dijo Nandita colocando los nudillos sobre mi frente, luego sobre mis mejillas y sobre mi esternón, semejando el inicio de una cita médica. Pero no era un nuevo juego de roles, Nandita estaba, a pesar de su abyecta expresión, repentinamente sobresaltada, ya que a diferencia de ella, mi cara estaría revelando tal cual me sentía, asustada, ajena, …extraterrestre. ¿Cuánto dormí, qué hora era ya para que Nandita estuviera aquí en el hospital? Giro mi cabeza a ver los números del reloj digital de la mesita. Once am pasadas.&lt;br /&gt;
-De nuevo, ese otro sueño repetitivo, Nandita. Hacía meses no lo tenía. Mira, la úlltima vez fue desde antes de conocerte. No le podría llamar pesadilla, hay algo en él que, aunque me angustia, me tranquiliza. No sé como más decirte lo que me hace sentir- le dije, levemente temblorosa sin quitarle de su rostro mi asustadiza mirada.&lt;br /&gt;
-¿Cuál sueño?- Nandita desenfundó en su entrecejo un poco de mezcla de preocupación maternal con celosos reclamos, por no haberle sido partícipe mucho antes de algo que claramente parecía importante dentro de mi vida. Tomé un poco del vaso de agua que ella me acercó, con pausa, dejando que el agite, eco de mi hiperventilación, bajara, a la vez que con ello ganara un poco de tiempo para contarle mi secreto, o al menos una parte de él.&lt;br /&gt;
-Soñé de nuevo ese sueño que le llamo “zambullida”. En ese sueño, hago lo que hacía mucho cuando tenía unos siete años: estoy en un parque, a la intemperie de un día algo nublado, algo soelado. Me hallo al revés, en pirueta, las manos y cabeza en el pasto y mis piernas las tiro para arriba, y me quedo así tan largo rato hasta que me da la sensación que el suelo, el prado, fuera el techo y las nubes, allá abajo, lejos lejos, fueran el suelo. Al estar así al revés es como si pudiera pegarme al techo, como una araña, aferrándome al pasto para no caer, sintiéndome en un lugar muy muy alto. Pero las nubes me atraen, a manera de vértigo invertido, hasta que finalmente dejo que mis apretados dedos cedan y se abran, dejen de agarrar las hojas y me suelto del techo, del pasto. Empiezo a caer para arriba. Primero es lento y después se acelera y acelera y acelera, es una caída larga, muy larga. Veo que el parque se ha convertido en toda una ciudad, y la ciudad se aleja y se empequeñece entre una gran zona verde, y la zona verde retrocede y retrocede, y tengo casi la visión que se tiene desde lo alto al estar viajando en un avión, pero me sigo elevando, hasta que veo ya también el mar y el océano y hasta el continente. Se me crispan los nervios pero áun así sigo atenta y no desmayo sino que por el contrario la adrenalina aumenta, es un sentimiento pegajoso, una melcocha de delirio y alegría.  Y este sentimiento pegajoso se vuelve resbaladizo cuando veo, no sólo los continentes sino el arco de redondez de la Tierra, y luego todo el planeta, y luego veo a mi lado el resplandor metálico de algunos satélites que pasan tan cerca de mí que parece que yo fuera a golpearme con ellos, pero ni me rozan y siguen a mi lado y los veo empequeñecerse también, y algo más lejos a la Luna que también se aleja, y una sensación muy fría es absorbida en mi cuerpo, hasta helar la médula de mis huesos. Y sigo cayendo más y más arriba. Luego veo a Venus, y luego a Mercurio, y luego otros dos pequeños planetas que no parecen haber sido detectados, y ahí es cuando volteo mi cabeza y veo que me dirijo directo al Sol.&lt;br /&gt;
Mi mano coge de nuevo el vaso de la mesita para atragantarme con un nuevo sorbo. El acto me resulta en un toser bruscamente porque el rápido impulso de líquido se me va un poco por la nariz. Luego de estornudar el líquido, Nandita coge el vaso, me alcanza el borde de la sábana y limpia mi cara. Jadeo desacelerándome, respiro profundo, la miro, me mira.&lt;br /&gt;
-Si quieres continuas después- me dice, de nuevo en su gesto de la joven madura que ella es para mí, tan amable como preocupada.&lt;br /&gt;
-Ya, ya -digo abriendo mis palmas, con una sonrisa débil y párpados medio caídos, y retomo el relato del sueño-. El Sol empieza a ocupar toda el área donde me hallo. El altísimo calor, sin embargo me es reconfortante, haciéndome desaparecer el breve pero inmisericorde frío en el que el firmamento me había envuelto. Ahora el Sol parece mi destino de aterrizaje, se invierte mi orientación: siento que caigo hacia abajo, hacia la inmensa esfera incandescente, y ahora la Tierra es el arriba, lejos, lejos, como un diminuto y accidentado adorno azul, un lunar, apenas reconocible, mimetizado por su opacidad en la panorámica que hago del rostro del espacio. Y ya cerca del Sol entonces te veo a ti, ahí abajo, dentro de una nave espacial, sin ser nave espacial sino metamorfoseada, como uno de esos Transformers de la serie, pero en vez de ser partes reubicadas de un carro o de un camión, las partes son de tu apartamento, con las paredes reconfiguradas- Nandita sonríe tierna.&lt;br /&gt;
-Me acabas de hacer recordar un cuento, pero sigue- me dice mi Hernanda Telar con los párpados entelados, totalmente puestos en mí, con un gesto muy infantil que no le conocía. Su carita me hace sonreír, le doy un pico rápido en sus labios y prosigo.&lt;br /&gt;
-Mis manos llegan y se cogen de la nave, quedo colgando de ella con mis pies hacia el Sol, y abres la escotilla, que es la puerta de tu apartamento, y sales en traje espacial. Yo, que no me había percatado cómo estaba, me doy cuenta que estoy en bikini- miro al vacío un momento y luego a  Nandita-; por eso a este sueño repetitivo le llamo la zambullida: casi siempre me sucede en él que me lanzo desde la Tierra al Sol como si fuera salto desde un trampolín a la piscina,  pero en la versión que soñé ahoritica estás tú con tu nave y termina diferente. &lt;br /&gt;
¿Me veo preocupada? Nandita me ve inquieta y ella misma también se pone algo inquieta, contagiada. Aunque seguimos sentadas en la cama, yo bajo la delgada sábana y ella en el borde, me da la sensación que ella se hubiera puesto de pie y se hubiera puesto a caminar, de lo angustiada que súbitamente se ve.&lt;br /&gt;
-En tu traje espacial te acercas a mí y me extiendes la mano, y yo no me quiero soltar de la nave. Me preguntas que qué pasa. Te digo que tengo ganas de sumergirme porque para eso llevo mi vestido de baño, pero que también veo que no trajiste el tuyo. Me dices que no importa, que yo haga de cuenta que ese traje espacial es un vestido de buzo, o mejor aún una escafandra, y me sonrío. Acepto tu mano y estamos paradas en aquel borde de tu nave-apartamento; todo parece detenerse cuando nos vemos, hasta las llamaradas del sol, que son como olas de mar, quedan detenidas por ese breve instante. Luego te subes el vidrio de tu casco, me abrazas fuertemente y nos besamos. Perdidas en el beso, encontradas nuestras lenguas, voluntariamente nos dejamos resbalar del borde de la nave para caer al Sol, y aunque parecía que estamos cerca de su superficie por lo inmensa que la estrella se ve, la caída resulta ser muy larga y el beso se extiende y se extiende mientras caemos -me interrumpo con un suspiro fuerte y largo preparándome para contar el final-, y al hacer contacto, yo atravieso el Sol, que es líquido, me sumerjo dentro de él, pero tú mi Nandita, tú te quedas flotando como balsa sobre la oceánica superficie, dentro de tu traje espacial, sujetando apenas mi bikini, y me miro, viéndome desnuda y sumergida, pero sin ti, y te miro allá arriba, a través del cristalino mas incandescente, al vaivén del mar solar. Y cuando nado rumbo a la superficie, hacia ti, y saco mi cabeza a flote, ya no estás, ni tú ni tu traje ni mi bikini. Estoy desnuda, sola y flotando en el océano líquido que es el Sol. Y ya viste, termina abrutamente el sueño despertándome con susto.&lt;br /&gt;
Quedo en silencio, me desinflo un poco sacando aire por mi nariz a manera de enfado y desencanto.  Mi labio inferior tiembla. Nandita me mira descifrando la importancia que el sueño ha tatuado en el gesto de mi cara. Tengo ganas de llorar. Nandita me abraza, y al apretarme, un par de lágrimas se escurren sin voluntad sobre mis pecas. De cuándo a acá me he vuelto más y más llorona. Qué pereza. Ella, en gesto automático, me planta un beso entre mi oreja y mis cerrados y temblorosos párpados, como en la sien. Sus labios siguen adheridos a mi piel, fuertemente, por un largo rato, mientras más lágrimas escurren rendidas por mi cara. &lt;br /&gt;
-Debe ser ese cuento que leí antes de quedarme dormida, ese de Liz Caro, ese descaro- le digo, como con tardío puchero que no rima con la cara de una jovencita post-adolescente, y ella me ve con ternura pero algo perdida sin saber realmente de qué cuento le hablo. Mi brazo izquierdo se hace maña para salir del abrazo y señala el libro sobre la mesita, delatándolo,  como si él fuera el niño que rompió el vidrio con su balón.&lt;br /&gt;
-Ahmm...- dice, estirando su cuello hacia él, sin soltarme, con curiosidad. &lt;br /&gt;
El abrazo se vuelve un poco más fuerte y logra exprimirme un par de microoceános más de mis ojos, hasta que me hago consciente que la zambullida fue sólo un sueño, que El Oficio De Ser Crisálida fue sólo un cuento, y que por el contrario Nandita sí está allí, conmigo, a mi lado, y me calmo. El silencio de todo ese largo rato es algo muy bello y le dirijo un sonoro gracias sin mirarla, sólo apretada ahí entre sus brazos, con mi mirada perdida en algún repliegue de la cortina de la habitación. Luego la miro, y su mirada también me busca. Sonreímos levemente y Nandita y yo nos desprendemos para recostarme en la almohada. Minutos después llega Adaluz, la enfermera, a un breve chequeo médico. Cuando revisa  mis ojos no hace ninguna alusión ni pregunta alguna, pues ella parece saber que yo supe que se dio cuenta que lloré. Anota unas cosas en su pequeño tablero digital y vuelve a salir pronunciando un cálido “permiso” sonrisado. Al rato, las horas gastadas en el insomnio las reclama mi cuerpo, y, mientras veo que Nandita me sonríe, extiende su brazo a la mesita para coger “Crónicas Crónicas” y se sienta de nuevo ahí en el borde de la cama para disponerse a leerlo, quedo fundida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Horas después me despierto sin susto pero muy excitada en mitad de la penumbra de las nueve pm pasadas que marca el reloj, sin recordar ni siquiera si tuve un sueño húmedo, y acaricio vorazmente mi entrepierna, dejando que mis dedos afanosos se hundan entre mi vagina enlagunada, mientras con mi otra mano acaricio mis senos, pellizco mis pezones, dejando que luego resbale por todo mi vientre como gota de sudor hasta apretar mis muslos internos y chocarse con mi otra mano y no interrumpar tan dulce y salvaje tarea, y pasa de largo en busca de mis nalgas, y gimo violentamente, y pienso en el descaro de Liz Caro Veláez y le cambio el final al cuento asumiendo su papel, y me imagino a mí misma como Liz Caro Veláez desnudándome, y salvo a Fabio de ser triturado, y dejo que se acerque y me penetre, como si el destino de aquellas nuevas páginas no escritas dependiera de ello, y me penetro y me despenentro y así una y otra vez, dándole a mis dedos el rol de su sexo dentro de mí, dentro de la otra Liz Caro, la que quiso y pudo y logró haber sido valiente, excitada, vulnerable, expuesta, repitiendo su nombre, Fabio, Fabio, aquel hombre fácil y sencillo que renunció hasta a sus apellidos, ahora juntos en la cocina de aquel teatro de aquella Luna Jupiteriana, y muevo mi pelvis en un vertiginoso choque de adelante y atrás, adelante y atrás contra mis dedos, aquí sobre la cama de hospital, vislumbrándome en aquella mesa de aquel satélite, Fabio, Fabio, soy tu Liz, tu luz, tu noche, toda tuya, me apuro, me apuro, mi clítoris erecto y empapado me reclama con prisa entre contracción y contracción, tengo prisa como si fuera a morir, con el remedo de muerte que perfuma todo mi pubis son aroma a sexo en el borde del orgasmo, y se me viene una imagen vívida, así de la nada, de aquella versión masculina de mi bióloga, aquella escena vivida en El Recuerdo en que le planté una cachetada antes que un beso, mi No, mi No, sí,  me veo decir ya en el clímax que me mata sin matarme devorando con mi pubis el pubis de mi No,  aquel otro nombre y hombre que dejó atrás su apellido, y muero sin morir, extasiada, orgasmizada, para descender de los cielos de la Luna de Júpiter y caer rendida en las sábanas, viendo cómo el jugo venido de mi pubis ha fundido ilegiblemente la tinta de los nombres de Liz Caro y Fabio sobre las páginas del librito que sin recordar cuándo puse bajo mis nalgas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8395309645/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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		</item>
		<item>
			<title>El bienestar de hoy, luego de tan agradable ingravidez de ayer con Nandita, lo había atesorado, una dicha amurallada por mis ganas de no pensar ni decidir nada, tan sólo dejarme ir.</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8387382003/</link>
			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8387382003/&quot; title=&quot;El bienestar de hoy, luego de tan agradable ingravidez de ayer con Nandita, lo había atesorado, una dicha amurallada por mis ganas de no pensar ni decidir nada, tan sólo dejarme ir.&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8331/8387382003_0be3723206_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;213&quot; alt=&quot;El bienestar de hoy, luego de tan agradable ingravidez de ayer con Nandita, lo había atesorado, una dicha amurallada por mis ganas de no pensar ni decidir nada, tan sólo dejarme ir.&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Miércoles, 16 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Miércoles, 16 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, Lis, es tal como te digo, aún no me lo creo, es como bien raro eso que me dijeron: una chica con nombre “Innita para No”,  tal cual, en su cédula, sacó mi libro “Crónicas Crónicas” de la Luis Ángel Arango, &lt;br /&gt;
-¿Innita para No, sííí? ¿en su cédula?&lt;br /&gt;
-Sí, pero aún más raro es la fecha que aparece, martes primero de enero... mejor dicho, ¡en pleno día festivo!  &lt;br /&gt;
-¿Cóomo?&lt;br /&gt;
-Sí, así aparece fechado en el sistema. Sabes que Mauro, el amigo que te conté, trabaja en la Luis Ángel, y me dejó entrar a su ofi, acá estoy, estoy viendo en la pantalla de su compu … dice “Innita para No” …, ahorita mismo. &lt;br /&gt;
-Bueno, bueno, mi No, más bien no demores más allá en la biblio y ve saliendo para la Macarena que yo ya estoy yendo para allá. Besitos, nos vemos ahora y me cuentas todo.&lt;br /&gt;
-Besitos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ahora sí, querido, cúentame qué pasó.&lt;br /&gt;
-Sí, espera, ¿ya pediste algo?&lt;br /&gt;
-Ooobvio, ya pedí por los dos, tal como te había dicho que lo haría ¿no? Para que no demore. Ya sabes que conozco tu impaciencia.&lt;br /&gt;
-Tan bonita …, pues nada, Lis, muy raro eso. Fuí a entregar los libros y me dio por chismosear hace cuánto no sacaban los míos, y pues lo que te conté por celu.&lt;br /&gt;
-Pues señorito, sabes muy bien que saqué “ginotropia” en julio. Por el libro es que estamos aquí, juntos. ¿Querías ver si alguna otra chica lo había sacado?&lt;br /&gt;
-Aich, me refería más bien era al otro, “Crónicas Crónicas”&lt;br /&gt;
-¿Tu recopilación de cuentos cortos? ¿Dónde sale “Flor de Plástico”? &lt;br /&gt;
-Sí, ese, ¿cuál mas? Ya te lo había dicho al celu, Lis.&lt;br /&gt;
-Aishh, tú sí, tan respondón.&lt;br /&gt;
-Emmm, bueno, perdona. Es que quería volver a verlo. Y sí, revisé también “ginotropia”. Y no lo han vuelto a sacar después de ti. Creo que yo mismo lo sacaré para cuando empiecen mis clases.&lt;br /&gt;
-Aún me parece muy raro que no tengas ni una copia para ti de lo que has publicado.&lt;br /&gt;
-Pues Lis, soy malito para recordar a quién le presto libros. &lt;br /&gt;
-Es una maña que te deberías quitar,&lt;/i&gt;'tonto es quien presta un libro y más tonto …&lt;br /&gt;
-... quien lo devuelve'. &lt;i&gt;Sí, algún día aprenderé. Lo que pasa es que con los roommates que he vivido me he acostumbrado a intercambiarnos cidis, pelis y libros,  y pues ahí no hay pierde.&lt;br /&gt;
-¿Y qué te llevó a querer ver “Crónicas Crónicas” de nuevo?&lt;br /&gt;
-... pues …&lt;br /&gt;
-¿Qué pasa?&lt;br /&gt;
-Luego te cuento ¿sí? &lt;br /&gt;
-Mira mi No, te voy a decir algo. Estás algo raro estos días, ya desde el domingo. ¿Estás así porque sólo me pude quedar en tu casa el viernes en la noche y salir temprano el sábado? ¿es por eso, no?&lt;br /&gt;
-No Lis, yo ya no te discuto por eso. &lt;br /&gt;
-Por eso lo digo, ya no armas quejas, pero como que estás que estallas por dentro. Te noto como con un  &lt;/i&gt;guardado&lt;i&gt;.&lt;br /&gt;
-Bueno, pues mira, espero que contarte ahora no nos dañe la comida.&lt;br /&gt;
-¿Alcaso  &lt;/i&gt;pasó&lt;i&gt;algo?&lt;br /&gt;
-Mejor dicho, te cuento ya. El domingo, alguien intentó abrir la puerta, estaba viendo una peli, pero ese ruido fue como tan evidete. Dudé un momento pero fui a ver qué pasaba. Creí que era Miguel, todo borracho. Pero recordé que me había marcado y me dijo que aún demoraba en llegar, que si lo habían ido a biscar. Así que pensé que fijo eras tú, que se te había vuelto a trabar la copia. Y cuando abrí, una trigueña ojiazul, delgadita, algo bajita, estaba medio forzando la  cerradura con unas llaves. Me vio y salió corriendo.&lt;br /&gt;
-Ahhh, yá, es decir, la trigueña pintorreteada.&lt;br /&gt;
-Sí, ahí mismo recordé lo que me contaste, la chica que estaba en el apartamento, la que viste con pecas estrellas como en “ginotropia”.&lt;br /&gt;
-Pues no como en el libro, ya te había dicho de las pecas grandes en sus pómulos. ¿Entonces supones que esa misma chica es la que sacó tu libro? ¿Y no es más bien que te quedó gustando? Porque fea no es … ¿no será más bien que hablaron algo y no me quieres contar?&lt;br /&gt;
-Ay Lis, no te miento, no hablamos nada.&lt;br /&gt;
-No te dije que me estabas mintiendo. No dije eso ¿o sí?&lt;br /&gt;
- No, pues eso no, ¿entonces a qué te refieres?&lt;br /&gt;
-Pues me parece que no me contaste todo.&lt;br /&gt;
-Issh, ¿pero Lis, no te acabo de decir que no hablamos nada? Salió corriendo...&lt;br /&gt;
-Jummm … &lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta mañanita, bien temprano, Nandita me llamó desde Bogotá. Anoche me estuvo timbrando insistentemente al celu, que nunca contesté, para contarme que había tenido que viajar a Bogotá de imprevisto, al rato de salir de “visitarme”. Al parecer su papá parecía estar a punto de salir del estado de coma. Me alegró tanto oirla tan alegre, su llamada me contagió durante toda la mañana, que hasta eso fue observado por la enfermera en mi hora de almuerzo, y se arriesgó a decirme, ya al venir por los platos, que tal vez en pocos días me den de alta. No sé por qué me da tantos nervios. Me han pasado tantas cosas en las que he preferido no recordar, y he estado sintiendo tantas cosas de las que he preferido no pensar, que creo que salir de aquí y volver a Bogotá es como salir a encararlas. Creo que por más felina, envalentonada y echada pa'lante que me crea, también, como una gatita rehuye al agua, hay cosas, por más naturales que parezcan, de las que salgo corriendo. Pero si anoche eso me hizo sentir mal, la llamada de Nandita de hoy borró todo, y me hizo verlo desde otro ángulo: apenas tengo veintiuno, siento que hay mucho tiempo. Cada cosa en su momento. Otra persona en mi lugar se hubiera enloquecido.&lt;br /&gt;
-Buenas tardes Innita, ¿qué tal la cena?&lt;br /&gt;
-Muy rica- le dije como con susto a la enfermera, de manera automática, y tal vez con un tono algo seco y apresurado. No la sentí entrar, quizás por la felicidad aglomerada en mí en todo el día. El bienestar de hoy, luego de tan agradable ingravidez de ayer con Nandita, lo había atesorado, una dicha amurallada por mis ganas de no pensar ni decidir nada, tan sólo dejarme ir. Afortunadamente la enfermera pareció no percibir lo brusco de mi respuesta.&lt;br /&gt;
-Mira, se me había olvidado traerte ésto.&lt;br /&gt;
-¿Un libro?¿Y eso? ¿me lo dejó Hernanda?&lt;br /&gt;
-No señorita, o no sabemos. Lo encontramos bajo tu almohada hace un par de semanas.&lt;br /&gt;
Me sonrojé al verlo y la enfermera apenas sonrió.&lt;br /&gt;
-No, puedes tenerlo, es que se nos ha´bia olvidado devolvértelo cuando cambiamos las sábanas. Estaba en el inventario de cosas perdidas y yo lo reconocí- su explicación me daba a a entender que ella pensó que yo me hubiera sentido culpable de esconder libros, como si yo pensara que estuviera contraviniendo el estatuto del hospital. &lt;br /&gt;
Mi sorpresa y sonroje fue porque yo creía que leer apartes de ese libro era parte de un sueño. Sin asimilar la idea del todo, yo sentí que “Crónicas Crónicas” se había materializado. A menos que esos relatos también hayan sido publicados acá, sólo restaba concluir, algo incómoda, que yo me había “robado”, sin querer queriendo, tal cual como el Chavo, un objeto de ese otro Mundo.&lt;br /&gt;
-¿No lo quieres?- inquirió la enfermera, para atraer mi atención. Quién sabe por cuanto tiempo había permanecido con  su brazo estirado, ofreciéndomelo, y yo en mi nervioso englobe.&lt;br /&gt;
-Sí, sí, claro, gracias señorita.&lt;br /&gt;
-Adaluz, ¿o ya se te olvidó mi nombre?- me dijo con algo de sonrisa falsa.&lt;br /&gt;
-Claro que no, es falta de confianza, gracias Adaluz.&lt;br /&gt;
Tal vez mi mirada de ausencia haría que la enfermera Adaluz informara de lo sucedido, mis síntomas de índole amnésico, y los médicos reconsideraran alargar mi estadía y posponer mi salida, más días en observación. Si esto pasaba, no me molestaba la idea. Algo de mí me hacía sentir no estar preparada para asumir todo, para asumir nada.  Mi recuperación, aún  inclonclusa, justificaba mi irresponsabilidad para con tantos Mundos y emociones y sentimientos. Cuando salió, decidí, ya auto-tranquilizada por este tren de pensamientos, hojear y encontrar algún cuento de “Crónicas Crónicas”. Quería, para empezar, como aperitivo, uno que fuera muy corto, más que el de “Flor de Plástico”. Escogí, por lo sugestivo de su título y mi vanidad Leo, “Aquella Gata Loca”,  &lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
&lt;i&gt;“Te advertí que no metieras aquella gata loca al agua. Te advertí que para la gata no sería una broma jovial. Te advertí que cuando la metieras, la gata, enloquecida de ira, saltaría y te arañaría salvajemente para aferrarse fuera del agua, fuera de la broma. Ahora cada vez que nos vemos, ya casi no te  veo a ti, veo sólo la gran cantidad de cicatrices en tu cuerpo y en tu cara, y en secreto me pongo a llorar desconsolada, pues yo soy aquella gata loca.”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al terminar de leerlo, la felicidad acumulada en todo el día se iría de súbito, drenada por algún sifón de mis pulmones. Reteniéndome de irme yo misma por allí, intenté aferrarme a mis desvencijados suspiros y acopios de aire. Pero no. Sentía que aquellas cicatrices del corto relato, de alguna forma, estaban en mí, internas, apenas visibles con algún tipo de radiografía futurista o qué se yo. Hice ese tipo de pucheros que evidencian mi vulnerabilidad, de esos que no me permito mostrar en público. Y la señalé, señalé la causa, señalando con mi mirada al librito. Al autor del librito. Al propietario de aquella bofetada. &lt;br /&gt;
Por tu culpa, mini-No. Tú. Gata Loca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y en el tiempo que restó de la tarde hasta convertirse en noche, y a pesar del calor de Medellín, hice de las sábanas un falso resguardo de crisálida, fingiendo dormir por si esntraba de nuevo la enfermera Adaluz, y me puse a llorar, yo no sé de qué si yo no estaba tan mal.  &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8387382003/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Wed, 16 Jan 2013 16:55:30 -0800</pubDate>
			                        <dc:date.Taken>2013-01-16T19:50:06-08:00</dc:date.Taken>
            			<author flickr:profile="http://www.flickr.com/people/noparainnita/">nobody@flickr.com (no para innita)</author>
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    <media:description type="html">&lt;p&gt;Miércoles, 16 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Miércoles, 16 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Sí, Lis, es tal como te digo, aún no me lo creo, es como bien raro eso que me dijeron: una chica con nombre “Innita para No”,  tal cual, en su cédula, sacó mi libro “Crónicas Crónicas” de la Luis Ángel Arango, &lt;br /&gt;
-¿Innita para No, sííí? ¿en su cédula?&lt;br /&gt;
-Sí, pero aún más raro es la fecha que aparece, martes primero de enero... mejor dicho, ¡en pleno día festivo!  &lt;br /&gt;
-¿Cóomo?&lt;br /&gt;
-Sí, así aparece fechado en el sistema. Sabes que Mauro, el amigo que te conté, trabaja en la Luis Ángel, y me dejó entrar a su ofi, acá estoy, estoy viendo en la pantalla de su compu … dice “Innita para No” …, ahorita mismo. &lt;br /&gt;
-Bueno, bueno, mi No, más bien no demores más allá en la biblio y ve saliendo para la Macarena que yo ya estoy yendo para allá. Besitos, nos vemos ahora y me cuentas todo.&lt;br /&gt;
-Besitos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
-Ahora sí, querido, cúentame qué pasó.&lt;br /&gt;
-Sí, espera, ¿ya pediste algo?&lt;br /&gt;
-Ooobvio, ya pedí por los dos, tal como te había dicho que lo haría ¿no? Para que no demore. Ya sabes que conozco tu impaciencia.&lt;br /&gt;
-Tan bonita …, pues nada, Lis, muy raro eso. Fuí a entregar los libros y me dio por chismosear hace cuánto no sacaban los míos, y pues lo que te conté por celu.&lt;br /&gt;
-Pues señorito, sabes muy bien que saqué “ginotropia” en julio. Por el libro es que estamos aquí, juntos. ¿Querías ver si alguna otra chica lo había sacado?&lt;br /&gt;
-Aich, me refería más bien era al otro, “Crónicas Crónicas”&lt;br /&gt;
-¿Tu recopilación de cuentos cortos? ¿Dónde sale “Flor de Plástico”? &lt;br /&gt;
-Sí, ese, ¿cuál mas? Ya te lo había dicho al celu, Lis.&lt;br /&gt;
-Aishh, tú sí, tan respondón.&lt;br /&gt;
-Emmm, bueno, perdona. Es que quería volver a verlo. Y sí, revisé también “ginotropia”. Y no lo han vuelto a sacar después de ti. Creo que yo mismo lo sacaré para cuando empiecen mis clases.&lt;br /&gt;
-Aún me parece muy raro que no tengas ni una copia para ti de lo que has publicado.&lt;br /&gt;
-Pues Lis, soy malito para recordar a quién le presto libros. &lt;br /&gt;
-Es una maña que te deberías quitar,&lt;/i&gt;'tonto es quien presta un libro y más tonto …&lt;br /&gt;
-... quien lo devuelve'. &lt;i&gt;Sí, algún día aprenderé. Lo que pasa es que con los roommates que he vivido me he acostumbrado a intercambiarnos cidis, pelis y libros,  y pues ahí no hay pierde.&lt;br /&gt;
-¿Y qué te llevó a querer ver “Crónicas Crónicas” de nuevo?&lt;br /&gt;
-... pues …&lt;br /&gt;
-¿Qué pasa?&lt;br /&gt;
-Luego te cuento ¿sí? &lt;br /&gt;
-Mira mi No, te voy a decir algo. Estás algo raro estos días, ya desde el domingo. ¿Estás así porque sólo me pude quedar en tu casa el viernes en la noche y salir temprano el sábado? ¿es por eso, no?&lt;br /&gt;
-No Lis, yo ya no te discuto por eso. &lt;br /&gt;
-Por eso lo digo, ya no armas quejas, pero como que estás que estallas por dentro. Te noto como con un  &lt;/i&gt;guardado&lt;i&gt;.&lt;br /&gt;
-Bueno, pues mira, espero que contarte ahora no nos dañe la comida.&lt;br /&gt;
-¿Alcaso  &lt;/i&gt;pasó&lt;i&gt;algo?&lt;br /&gt;
-Mejor dicho, te cuento ya. El domingo, alguien intentó abrir la puerta, estaba viendo una peli, pero ese ruido fue como tan evidete. Dudé un momento pero fui a ver qué pasaba. Creí que era Miguel, todo borracho. Pero recordé que me había marcado y me dijo que aún demoraba en llegar, que si lo habían ido a biscar. Así que pensé que fijo eras tú, que se te había vuelto a trabar la copia. Y cuando abrí, una trigueña ojiazul, delgadita, algo bajita, estaba medio forzando la  cerradura con unas llaves. Me vio y salió corriendo.&lt;br /&gt;
-Ahhh, yá, es decir, la trigueña pintorreteada.&lt;br /&gt;
-Sí, ahí mismo recordé lo que me contaste, la chica que estaba en el apartamento, la que viste con pecas estrellas como en “ginotropia”.&lt;br /&gt;
-Pues no como en el libro, ya te había dicho de las pecas grandes en sus pómulos. ¿Entonces supones que esa misma chica es la que sacó tu libro? ¿Y no es más bien que te quedó gustando? Porque fea no es … ¿no será más bien que hablaron algo y no me quieres contar?&lt;br /&gt;
-Ay Lis, no te miento, no hablamos nada.&lt;br /&gt;
-No te dije que me estabas mintiendo. No dije eso ¿o sí?&lt;br /&gt;
- No, pues eso no, ¿entonces a qué te refieres?&lt;br /&gt;
-Pues me parece que no me contaste todo.&lt;br /&gt;
-Issh, ¿pero Lis, no te acabo de decir que no hablamos nada? Salió corriendo...&lt;br /&gt;
-Jummm … &lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Esta mañanita, bien temprano, Nandita me llamó desde Bogotá. Anoche me estuvo timbrando insistentemente al celu, que nunca contesté, para contarme que había tenido que viajar a Bogotá de imprevisto, al rato de salir de “visitarme”. Al parecer su papá parecía estar a punto de salir del estado de coma. Me alegró tanto oirla tan alegre, su llamada me contagió durante toda la mañana, que hasta eso fue observado por la enfermera en mi hora de almuerzo, y se arriesgó a decirme, ya al venir por los platos, que tal vez en pocos días me den de alta. No sé por qué me da tantos nervios. Me han pasado tantas cosas en las que he preferido no recordar, y he estado sintiendo tantas cosas de las que he preferido no pensar, que creo que salir de aquí y volver a Bogotá es como salir a encararlas. Creo que por más felina, envalentonada y echada pa'lante que me crea, también, como una gatita rehuye al agua, hay cosas, por más naturales que parezcan, de las que salgo corriendo. Pero si anoche eso me hizo sentir mal, la llamada de Nandita de hoy borró todo, y me hizo verlo desde otro ángulo: apenas tengo veintiuno, siento que hay mucho tiempo. Cada cosa en su momento. Otra persona en mi lugar se hubiera enloquecido.&lt;br /&gt;
-Buenas tardes Innita, ¿qué tal la cena?&lt;br /&gt;
-Muy rica- le dije como con susto a la enfermera, de manera automática, y tal vez con un tono algo seco y apresurado. No la sentí entrar, quizás por la felicidad aglomerada en mí en todo el día. El bienestar de hoy, luego de tan agradable ingravidez de ayer con Nandita, lo había atesorado, una dicha amurallada por mis ganas de no pensar ni decidir nada, tan sólo dejarme ir. Afortunadamente la enfermera pareció no percibir lo brusco de mi respuesta.&lt;br /&gt;
-Mira, se me había olvidado traerte ésto.&lt;br /&gt;
-¿Un libro?¿Y eso? ¿me lo dejó Hernanda?&lt;br /&gt;
-No señorita, o no sabemos. Lo encontramos bajo tu almohada hace un par de semanas.&lt;br /&gt;
Me sonrojé al verlo y la enfermera apenas sonrió.&lt;br /&gt;
-No, puedes tenerlo, es que se nos ha´bia olvidado devolvértelo cuando cambiamos las sábanas. Estaba en el inventario de cosas perdidas y yo lo reconocí- su explicación me daba a a entender que ella pensó que yo me hubiera sentido culpable de esconder libros, como si yo pensara que estuviera contraviniendo el estatuto del hospital. &lt;br /&gt;
Mi sorpresa y sonroje fue porque yo creía que leer apartes de ese libro era parte de un sueño. Sin asimilar la idea del todo, yo sentí que “Crónicas Crónicas” se había materializado. A menos que esos relatos también hayan sido publicados acá, sólo restaba concluir, algo incómoda, que yo me había “robado”, sin querer queriendo, tal cual como el Chavo, un objeto de ese otro Mundo.&lt;br /&gt;
-¿No lo quieres?- inquirió la enfermera, para atraer mi atención. Quién sabe por cuanto tiempo había permanecido con  su brazo estirado, ofreciéndomelo, y yo en mi nervioso englobe.&lt;br /&gt;
-Sí, sí, claro, gracias señorita.&lt;br /&gt;
-Adaluz, ¿o ya se te olvidó mi nombre?- me dijo con algo de sonrisa falsa.&lt;br /&gt;
-Claro que no, es falta de confianza, gracias Adaluz.&lt;br /&gt;
Tal vez mi mirada de ausencia haría que la enfermera Adaluz informara de lo sucedido, mis síntomas de índole amnésico, y los médicos reconsideraran alargar mi estadía y posponer mi salida, más días en observación. Si esto pasaba, no me molestaba la idea. Algo de mí me hacía sentir no estar preparada para asumir todo, para asumir nada.  Mi recuperación, aún  inclonclusa, justificaba mi irresponsabilidad para con tantos Mundos y emociones y sentimientos. Cuando salió, decidí, ya auto-tranquilizada por este tren de pensamientos, hojear y encontrar algún cuento de “Crónicas Crónicas”. Quería, para empezar, como aperitivo, uno que fuera muy corto, más que el de “Flor de Plástico”. Escogí, por lo sugestivo de su título y mi vanidad Leo, “Aquella Gata Loca”,  &lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
&lt;i&gt;“Te advertí que no metieras aquella gata loca al agua. Te advertí que para la gata no sería una broma jovial. Te advertí que cuando la metieras, la gata, enloquecida de ira, saltaría y te arañaría salvajemente para aferrarse fuera del agua, fuera de la broma. Ahora cada vez que nos vemos, ya casi no te  veo a ti, veo sólo la gran cantidad de cicatrices en tu cuerpo y en tu cara, y en secreto me pongo a llorar desconsolada, pues yo soy aquella gata loca.”&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al terminar de leerlo, la felicidad acumulada en todo el día se iría de súbito, drenada por algún sifón de mis pulmones. Reteniéndome de irme yo misma por allí, intenté aferrarme a mis desvencijados suspiros y acopios de aire. Pero no. Sentía que aquellas cicatrices del corto relato, de alguna forma, estaban en mí, internas, apenas visibles con algún tipo de radiografía futurista o qué se yo. Hice ese tipo de pucheros que evidencian mi vulnerabilidad, de esos que no me permito mostrar en público. Y la señalé, señalé la causa, señalando con mi mirada al librito. Al autor del librito. Al propietario de aquella bofetada. &lt;br /&gt;
Por tu culpa, mini-No. Tú. Gata Loca. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y en el tiempo que restó de la tarde hasta convertirse en noche, y a pesar del calor de Medellín, hice de las sábanas un falso resguardo de crisálida, fingiendo dormir por si esntraba de nuevo la enfermera Adaluz, y me puse a llorar, yo no sé de qué si yo no estaba tan mal.  &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8387382003/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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    <media:credit role="photographer">no para innita</media:credit>
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			<title>Lanzándome una mirada con ceño fruncido, de esas que parecen de enojo pero son de excitación, Nandita humedeció sus dedos ...</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8385264370/</link>
			<description>			&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/people/noparainnita/&quot;&gt;no para innita&lt;/a&gt; posted a photo:&lt;/p&gt;
	
&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8385264370/&quot; title=&quot;Lanzándome una mirada con ceño fruncido, de esas que parecen de enojo pero son de excitación, Nandita humedeció sus dedos ...&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8472/8385264370_58edbf277a_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;213&quot; alt=&quot;Lanzándome una mirada con ceño fruncido, de esas que parecen de enojo pero son de excitación, Nandita humedeció sus dedos ...&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Martes, 15 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba lejos de ser un juego de rol, pero ese final de mediodía, cuando abrí de un solo tirón la blusa de Hernanda Telar de par en par -como aquel gafufo kryptoniano- para poder verle su pecho, y los botones de su recién estrenada prenda salpicaron por toda la habitación y la jalé hacia mí, permitiéndome, ante su propia sorpresa de recién llegada a visitarme, el hundir mi cara en el escote de sus pequeños pero turgentes senos y bajar el borde de su brassier casi que aruñando su piel para dejar salir de la traslúcida malla sus ahora erectos pezones y mordisquearlos lascivamente, parecíamos estar interpretando las primeras líneas de nuestros papeles, de doctora yo, y de mi paciente ella, en el guión no escrito de esas parejas que teatralizan fantasías en su privacidad a manera de combustible para reavivar su líbido.&lt;br /&gt;
-Hernanda Telar, Hernanda Telar, her-nan-da-te-lar... -le repetía entre gemidos punzantes y entrecortados, mordisqueando el lóbulo de su oído izquierdo, mientras mis manos recorrían los dos lados de su cadera, encontrando los límites de su elástico pantalón de sudadera, ventaja que me permitiría al instante siguiente sumergirme, toda yo, con mis dedos entre sus piernas, para hundir mi dedo derecho del corazón entre el calor blando y húmedo de la hendidura de su pubis, mientras los demás dedos, coprotagonistas de la jadeante escena, acariciaban con detenimiento sus labios, su clítoris y parte del semi-rapado monte que corona tan explosivo oasis. Afortunadamente los cables médicos, vigilantes electrónicos de mi estado de salud, habían sido retirados en su totalidad en la mañana, pues de lo contrario el agite de mi pulso cardíaco les hubiera alertado como si estuviera pasando por un nuevo inconveniente; caso opuesto en realidad, nada más conveniente y saludable para mí que el giro que a la visita de Nandita yo le había dado apenas entró.&lt;br /&gt;
Llevada por el momento, dejando que su cerebro apagara las enseñadas conductas del buen comportamiento cívico en recintos públicos como lo es este hospital, Nandita se echó para atrás sin anunciármelo, bajando la rodilla que apoyaba sobre el borde del colchón de mi cama, dando dos pasos alejándose de mí, dirigiéndose en reversa hacia la puerta, y colocó la silla de visitantes recostada en diagonal como tranca sobre la chapa -sí, tal cual como en las películas- para asegurarse que ninguna enfermera ni persona inoportuna entrara, no sin antes excitándonos más el ver por un instante, al distanciarse de mí, el estirar del hilo de líquido lubricante con fuerte olor a sexo que unía mis dedos con su vagina, hasta romperse y latigar suavemente las sábanas. &lt;br /&gt;
-Habrá que limpiar cuando terminemos- me dijo, de manera absurda e innecesaria, palabras que pausaron nuestra sobria embiaguez carnal por un brevísimo instante.&lt;br /&gt;
Cayendo en cuenta de lo tonto que sonó su propia observación, se rió y se apresuró a volver a mí, junto a mí, dentro de mí. Lanzándome una mirada con ceño fruncido, de esas que parecen de enojo pero son de excitación, Nandita humedeció sus dedos con su propio lago vaginal mientras se quitaba del todo su pantie y su sudadera, y deslizando su mano bajo mi bata, tropezó con los muslos internos de mis piernas, los cuales  acarició con la palma antes de llegar lentamente a mi pubis, a la vez que besos franceses hacían danzar  levemente nuestras cabezas. Al tocar Nandita mi sexo, brinqué levemente. Hacía mes y medio que no experimentaba este tipo de contacto, aquí en mi Mundo. Mientras las yemas de sus dedos humedecidos barnizaban y frotaban en subibaje los pliegues de mi pubis en el mismo sentido vertical, yo recogí mi bata hasta arriba, bien arriba, casi sobre mis clavículas, en labor de falsa bufanda, y luego dejé que mis brazos se explayaran abiertos sobre la almohada en posición rendida y presta para invitar precipitar más de sus caricias en todo mi cuerpo con su otra mano, a la vez que dejar seguirme llevándome de su serpenteante manoseo entre mis piernas. Movimientos ondulatorios de placer encorvaban mi espalda, acompañado de prudentes gemidos ahogados para no alertar gente tras los muros, como resultado tanto de la invasión de sus dedos penetrando mi vagina, como de los besos y succiones que la boca de mi antropóloga hacía sobre mis pezones. Las caricias se volvieron mutuas cuando mis manos desalojaron la almohada para recorrer sus nalgas, hallándose ella sobre mí, su espalda haciendo de techo, y sus rodillas y codos las bases de las cuatro paredes de esta carpa llamada Hernanda Telar en la que yo era su inquilina.&lt;br /&gt;
-Ahjm, ahjm... Ahjm, ahjm...- oí con repetitiva delicia los gemidos de su boca golpeteando mi oido, como si toda ella quisiera entrar por allí y refugiarse dentro de mi cabeza rehuyendo del incontrolable placer que mantenía erectos tanto sus pezones como los míos, por el entrar y salir y entrar y salir y entrar y salir de tres de mis dedos en su acolchada y húmeda ranurita de alcancía, a la par que mi pulgar hacía rápidos movimientos espiralados sobre su también erecto clítoris. &lt;br /&gt;
El incensante quejumbrar que su boca desprendía hacía que yo mordiera la mía, y casi hago sangrar mis propios labios con mis dientes cuando, dirigida por su propia excitación, Nandita largó su mano entre mis piernas frotando mi clítoris de manera tan rápida como su propio remedo de beatífica asfixia. Mis piernas, ahora muy abiertas, preparándose para el estallido que en su vértice estaba por suceder, dejaron caer  muslos y pantorrillas a lado y lado, sobre la superficie de la cama y temblaban de tanta electricidad, desconcentrándome de seguir masturbando a mi ex-sorprendida visitante, alejando mi mano, ahora de nuevo en la almohada, volteando mi cabeza hacia un costado, ahogando mi respiración en mi propia axila, como protegiendo mi cara, yo no sé de qué, si todo estaba de maravillas. Mi cadera empezó a balancearse de arriba a abajo como queriendo alejar de mi botoncito erecto los dedos de Nandita, y  así ella lo hizo, para dejar caer su cadera con la mía, haciendo que nuestros pétalos de carne se besaran en el entrecruzar de nuestras cuatro piernas, cortándose sin herir como tijeras que se abren y cierran entre sus bocas. Sentí desprenderme de mi cuerpo, elevándome disparada, ingrávida, hasta la atmósfera, llena de estrellas como mi propias mejillas, pero sin alejarme ni medio milímetro del éxtasis de mi enlagunado pubis, en el cual sentí por un breve lapso morir felizmente ahogada. El orgasmo nos llegó casi simultáneamente, tal vez ella antes o tal vez yo, no podía saberlo ni importaba, y un par de segundos después nos miramos adormecidas, jadeantes, sudorosas, sin que el beso francés de nuestras piernas se despegara. &lt;br /&gt;
Sin mayor tregua, un segundo orgasmo resultó de masturbarnos mutuamente, mientras restregamos nuestros pezones y vientres, acostadas una al lado de la otra,  completamente desnudas, expuestas, vulnerables, explícitas, con toda su ropa y mi bata esparcidas entre el piso, sillas y hasta cortinas -sí, una de sus medias terminó por allá arriba- de la habitación, sin importar nada más y sin dejar de vernos cara a cara excepto en esporádicos momentos en que tirábamos la cabeza hacia atrás. A pesar de no preocuparnos porque  el tiempo de visita fuera a concluir, -y por ello, una enfermera golpeara la puerta-, el reposar de nuestros excitados cuerpos no duró más de tres suspiros. Con ganas de un tercer clímax, de inmediato asumimos la posición del año  lunar, milnovecientos sesenta y nueve, mi cabeza recostada fuera de la almohada, que alojaba ahora las rodillas de Nandita, y toda ella sobre mí, en cuatro y en viceversa, separándole con mis manos sus nalgas, a unos pocos centímetros encima de mi frente y excitándome al ver cómo su excitación, tras hurgar repetidamente con mi lengua su ano, éste se dilataba y contraía mientras mi mentón se empapaba de su brillante y oloroso jugo vaginal. El baile de su lengua y dedos estimulando copiosamente mi vagina, tal vez más empapada que la suya, me hacían poner los ojos en blanco, desorbitados, y su desenfreno aumentó haciendo mover en muy rápida oscilación sus caderas, nalgas y muslos sobre mi boca, adelante-atrás, adelante-atrás, haciendo que mi lengua pincelara desde los pliegues radiales de su dilatado-contraído orificio anal hasta su entumecido clítoris, balanceándose una y otra vez toda esa lúbrica zona, lamiéndola, yo como gatita, y ella también la mía, hasta que el éxtasis llevó su cabeza hacia atrás, arqueando su espalda, desordenando nuestras extremidades, sin que sus nalgas se alejaran de mi cara, apenas dejando que sus dedos permanecieran dentro de mí en el instante en que estallamos con gritos cautelosamente ahogados, desprendiéndonos de toda otra sensación que no fuera el orgasmo mismo.&lt;br /&gt;
Duramos más de diez minutos ahí, explícitas, explayadas una sobre la otra; vientre con vientre reposados en sudor; sus nalgas recostadas en el lento resoplar de mi nariz, y de manera más lasciva que cómica, su ano aún abriéndose y cerrando sutilmente, como aterrizando; su vagina goteando descanso en mi boca, mientras que allá abajo mi pubis recibía adormecidos, esporádicos y lentos besos de su boca. Otros quince minutos más nos llevó reacomodar todo, las sábanas, su ropa, mi bata, y concluir, luego de estar vestidas y arregladas, con Nandita rociando el perfume que cargaba siempre en su bolso, luego de haber habierto cortinas y ventanas. Ella permaneció, relajada y juiciosa, al lado mío, por unos cuantos minutos más, hablándome como sin querer hablar, y yo escuchándola sin escucharla, nuestros cuerpos ya se habían vuelto a decir todo Era como un dulce desquite, ahí en mitad de mi recuperación. Y en mi caso, era también un escape, un cerrar de mis ojos a lo que había vivido dos días atrás. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Apenas Nandita se fue, no pude evitar que esa escena de aquel edificio de aquel Mundo volviera a mí. En el instante siguiente de aquel encontronón dominical entre la palma de mi mano y la rasposa mejilla con barba de dos días del sujeto en cuestión, no esperé el ascensor, huí por las escaleras, abrí la puerta y paré el primer taxi rumbo al hostal de la Candelaria. Una vez me subí, no vi atrás, no vi si él me había seguido. Incluso no sabía si sentía rabia o vergüenza  o euforia o hasta tristeza por lo que recién había sucedido. Estaba dopada. Como si hubiera sido yo quien recibió tal cachetada. Al llegar al hostal no me bajé ahí sino que, cambiando de opinión, le dije al taxista que retomara la séptima y de allí a la circunvalar. Quería sentirme estar fuera de Bogotá, de esa Bogotá, en el menor tiempo posible. &lt;br /&gt;
-Esto será entonces dos carreras, señorita- me afirmó con un dejo de frialdad, como poniendo barrera a cualquier intento de queja de mi parte mientras reajustaba su taxímetro. &lt;br /&gt;
El extraño humor en que me encontraba no me dejó interpretar bien a qué se refería, pero sentí que se estaba aprovechando. Le pagué y me bajé, y el fuerte humo de gasolina con que me bañó  el exosto del taxi me enfureció, haciéndome sentir lo poco que esta Bogotá encajaba para conmigo. Extrañé mi camioneta. Con ella podría huir hasta las afueras, e incluso hasta la misma Neusa. Neusa. Claro, me iría para allí. Brilló algo dentro de mí, allá me refugiaría. Pedí indicaciones en el hostal para irme a Neusa. Habían flotas desde el terminal, pero me daba franca pereza ir hasta allá, además quién sabe con qué tipo de terminal, el de este Mundo, me toparía. Terca, timbré de nuevo los números de Nandita y mi familia, como si esperar que mágicamente volvieran a ser los mismos números de mi Mundo. Y claro, de nuevo eran otras personas las que contestaron. Suspiré vencida. Entré en el hostal y para despejarme, tomé el servico de duchas. Lo que esperaba ser una larga ducha relajante, auch, se convirtió en algo menos de diez minutos. El agua hacía picar mis ojos. Una vez vestida me quejé al administrador.&lt;br /&gt;
-Qué raro, si el agua de Bogotá tiene fama de ser de las más limpias de Colombia- me dijo, haciéndome caer en cuenta que me veía como una turista. Tal vez mi acento cucuteño tenía más fuerza en este Mundo. &lt;br /&gt;
Decidí quedarme a dormir de nuevo allí, y fue muy fácil hacerlo. Al igual que me había sucedido por muchos días en el Mundo Escarlata, en este Mundo yo también era presa fácil de dormir. Mi cuerpo parecía el de un gato: lo mejor por hacer era tomar largas siestas. A eso de las ocho pm el sueño ya me había atrapado. Ayer me desperté pasada las tres de la tarde, y pensé de nuevo en ir a la Luis Ángel Arango, pero el mismo argumento que me había formulado días atrás me hizo desistir de nuevo.  Con algo de claustrofobia, salí de mi habitación hacía ningún rumbo, y fue tal vez mi cara de despiste lo que hizo que el administrador me retuviera en la entrada y contarme que  que la otra opción de rutas al Neusa, sin tener que ir al terminal, era tomar una de las flotas que salían en los Héroes, en la ochenta con autopista norte. Aunque no se lo demostré, la noticia me alegró en demasía. Ya en la flota se me vino a la mente, y no pocas sino muchísimas  veces, en lo sucedido en aquel apartamento de El Recuerdo. Como si fuera un mosquito, esquivaba el pensamiento, espantándolo de mi vista, sin matarlo. &lt;br /&gt;
Neusa. Cinco de la tarde. Llegué. Qué alivio.&lt;br /&gt;
El olor a gasolina era prácticamente nulo allí, pero algo del mismo sí se sentía. Como no tenía carpa y ni siquera una chaqueta, decidí alquilar una cabaña, pidiendo un juego extra de sábanas, y ahí sí se me fue el dinero restante. A diferencia de Bogotá, aquí no tenía ni pizca de sueño. Anoche, en el gran espacio que deja la falta de conversación o de lectura o de música, mis pensamientos desembocaron en recordar aquellos momentos de sexo novembrino bajo la carpa, aquí en la laguna, con Nandita. Las imágenes que aparecían de aquellos recuerdos, en vez de adormecerme, es lógico, me fueron despertando más y más,  me fueron excitando más y más, invitando a mi mano a deslizarse por mi piel, acariciándome primero mis pezones, apretnado las piernas y finalmente no pude evitar sino dejar que mis ahora ensalivados dedos buscaran mi pubis bajo mi pantie y consintieran mi vagina, acariciándola, frotándola, penetrándola, impregnándome de aquellas escenas, jugando con mi clítoris hasta que, cuatro orgasmos después, quedé profunda. Al despertar no estaba en la cabaña, sino en el hospital, en Medellín. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya ahora, de noche, horas después del momento lascivo y delicioso en que convertí la visita de Nandita, he permanecido ida, englobada, medio-autista, dejando que mi celular suene una y troa vez sin contestarlo y respondiendo monosilábicamente a las cortas visitas de la enfermera al traerme alimentos y revisar mi recuperación.&lt;br /&gt;
Hay algo que me hace sentir muy mal.&lt;br /&gt;
Algo dentro de mí me grita “cobarde”.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8385264370/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Tue, 15 Jan 2013 15:02:20 -0800</pubDate>
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            			<author flickr:profile="http://www.flickr.com/people/noparainnita/">nobody@flickr.com (no para innita)</author>
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Hospital Concordia, Medellín.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Estaba lejos de ser un juego de rol, pero ese final de mediodía, cuando abrí de un solo tirón la blusa de Hernanda Telar de par en par -como aquel gafufo kryptoniano- para poder verle su pecho, y los botones de su recién estrenada prenda salpicaron por toda la habitación y la jalé hacia mí, permitiéndome, ante su propia sorpresa de recién llegada a visitarme, el hundir mi cara en el escote de sus pequeños pero turgentes senos y bajar el borde de su brassier casi que aruñando su piel para dejar salir de la traslúcida malla sus ahora erectos pezones y mordisquearlos lascivamente, parecíamos estar interpretando las primeras líneas de nuestros papeles, de doctora yo, y de mi paciente ella, en el guión no escrito de esas parejas que teatralizan fantasías en su privacidad a manera de combustible para reavivar su líbido.&lt;br /&gt;
-Hernanda Telar, Hernanda Telar, her-nan-da-te-lar... -le repetía entre gemidos punzantes y entrecortados, mordisqueando el lóbulo de su oído izquierdo, mientras mis manos recorrían los dos lados de su cadera, encontrando los límites de su elástico pantalón de sudadera, ventaja que me permitiría al instante siguiente sumergirme, toda yo, con mis dedos entre sus piernas, para hundir mi dedo derecho del corazón entre el calor blando y húmedo de la hendidura de su pubis, mientras los demás dedos, coprotagonistas de la jadeante escena, acariciaban con detenimiento sus labios, su clítoris y parte del semi-rapado monte que corona tan explosivo oasis. Afortunadamente los cables médicos, vigilantes electrónicos de mi estado de salud, habían sido retirados en su totalidad en la mañana, pues de lo contrario el agite de mi pulso cardíaco les hubiera alertado como si estuviera pasando por un nuevo inconveniente; caso opuesto en realidad, nada más conveniente y saludable para mí que el giro que a la visita de Nandita yo le había dado apenas entró.&lt;br /&gt;
Llevada por el momento, dejando que su cerebro apagara las enseñadas conductas del buen comportamiento cívico en recintos públicos como lo es este hospital, Nandita se echó para atrás sin anunciármelo, bajando la rodilla que apoyaba sobre el borde del colchón de mi cama, dando dos pasos alejándose de mí, dirigiéndose en reversa hacia la puerta, y colocó la silla de visitantes recostada en diagonal como tranca sobre la chapa -sí, tal cual como en las películas- para asegurarse que ninguna enfermera ni persona inoportuna entrara, no sin antes excitándonos más el ver por un instante, al distanciarse de mí, el estirar del hilo de líquido lubricante con fuerte olor a sexo que unía mis dedos con su vagina, hasta romperse y latigar suavemente las sábanas. &lt;br /&gt;
-Habrá que limpiar cuando terminemos- me dijo, de manera absurda e innecesaria, palabras que pausaron nuestra sobria embiaguez carnal por un brevísimo instante.&lt;br /&gt;
Cayendo en cuenta de lo tonto que sonó su propia observación, se rió y se apresuró a volver a mí, junto a mí, dentro de mí. Lanzándome una mirada con ceño fruncido, de esas que parecen de enojo pero son de excitación, Nandita humedeció sus dedos con su propio lago vaginal mientras se quitaba del todo su pantie y su sudadera, y deslizando su mano bajo mi bata, tropezó con los muslos internos de mis piernas, los cuales  acarició con la palma antes de llegar lentamente a mi pubis, a la vez que besos franceses hacían danzar  levemente nuestras cabezas. Al tocar Nandita mi sexo, brinqué levemente. Hacía mes y medio que no experimentaba este tipo de contacto, aquí en mi Mundo. Mientras las yemas de sus dedos humedecidos barnizaban y frotaban en subibaje los pliegues de mi pubis en el mismo sentido vertical, yo recogí mi bata hasta arriba, bien arriba, casi sobre mis clavículas, en labor de falsa bufanda, y luego dejé que mis brazos se explayaran abiertos sobre la almohada en posición rendida y presta para invitar precipitar más de sus caricias en todo mi cuerpo con su otra mano, a la vez que dejar seguirme llevándome de su serpenteante manoseo entre mis piernas. Movimientos ondulatorios de placer encorvaban mi espalda, acompañado de prudentes gemidos ahogados para no alertar gente tras los muros, como resultado tanto de la invasión de sus dedos penetrando mi vagina, como de los besos y succiones que la boca de mi antropóloga hacía sobre mis pezones. Las caricias se volvieron mutuas cuando mis manos desalojaron la almohada para recorrer sus nalgas, hallándose ella sobre mí, su espalda haciendo de techo, y sus rodillas y codos las bases de las cuatro paredes de esta carpa llamada Hernanda Telar en la que yo era su inquilina.&lt;br /&gt;
-Ahjm, ahjm... Ahjm, ahjm...- oí con repetitiva delicia los gemidos de su boca golpeteando mi oido, como si toda ella quisiera entrar por allí y refugiarse dentro de mi cabeza rehuyendo del incontrolable placer que mantenía erectos tanto sus pezones como los míos, por el entrar y salir y entrar y salir y entrar y salir de tres de mis dedos en su acolchada y húmeda ranurita de alcancía, a la par que mi pulgar hacía rápidos movimientos espiralados sobre su también erecto clítoris. &lt;br /&gt;
El incensante quejumbrar que su boca desprendía hacía que yo mordiera la mía, y casi hago sangrar mis propios labios con mis dientes cuando, dirigida por su propia excitación, Nandita largó su mano entre mis piernas frotando mi clítoris de manera tan rápida como su propio remedo de beatífica asfixia. Mis piernas, ahora muy abiertas, preparándose para el estallido que en su vértice estaba por suceder, dejaron caer  muslos y pantorrillas a lado y lado, sobre la superficie de la cama y temblaban de tanta electricidad, desconcentrándome de seguir masturbando a mi ex-sorprendida visitante, alejando mi mano, ahora de nuevo en la almohada, volteando mi cabeza hacia un costado, ahogando mi respiración en mi propia axila, como protegiendo mi cara, yo no sé de qué, si todo estaba de maravillas. Mi cadera empezó a balancearse de arriba a abajo como queriendo alejar de mi botoncito erecto los dedos de Nandita, y  así ella lo hizo, para dejar caer su cadera con la mía, haciendo que nuestros pétalos de carne se besaran en el entrecruzar de nuestras cuatro piernas, cortándose sin herir como tijeras que se abren y cierran entre sus bocas. Sentí desprenderme de mi cuerpo, elevándome disparada, ingrávida, hasta la atmósfera, llena de estrellas como mi propias mejillas, pero sin alejarme ni medio milímetro del éxtasis de mi enlagunado pubis, en el cual sentí por un breve lapso morir felizmente ahogada. El orgasmo nos llegó casi simultáneamente, tal vez ella antes o tal vez yo, no podía saberlo ni importaba, y un par de segundos después nos miramos adormecidas, jadeantes, sudorosas, sin que el beso francés de nuestras piernas se despegara. &lt;br /&gt;
Sin mayor tregua, un segundo orgasmo resultó de masturbarnos mutuamente, mientras restregamos nuestros pezones y vientres, acostadas una al lado de la otra,  completamente desnudas, expuestas, vulnerables, explícitas, con toda su ropa y mi bata esparcidas entre el piso, sillas y hasta cortinas -sí, una de sus medias terminó por allá arriba- de la habitación, sin importar nada más y sin dejar de vernos cara a cara excepto en esporádicos momentos en que tirábamos la cabeza hacia atrás. A pesar de no preocuparnos porque  el tiempo de visita fuera a concluir, -y por ello, una enfermera golpeara la puerta-, el reposar de nuestros excitados cuerpos no duró más de tres suspiros. Con ganas de un tercer clímax, de inmediato asumimos la posición del año  lunar, milnovecientos sesenta y nueve, mi cabeza recostada fuera de la almohada, que alojaba ahora las rodillas de Nandita, y toda ella sobre mí, en cuatro y en viceversa, separándole con mis manos sus nalgas, a unos pocos centímetros encima de mi frente y excitándome al ver cómo su excitación, tras hurgar repetidamente con mi lengua su ano, éste se dilataba y contraía mientras mi mentón se empapaba de su brillante y oloroso jugo vaginal. El baile de su lengua y dedos estimulando copiosamente mi vagina, tal vez más empapada que la suya, me hacían poner los ojos en blanco, desorbitados, y su desenfreno aumentó haciendo mover en muy rápida oscilación sus caderas, nalgas y muslos sobre mi boca, adelante-atrás, adelante-atrás, haciendo que mi lengua pincelara desde los pliegues radiales de su dilatado-contraído orificio anal hasta su entumecido clítoris, balanceándose una y otra vez toda esa lúbrica zona, lamiéndola, yo como gatita, y ella también la mía, hasta que el éxtasis llevó su cabeza hacia atrás, arqueando su espalda, desordenando nuestras extremidades, sin que sus nalgas se alejaran de mi cara, apenas dejando que sus dedos permanecieran dentro de mí en el instante en que estallamos con gritos cautelosamente ahogados, desprendiéndonos de toda otra sensación que no fuera el orgasmo mismo.&lt;br /&gt;
Duramos más de diez minutos ahí, explícitas, explayadas una sobre la otra; vientre con vientre reposados en sudor; sus nalgas recostadas en el lento resoplar de mi nariz, y de manera más lasciva que cómica, su ano aún abriéndose y cerrando sutilmente, como aterrizando; su vagina goteando descanso en mi boca, mientras que allá abajo mi pubis recibía adormecidos, esporádicos y lentos besos de su boca. Otros quince minutos más nos llevó reacomodar todo, las sábanas, su ropa, mi bata, y concluir, luego de estar vestidas y arregladas, con Nandita rociando el perfume que cargaba siempre en su bolso, luego de haber habierto cortinas y ventanas. Ella permaneció, relajada y juiciosa, al lado mío, por unos cuantos minutos más, hablándome como sin querer hablar, y yo escuchándola sin escucharla, nuestros cuerpos ya se habían vuelto a decir todo Era como un dulce desquite, ahí en mitad de mi recuperación. Y en mi caso, era también un escape, un cerrar de mis ojos a lo que había vivido dos días atrás. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Apenas Nandita se fue, no pude evitar que esa escena de aquel edificio de aquel Mundo volviera a mí. En el instante siguiente de aquel encontronón dominical entre la palma de mi mano y la rasposa mejilla con barba de dos días del sujeto en cuestión, no esperé el ascensor, huí por las escaleras, abrí la puerta y paré el primer taxi rumbo al hostal de la Candelaria. Una vez me subí, no vi atrás, no vi si él me había seguido. Incluso no sabía si sentía rabia o vergüenza  o euforia o hasta tristeza por lo que recién había sucedido. Estaba dopada. Como si hubiera sido yo quien recibió tal cachetada. Al llegar al hostal no me bajé ahí sino que, cambiando de opinión, le dije al taxista que retomara la séptima y de allí a la circunvalar. Quería sentirme estar fuera de Bogotá, de esa Bogotá, en el menor tiempo posible. &lt;br /&gt;
-Esto será entonces dos carreras, señorita- me afirmó con un dejo de frialdad, como poniendo barrera a cualquier intento de queja de mi parte mientras reajustaba su taxímetro. &lt;br /&gt;
El extraño humor en que me encontraba no me dejó interpretar bien a qué se refería, pero sentí que se estaba aprovechando. Le pagué y me bajé, y el fuerte humo de gasolina con que me bañó  el exosto del taxi me enfureció, haciéndome sentir lo poco que esta Bogotá encajaba para conmigo. Extrañé mi camioneta. Con ella podría huir hasta las afueras, e incluso hasta la misma Neusa. Neusa. Claro, me iría para allí. Brilló algo dentro de mí, allá me refugiaría. Pedí indicaciones en el hostal para irme a Neusa. Habían flotas desde el terminal, pero me daba franca pereza ir hasta allá, además quién sabe con qué tipo de terminal, el de este Mundo, me toparía. Terca, timbré de nuevo los números de Nandita y mi familia, como si esperar que mágicamente volvieran a ser los mismos números de mi Mundo. Y claro, de nuevo eran otras personas las que contestaron. Suspiré vencida. Entré en el hostal y para despejarme, tomé el servico de duchas. Lo que esperaba ser una larga ducha relajante, auch, se convirtió en algo menos de diez minutos. El agua hacía picar mis ojos. Una vez vestida me quejé al administrador.&lt;br /&gt;
-Qué raro, si el agua de Bogotá tiene fama de ser de las más limpias de Colombia- me dijo, haciéndome caer en cuenta que me veía como una turista. Tal vez mi acento cucuteño tenía más fuerza en este Mundo. &lt;br /&gt;
Decidí quedarme a dormir de nuevo allí, y fue muy fácil hacerlo. Al igual que me había sucedido por muchos días en el Mundo Escarlata, en este Mundo yo también era presa fácil de dormir. Mi cuerpo parecía el de un gato: lo mejor por hacer era tomar largas siestas. A eso de las ocho pm el sueño ya me había atrapado. Ayer me desperté pasada las tres de la tarde, y pensé de nuevo en ir a la Luis Ángel Arango, pero el mismo argumento que me había formulado días atrás me hizo desistir de nuevo.  Con algo de claustrofobia, salí de mi habitación hacía ningún rumbo, y fue tal vez mi cara de despiste lo que hizo que el administrador me retuviera en la entrada y contarme que  que la otra opción de rutas al Neusa, sin tener que ir al terminal, era tomar una de las flotas que salían en los Héroes, en la ochenta con autopista norte. Aunque no se lo demostré, la noticia me alegró en demasía. Ya en la flota se me vino a la mente, y no pocas sino muchísimas  veces, en lo sucedido en aquel apartamento de El Recuerdo. Como si fuera un mosquito, esquivaba el pensamiento, espantándolo de mi vista, sin matarlo. &lt;br /&gt;
Neusa. Cinco de la tarde. Llegué. Qué alivio.&lt;br /&gt;
El olor a gasolina era prácticamente nulo allí, pero algo del mismo sí se sentía. Como no tenía carpa y ni siquera una chaqueta, decidí alquilar una cabaña, pidiendo un juego extra de sábanas, y ahí sí se me fue el dinero restante. A diferencia de Bogotá, aquí no tenía ni pizca de sueño. Anoche, en el gran espacio que deja la falta de conversación o de lectura o de música, mis pensamientos desembocaron en recordar aquellos momentos de sexo novembrino bajo la carpa, aquí en la laguna, con Nandita. Las imágenes que aparecían de aquellos recuerdos, en vez de adormecerme, es lógico, me fueron despertando más y más,  me fueron excitando más y más, invitando a mi mano a deslizarse por mi piel, acariciándome primero mis pezones, apretnado las piernas y finalmente no pude evitar sino dejar que mis ahora ensalivados dedos buscaran mi pubis bajo mi pantie y consintieran mi vagina, acariciándola, frotándola, penetrándola, impregnándome de aquellas escenas, jugando con mi clítoris hasta que, cuatro orgasmos después, quedé profunda. Al despertar no estaba en la cabaña, sino en el hospital, en Medellín. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ya ahora, de noche, horas después del momento lascivo y delicioso en que convertí la visita de Nandita, he permanecido ida, englobada, medio-autista, dejando que mi celular suene una y troa vez sin contestarlo y respondiendo monosilábicamente a las cortas visitas de la enfermera al traerme alimentos y revisar mi recuperación.&lt;br /&gt;
Hay algo que me hace sentir muy mal.&lt;br /&gt;
Algo dentro de mí me grita “cobarde”.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8385264370/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</media:description>
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		<item>
			<title>&quot;Love At First Fight&quot;</title>
			<link>http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8379251430/</link>
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&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/8379251430/&quot; title=&quot;&amp;quot;Love At First Fight&amp;quot;&quot;&gt;&lt;img src=&quot;http://farm9.staticflickr.com/8224/8379251430_1b59ee86d8_m.jpg&quot; width=&quot;240&quot; height=&quot;186&quot; alt=&quot;&amp;quot;Love At First Fight&amp;quot;&quot; /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;Domingo, 13 de en eros de 2013.&lt;br /&gt;
Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Antier no fui capaz de abrir la puerta de aquel apartamento.&lt;br /&gt;
Bajé corriendo, huyendo, no fuera que la indecisión de entrar llegara detrás de la puerta, y uno de sus huéspedes -más específicamente, aquella chica que ya me había espantado días atrás, si es que vivía allí- me preguntara qué estaba intentando hacer. Caminé, de nuevo, sin rumbo fijo, por más de una hora diría yo. Tosí varias veces en mi deambular; Bogotá, esta Bogotá se encuentra muy contaminada. Tuvo que pitarme un taxista vociferando insultos de muy mal gusto para que mis latidos volvieran a mi cuerpo. No sabía si responderle también con igual grosería o darle decentemente las gracias: mi percusión personal tenía que volver a refugiarse de nuevo en mí y el crédito de tal aterrizar era para ese canalla. Me devolví al Parkway, me senté en una banca, tomándome todo el tiempo necesario para que mis nervios desaparecieran y con ellos temblor de mis manos. Una vez lo logré, revisé  mis bolsillos, o más bien, los bolsillos de este jean violeta que no era mío. Había más de ciento cincuenta mil pesos. Me levanté de la banca, me dirigí a un kiosco con llamadas a celular y nada. Los números de Nandita, y de mi mamá, y de mi papá, y de mi tía eran contestados por otras personas. Luego entré a un café  internet, me conecté a diversas redes sociales pero las fotos de sus perfiles no encajaban con las de mis conocidos. Todo era diferente y trastocado. Salí del local a sentarme de nuevo en las bancas del parque. Miré hacia todas direcciones, y me surgió, en mi desubicación una inmensa ola salina de temor y tristeza, que se arrojaron fuera de mis párpados, haciéndome precipitar un par de silenciosas lágrimas como si yo misma fuera quein resbalara por ellas. Qué desolación. De ese par de lágrimas siguieron muchas más, y la gente pasaba, en vez de conmovida, asustada. ¿Dónde estaba yo? Sí, conocía esta ciudad, pero no era la misma ciudad, y no me gustaba como me hacía sentir saber eso. No había adonde ir, no había con quién contar. La noche llegaría en cuestión de minutos y tenía que buscar dónde pasarla; este parque no era el mismo y ameno parque del Parkway que me generaba confianza, asíque no me arriesgaría a domir en una banca. Decidí tomar un taxi hasta la Candelaria y pagar una noche en un hostal. Llegué tan rendida que me alegró pensar que el dormir me alejaría de todo esto y despertaría en el hospital de Medellín. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ayer desperté muy tarde.&lt;br /&gt;
Tres de la tarde. &lt;br /&gt;
Pero nada, aún me encontraba en la Candelaria de esta Bogotá. &lt;br /&gt;
Y no sentía hambre o no tenía apetito. No sé por qué había despertado algo diferente, ya no estaba tan trsite ni desesperada. El de ayer fue un sentimiento indescriptible. Como si el cuerpo en que me hallaba me fuera ajeno. Me levanté de la cama, me acerqué al pequeño espejo del cuarto, pero sí, sí era yo. La misma cara, la misma piel trigueña, las mismas pecas estrellas, los mismos ojos azules y cabello azabache, la misma estatura. Me sonrojé, me dio vergüenza conmigo misma el haberme levantado para comprobarlo. Las tonterías que hacemos en soledad, caramba, llenarían un directorio teléfonico. Sí, era yo, pero no me sentía que estuviera dentro de mí. Así fuera mi propio cuerpo me sentía metida en él, no como si me perteneciera, sino como si lo habitara, y no era ni uno de esos pensamientos filosóficos ni experimentaciones contemplativas que resultan de un estado de relajación. Era una sensación inmediata y constante. Era como si faltara un algo al cual conectarme con mi cuerpo y sentir estar orgánicamente del todo aquí. Era como sentir que yo misma me pudiera escapar, en cualquier instante, por cualquiera de las articualciones de mi esqueleto. No sabría como más explicarlo. Tal vez era que una parte de mí no creía estar en este lugar, el Mundo donde me encontraba. O era todo eso, o era peor: la supresión de aceptar el momento que estaba pasado para no perderme; sí, un alocado y escapista mecanismo de supervivencia. Anestesia natural, diría yo. Me dio miedo pensar en eso. Buscando un salvavidas entre mi mente, recordé a Xetl. Ella había sido la única persona capaz de contarme un poco de todo lo que estaba pasando conmigo, y aún así, casi que olvidé todo lo que me dijo. O simplemente lo bloqueé dentro de mí. Pensé en salir de aquí y entrar a la Luis Ángel Arango. Quería ver si de alguna forma, el estar allá, hiciera que Xetl se manifestara y no sé, se le ocurriera qué hacer conmigo. Como si fuera mi Hada Madrina. Pensar en eso me calmó. Y antes que me decidiera hacerlo, la calma se convirtió en sueño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hoy cambié de parecer. Al despertar, esta vez más temprano, a mediodía, me dio algo de susto pensar que al entrar a la Luis Ángel Arango fuera como entrar de nuevo a aquel Mundo Escarlata. Como si la edificación misma fuera un portal interdimensional. Así que no, no me arreisgarái a ir allá. Sentí que había estaba dando rodeos a lo que debí hacer desde el principio: entrar a ese apartamento. No soy de las que me como las uñas, pero me vi a mi misma royendo el borde de mi pulgar derecho mientras me convencía de volver allá. Este temor era diferente al susto de ir a la Biblioteca.  Ja ja, qué locura, quien entrara en mi mente pensaría que me dan miedo los libros.&lt;br /&gt;
Bueno nada de chistecitos disipadores, señorita, me dije, llenándome de valor. &lt;br /&gt;
Vamos al Recuerdo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No fue tan fácil.&lt;br /&gt;
Me dieron casi las cinco de la tarde en lograr convencer cada parte de mí para ir a aquel lugar. Cogí un taxi, y sin tener la dirección acerté guiando al taxista a punta de señas y de voltee por aquí, y ahora coja la treinta y ahora por esa esquina, hasta lograr llegar en breves minutos, como si ese sitio fuera mi propia casa. Pero claro que no. Más bien era una Embajada, y yo, en improvisada cita para pedir asilo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al tener al edificio en frente mi corazón se disparó incontroladamente, un brusco yo-yo contra mis costillas. La sangre, tímida, había escapado de mi rostro, dejándome un tembloroso testimonio de mí y de mi palidez -reflejada en el retrovisor del taxi-, al bajarme.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abrí la puerta del edificio luego de cuatro intentos fallidos de meter la llave por la cerradura. Mis nervios destruían mi pulso. Subí por la escaleras, esperando con ello bombear de nuevo mi cara con mis  colores habituales. Saqué de nuevo las llaves y era de esperarse, el temblor en mis manos se repitió. Cuando conseguí insertar la llave, la puerta se abrió con una fuerza extra, proveniente del interior del apartamento. Uno de sus huéspedes se había percatado que estaba intentando entrar. Era demasiado tarde para huir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo vi. &lt;br /&gt;
Mi miedo se calló.&lt;br /&gt;
Mi corazón se calló.&lt;br /&gt;
Bogotá se calló.&lt;br /&gt;
El universo se calló.&lt;br /&gt;
Su mirada era la misma que la de la convaleciente que socorrí luego de la fiesta de Halloween. Su mirada también era la misma que la de su doppelgänger, la bióloga albina rosada.  Su mirada era la misma de mi querida No, excepto por un detalle. No era una mujer, era un hombre. Pero no me importó, me pareció como si fuera ella misma, sólo que con otro vestido que no le conocía. Todas mis capas, desde la médula de mis huesos hasta la punta de mis cabellos, parecieron empezar a hablar  con todo él, quien parecía igualmente estar así al otro lado del puente, en los cincuenta centímetros de aire que nos separaba. No nos movíamos. Estábamos como congelados, ni un “hola” había salido de nuestras bocas. Y aunque a mi boca no se le antojaba soltar ni saludos ni palabras, lo que mis labios sí querían era besar y morder los suyos, y que nuestras lenguas se acariciaran, tal como me había sucedido tanto con la convaleciente, cuando la vi por primera vez, como con su doppelgänger, cuando la oí por primera vez. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no, no me acerqué ni lo besé. Lo que hice, en cambio, fue lanzarle una durísima cachetada y de inmediato salir a correr. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 &lt;a href=&quot;http://www.flickr.com/photos/noparainnita/sets/72157606488035600/with/8378110499/&quot;&gt;Innita&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;</description>
			<pubDate>Sun, 13 Jan 2013 19:01:16 -0800</pubDate>
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Bogotá.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Antier no fui capaz de abrir la puerta de aquel apartamento.&lt;br /&gt;
Bajé corriendo, huyendo, no fuera que la indecisión de entrar llegara detrás de la puerta, y uno de sus huéspedes -más específicamente, aquella chica que ya me había espantado días atrás, si es que vivía allí- me preguntara qué estaba intentando hacer. Caminé, de nuevo, sin rumbo fijo, por más de una hora diría yo. Tosí varias veces en mi deambular; Bogotá, esta Bogotá se encuentra muy contaminada. Tuvo que pitarme un taxista vociferando insultos de muy mal gusto para que mis latidos volvieran a mi cuerpo. No sabía si responderle también con igual grosería o darle decentemente las gracias: mi percusión personal tenía que volver a refugiarse de nuevo en mí y el crédito de tal aterrizar era para ese canalla. Me devolví al Parkway, me senté en una banca, tomándome todo el tiempo necesario para que mis nervios desaparecieran y con ellos temblor de mis manos. Una vez lo logré, revisé  mis bolsillos, o más bien, los bolsillos de este jean violeta que no era mío. Había más de ciento cincuenta mil pesos. Me levanté de la banca, me dirigí a un kiosco con llamadas a celular y nada. Los números de Nandita, y de mi mamá, y de mi papá, y de mi tía eran contestados por otras personas. Luego entré a un café  internet, me conecté a diversas redes sociales pero las fotos de sus perfiles no encajaban con las de mis conocidos. Todo era diferente y trastocado. Salí del local a sentarme de nuevo en las bancas del parque. Miré hacia todas direcciones, y me surgió, en mi desubicación una inmensa ola salina de temor y tristeza, que se arrojaron fuera de mis párpados, haciéndome precipitar un par de silenciosas lágrimas como si yo misma fuera quein resbalara por ellas. Qué desolación. De ese par de lágrimas siguieron muchas más, y la gente pasaba, en vez de conmovida, asustada. ¿Dónde estaba yo? Sí, conocía esta ciudad, pero no era la misma ciudad, y no me gustaba como me hacía sentir saber eso. No había adonde ir, no había con quién contar. La noche llegaría en cuestión de minutos y tenía que buscar dónde pasarla; este parque no era el mismo y ameno parque del Parkway que me generaba confianza, asíque no me arriesgaría a domir en una banca. Decidí tomar un taxi hasta la Candelaria y pagar una noche en un hostal. Llegué tan rendida que me alegró pensar que el dormir me alejaría de todo esto y despertaría en el hospital de Medellín. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ayer desperté muy tarde.&lt;br /&gt;
Tres de la tarde. &lt;br /&gt;
Pero nada, aún me encontraba en la Candelaria de esta Bogotá. &lt;br /&gt;
Y no sentía hambre o no tenía apetito. No sé por qué había despertado algo diferente, ya no estaba tan trsite ni desesperada. El de ayer fue un sentimiento indescriptible. Como si el cuerpo en que me hallaba me fuera ajeno. Me levanté de la cama, me acerqué al pequeño espejo del cuarto, pero sí, sí era yo. La misma cara, la misma piel trigueña, las mismas pecas estrellas, los mismos ojos azules y cabello azabache, la misma estatura. Me sonrojé, me dio vergüenza conmigo misma el haberme levantado para comprobarlo. Las tonterías que hacemos en soledad, caramba, llenarían un directorio teléfonico. Sí, era yo, pero no me sentía que estuviera dentro de mí. Así fuera mi propio cuerpo me sentía metida en él, no como si me perteneciera, sino como si lo habitara, y no era ni uno de esos pensamientos filosóficos ni experimentaciones contemplativas que resultan de un estado de relajación. Era una sensación inmediata y constante. Era como si faltara un algo al cual conectarme con mi cuerpo y sentir estar orgánicamente del todo aquí. Era como sentir que yo misma me pudiera escapar, en cualquier instante, por cualquiera de las articualciones de mi esqueleto. No sabría como más explicarlo. Tal vez era que una parte de mí no creía estar en este lugar, el Mundo donde me encontraba. O era todo eso, o era peor: la supresión de aceptar el momento que estaba pasado para no perderme; sí, un alocado y escapista mecanismo de supervivencia. Anestesia natural, diría yo. Me dio miedo pensar en eso. Buscando un salvavidas entre mi mente, recordé a Xetl. Ella había sido la única persona capaz de contarme un poco de todo lo que estaba pasando conmigo, y aún así, casi que olvidé todo lo que me dijo. O simplemente lo bloqueé dentro de mí. Pensé en salir de aquí y entrar a la Luis Ángel Arango. Quería ver si de alguna forma, el estar allá, hiciera que Xetl se manifestara y no sé, se le ocurriera qué hacer conmigo. Como si fuera mi Hada Madrina. Pensar en eso me calmó. Y antes que me decidiera hacerlo, la calma se convirtió en sueño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hoy cambié de parecer. Al despertar, esta vez más temprano, a mediodía, me dio algo de susto pensar que al entrar a la Luis Ángel Arango fuera como entrar de nuevo a aquel Mundo Escarlata. Como si la edificación misma fuera un portal interdimensional. Así que no, no me arreisgarái a ir allá. Sentí que había estaba dando rodeos a lo que debí hacer desde el principio: entrar a ese apartamento. No soy de las que me como las uñas, pero me vi a mi misma royendo el borde de mi pulgar derecho mientras me convencía de volver allá. Este temor era diferente al susto de ir a la Biblioteca.  Ja ja, qué locura, quien entrara en mi mente pensaría que me dan miedo los libros.&lt;br /&gt;
Bueno nada de chistecitos disipadores, señorita, me dije, llenándome de valor. &lt;br /&gt;
Vamos al Recuerdo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No fue tan fácil.&lt;br /&gt;
Me dieron casi las cinco de la tarde en lograr convencer cada parte de mí para ir a aquel lugar. Cogí un taxi, y sin tener la dirección acerté guiando al taxista a punta de señas y de voltee por aquí, y ahora coja la treinta y ahora por esa esquina, hasta lograr llegar en breves minutos, como si ese sitio fuera mi propia casa. Pero claro que no. Más bien era una Embajada, y yo, en improvisada cita para pedir asilo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al tener al edificio en frente mi corazón se disparó incontroladamente, un brusco yo-yo contra mis costillas. La sangre, tímida, había escapado de mi rostro, dejándome un tembloroso testimonio de mí y de mi palidez -reflejada en el retrovisor del taxi-, al bajarme.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Abrí la puerta del edificio luego de cuatro intentos fallidos de meter la llave por la cerradura. Mis nervios destruían mi pulso. Subí por la escaleras, esperando con ello bombear de nuevo mi cara con mis  colores habituales. Saqué de nuevo las llaves y era de esperarse, el temblor en mis manos se repitió. Cuando conseguí insertar la llave, la puerta se abrió con una fuerza extra, proveniente del interior del apartamento. Uno de sus huéspedes se había percatado que estaba intentando entrar. Era demasiado tarde para huir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo vi. &lt;br /&gt;
Mi miedo se calló.&lt;br /&gt;
Mi corazón se calló.&lt;br /&gt;
Bogotá se calló.&lt;br /&gt;
El universo se calló.&lt;br /&gt;
Su mirada era la misma que la de la convaleciente que socorrí luego de la fiesta de Halloween. Su mirada también era la misma que la de su doppelgänger, la bióloga albina rosada.  Su mirada era la misma de mi querida No, excepto por un detalle. No era una mujer, era un hombre. Pero no me importó, me pareció como si fuera ella misma, sólo que con otro vestido que no le conocía. Todas mis capas, desde la médula de mis huesos hasta la punta de mis cabellos, parecieron empezar a hablar  con todo él, quien parecía igualmente estar así al otro lado del puente, en los cincuenta centímetros de aire que nos separaba. No nos movíamos. Estábamos como congelados, ni un “hola” había salido de nuestras bocas. Y aunque a mi boca no se le antojaba soltar ni saludos ni palabras, lo que mis labios sí querían era besar y morder los suyos, y que nuestras lenguas se acariciaran, tal como me había sucedido tanto con la convaleciente, cuando la vi por primera vez, como con su doppelgänger, cuando la oí por primera vez. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero no, no me acerqué ni lo besé. Lo que hice, en cambio, fue lanzarle una durísima cachetada y de inmediato salir a correr. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
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			<pubDate>Tue, 19 Feb 2013 18:51:29 -0800</pubDate>
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